“Es muy desobediente”

Niño rabieta

— ¿Obedecería usted una orden absurda?

—“No. Si no me obligan”.

—Pues usted probablemente está mandando absurdamente a sus hijos.

— ¿Qué dice usted? “Yo sé lo que hago”.

—No me haga reír. Dígame, ¿conoce usted cuáles son los derechos del niño? Sí, el niño tiene derechos.

—“El niño debe aprender a obedecer” —dice usted.

—Estoy de acuerdo; pero usted debe aprender a mandar. Debe aprender a no prohibir lo que no se puede prohibir. Quizás usted prohíbe no sólo injustamente (lo que ya sería suficiente para explicarse la desobediencia), sino que prohíbe atentando contra la salud física y mental de su hijo.

—“Soy su madre y quiero que me obedezca en todo”.

— ¿Es usted infalible? Lo que pasa es que usted cree que ser madre es un derecho, y lo ejerce impunemente. Está usted equivocada: es un deber. No espere que un niño sano obedezca una orden torpe, quizás estúpida. No se enfade. ¿No lo ha reconocido usted así varias veces? ¿Y hasta ha rectificado después?

— “Sí, es cierto… pero es que ese hijo mío es un rebelde, un desobediente de gusto”.

—Puede que lo sea. Usted misma lo enseñó. Sin duda, usted lo enseñó a ser desobediente. Le demostró muchas veces que sus órdenes y prohibiciones iban contra la naturaleza de él, contra sus necesidades, contra sus deseos biológicos, y poco a poco lo fue predisponiendo a desobedecer.

— “Pero es que no quiero dejarlo hacer su voluntad”. Crianza: niño desobediente

— ¿Y por qué? ¿No quiere que haga su voluntad aunque quiera hacer algo correcto o inofensivo, o algo que es bueno y nuevo para él, aunque quizás molesto para usted? Pues en ese caso usted le está impidiendo a su hijo desarrollar su voluntad, estorbando que mañana sea un hombre que goce de fuerza de voluntad. Créame que no le está haciendo un bonito regalo. Pero no la culpo. Posiblemente usted ignoraba que a tener voluntad también se aprende. Nada viene de la nada.

— “Es verdad, nunca había oído decir eso”.

—Creía usted que la voluntad la recibía el niño lista para actuar, nueva y de “paquete”… cuando usted lo ordenara. Esto es un grave error. A tener voluntad también se aprende y desde chiquito, por cierto.

— “Yo no sé de eso”.

—Ya sé que no sabe. El origen y el desarrollo de la voluntad es uno de los asuntos más difíciles de estudiar y conocer. Pero si usted comprende que esa voluntad no aparece en su hijo ni en nadie cuando usted quiera que aparezca, sino que ha de irse formando poco a poco, ya sabe lo más importante. Si su hijo no usa ni ejercita nunca su voluntad porque usted (o su padre u otro miembro de la familia) no le deja… pues saque la consecuencia. Y esta consecuencia se ve y se sufre pronto; cuando el niño vaya a la escuela usted verá que él a veces quiere estudiar, pero no estudia: le falta voluntad. Más tarde, cuando sea joven, verá que su hijo quiere trabajar, pero no trabaja: le falta voluntad. Y así otros ejemplos.

— “¿Y eso va a ser culpa mía?”

—Totalmente… Salvo que su hijo sea un enfermo de la mente o de la tiroides.

— “Usted dice cosas muy pesadas de oír”.

—Pero en favor de su hijo, no del mío. Sea fuerte y sincera, y aguante. No le pesará. Me lo agradecerá. Por supuesto, yo podría decirle estas cosas con más suavidad, pero no la impresionarían, no la… molestarían, y así como usted molesta a su hijo para que la obedezca, yo la molesto a usted para que usted obedezca a la ciencia.

— “¿Qué debo hacer? No lo voy a dejar hacer lo que le dé la gana”.

—Claro que no. El niño y el joven han de aprender a obedecer y han de aprender a hacer su voluntad. Esto es completa y perfectamente compatible.

— “Pues no entiendo, eso es un lío”.

—El niño, el joven y también el adulto, deben prestar obediencia a una autoridad aceptada. Es lo mejor para él y para la sociedad.

— “Usted lo resuelve todo… pero en la práctica…”

— En la práctica, la regla vale y es aplicable. Dígame, ¿cuántas veces manda usted a su hijo en beneficio de su hijo y cuántas lo manda a hacer o no hacer para evitarse usted una molestia o satisfacer un capricho? Sea franca. Usted quiere que su hijo sea muy obediente para que sea tranquilo, para que se porte como a usted le gusta, para que llegue a ser lo que se llama “un angelito”. O un “hombrecito” prematuro.

— “Hay algo de eso probablemente”.

—Muy cómodo, pero contraproducente. Si usted obliga a su hijo a obedecer mandados absurdos lo pone nervioso, de mal genio, lo hace impetuoso, lo habitúa a reñir, lo convierte en un rebelde. Quizás lo haga “buscabullas”, quizás lo haga un neurótico. Y si logra su propósito (el niño quietecito, que no desobedece, que no molesta, que no juega, el desgraciado “angelito”) en su victoria tendrá oculta su derrota: lo habrá hecho un inútil o un perezoso, un abúlico, un apático. Su triunfo será trágico, trágico porque cambiará la comodidad de los años de la niñez (4 ó 6) por la larga desgracia de ver a su hijo hecho un “hombre”… sin fuerza de voluntad, sin coraje ni afán de vivir; un derrotado por dentro, probablemente un enfermo.

— “No me asuste, por favor”.

—No, no la asusto; lo que le anuncio puede suceder “así mismito” y puede no suceder. Pero yo, siendo usted, evitaría la posibilidad. Tratando a su hijo correctamente y enseñándolo a usar su inteligencia y a hacer su voluntad (de él) cada vez que pueda y deba hacerla: habituándolo a obedecer no al capricho de usted sino a una norma o razón justa. Y bien vale esa tranquilidad la pequeña molestia de respetar los derechos del niño, del niño que casualmente es el hijo de usted.

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