Fines individuales y colectivos del prejuicio

Si bien en textos anteriores se mencionaron las clases y formas de los prejuicios también se hizo alusión a ciertos fines que contienen la elaboración de los prejuicios y ellos mismos en sí a nivel individual y grupal. Uno de los fines ya mencionados se refiere a controlar las ansiedades y las fantasías y tendencias inconscientes, las cuales deben ser comprobadas por la inteligencia, el pensamiento y el lenguaje; y, el prejuicio ayuda a hacerlo, justificando con racionalizaciones y así se desvirtúa, modifica o invierte la realidad, el rasgo o las caracterís­ticas que no se desea o se rechaza por considerarla destructiva. Esto se realiza a nivel grupal, mas a la vez individual y así aparece la discriminación para tener razón pudiéndose compartir el prejuicio y obtener la sensación de seguridad y respaldo del rechazo social. También par­ticipa en el fondo las posibilidades de éxito social y económico reduciendo las ansiedades y situaciones ambiguas, haciendo fáciles las decisiones incómodas, protegiéndose con los sen­timientos de solidaridad grupal que diluyen la responsabilidad grupal (si todos somos culpa­bles nadie es culpable) (si todos pensamos así, así es; si todos tenemos la misma consciencia es porque es verdad; si todos nos conducimos así, es porque así es).

El prejuicio es una permanente tentación y atractor universal psicológico, en el cual tam­bién se elaboran los juicios paralelos, polarizados y polarizantes u opuestos, para y por el bien individual o de pequeños grupos, pero con trascendencia por ser asimilado por la mayoría; es así como se puede perjudicar a la colectividad; aún más, en ocasiones, los profesionales o las personas representativas con alguna credibilidad pronuncia sus juicios con valores de realidades no bien conocidas, y, por lo tanto, desvían con sus juicios la credibilidad y así la verdad científica, económica, social, religiosa o simplemente psicológica

El perjuicio se vincula al lenguaje y contribuye a deificar o destruir aspectos accidentales sobrevalorando al sujeto o a los sujetos, a sus características con juicios y decisiones, con tinte mágico omnipotente, los cuales luego categorizan y vuelven rasgos inmodificables y una realidad grupal o social que cobija la ideología y las creencias. La misma descripción de la realidad en la historia ha producido dicotomías tajantes, como matrices sin aceptar ma­tices y así se dejan víctimas de los prejuicios a uno o más individuos o al grupo en general, considerándolo como algo inferior y perjudicial para todos. Cuando se interioriza y se intro­yecta el prejuicio se identifica con él, y, luego se proyecta en un lenguaje que es aceptado por el común de las personas que tienen prejuicios; y, a la vez, se encuentra que la actitud y la conducta del sujeto el cual tiene el prejuicio, es justificada por la comunidad confirmando el prejuicio. La función del prejuicio en el fondo, es reemplazar la realidad de las cosas, la imagen que conviene al individuo o al grupo. Sin prejuicios es bastante difícil aprender de la realidad fácilmente, y, a la vez en general, el ser humano no responde a las cosas en sí mismas sino a la idea que tiene de ellas.

Lenguaje, prejuicio y realidad, funcionan como un triángulo equilátero en el cual el pri­mero (el lenguaje) conlleva la primera expresión e interpretación de la vida con que cuenta el ser humano; las cosas, los hechos o los sujetos que carecen del hombre pasan desapercibidos. Los prejuicios obviamente tienen que ver con la realidad del medio ambiente; por ejemplo, los Tuaregs, su medio ambiente es la arena y el sol y todas sus ideas parten de ese medio am­biente; en cambio para los esquimales es la nieve la que cuenta y para la zonas tórridas es el agua de los ríos y el verde de la selva en donde está la vida. Parecería que el medio ambiente marca no solo comportamientos y actitudes sino induce a la construcción de los pensamien­tos, las ideas y el lenguaje (ver obra: “Duelo, Música y Poesía”, en preparación).

Así mismo, la palabra nos orienta para dar una connotación de los objetos que designamos con sus valores y significados; y, así regula el comportamiento, del ser humano el cual res­ponde a la representación que tiene de las cosas y de sí mismo, cuya verdad absoluta nadie conoce; y, para corregir la percepción defectuosa interna y con esto los errores se requiere de un nuevo aprendizaje, una nueva información, un nuevo orden que nos de certeza objetiva y subjetiva para dar el peso decisivo de tomar un camino u otro con la consciencia y el valor propio y así con la conducta.

Aquí es importante tener en cuenta cómo operan los prejuicios con el lenguaje y la realidad actual en nuestra sociedad contemporánea, en donde la informática es la que maneja toda la realidad con la información o desinformación, a través de los medios de comunicación (ra­dio, televisión, prensa, y las redes sociales en el ciberespacio), que nos tiene en una inmedia­tez de comunicación continua, volviéndola a ésta un ideal (con los ipod, iphone, Ipad, etc.) con la realidad virtual en la cual terminamos con y en la credibilidad de los hechos, convir­tiéndose estos en inequívocos; sin embargo, existe la posibilidad de diversas interpretaciones; sin embargo, en todas ellas pueden aparecer en el prejuicio, la regulación de la conducta y la opinión pública.

He aquí una especie de “Gestalt” o marco de referencia que bien asimila o rechaza, o rein­terpreta los hechos o los supuestos en función de una estructura rígida, latente, consonante o disonante con la realidad objetiva. Es así como se realizan estas funciones en los prejuicios, y, desde el punto de vista psicoanalítico, aparecen las estructuras instintivas del Ello, Yo y Superyó en esa realidad plagada de prejuicios.

De estos podemos concluir cómo el hombre actual del siglo XXI tiene una información que nunca tenía; y, es posible que se llegue a un punto crítico en que se haga el análisis de los prejuicios de toda índole, desmontando la información y seleccionándola para frenar la posibilidad de manipularla (la información). Si bien esto es factible, es difícil pues requiere una tarea ardua confirmar lo real por la experiencia directa, y la reflexión profunda de los hechos. Si bien en la inclinación natural del ser humano existe el prejuzgar sin deliberar y sin comprobar dejándose manipular su consciencia, más se tiene la libertad y es factible usarla para cuestionarse en búsqueda de la verdad y no dar por cierto y confirmado, lo que carece de objetividad y excede en subjetividad defensiva por las necesidades de creer y poner lo bueno o lo malo en algo o en alguien, y así quedarse protegido en forma apasionada, dogmática y pertinaz.

De otra parte, nadie es libre completamente, solo existen límites para tener libertad o los que nos permite sentirnos que no tenemos ataduras mentales; por lo tanto, la sensación de libertad, es otra posibilidad limitada del ser en su mundo interno y externo; más aún, “nadie puede ser verdaderamente libre si no son libres todos los demás”, K. Jaspers, 1953; de tal suerte la libertad interna no es del individuo sino de este en la colectividad; además téngase en cuenta las diferentes clases, momentos y espacios en que podemos sentirnos libres, todo depende de las posibilidades que operan en la consciencia intrapsíquica. Conocemos cómo la libertad puede ser condicional, provisional, de consciencia, culto, espíritu, política, social, individual y colectiva. Todas ellas limitadas y condicionadas y por lo tanto finitas. Téngase presente que no todo está dado para siempre tener libertad; y, tampoco no todo debe ni puede ser rechazado, (7). Aquí vale la pena traer el pensamiento de Einstein quien dijo: “por dolo­rosa experiencia, hemos aprendido que la razón no basta para resolver los problemas de la vida social. La penetrante investigación y el sutil trabajo científico han aportado a menudo trágicas complicaciones a la humanidad”. (Einstein, 1948) (8).

Por lo expresado anteriormente es mejor someter a revisión las creencias, las ideologías, la realidad con una información oportuna y crítica sin ligerezas intelectuales y sin someter­se a la saturación de la información, sin prejuicios ancestrales, más sí con el objetivo de la función de verdad lo cual implica una comprensión global de los hechos en forma profunda comprendiéndolos para dejar atrás el prejuicio y aceptar la diferencia con el otro, para así poderlo comprender y tolerar. Las presunciones y saberes tácitos acumulados hay que sa­berlos reemplazar por conocimientos seguros y comprobados; el quedarse pasivo sin ningún cuestionamiento, es dejarse invadir en el caldo de cultivo para la proliferación de prejuicios los cuales, como ya se enuncio en otra parte, camuflan diferencias, tendencias familiares, grupales o colectivas; para ello hay que plantearse las coordenadas reflejadas y aceptar el desconcierto y la angustia a la que nos vemos abocados con un cambio de una información, la cual en ocasiones proviene del ser u objeto idealizado, al cual se le dio toda la connotación de verdad, de dogma, de consciencia moral con o sin palabras. Todo esto no significa trivia­lizar la verdad o simplificarla sino ser capaz de tolerar y aceptar otra diferente sin temor, sin reverencias, sin errores, sin la llamada verdad revelada o la llamada social, más sí con un entendimiento humano (Pinillos, 1982). De otra parte el ser humano necesita liberarse de los misterios y secretos en que se esconden los prejuicios, porque todos aquellos carcomen la transparencia de la verdad y no permiten conocer libremente y tener paz.

La duda metódica de Descartes y la denuncia de los ídolos de Francisco Bacon y el de­rrumbe de los íconos de antaño nos permite estar más cerca a las verdades científicas, a las teorías eficaces, a las hipótesis explicativas, a una sensopercepción más objetiva aceptando el relativismo, la prudencia y el prejuicio de que la verdad no es una ni total. Aquí el lector podrá llegar a fruncir el seño o torcer los labios irónicamente, pues se preguntará entonces: ¿el prejuicio es indestructible?; la respuesta inicial en este momento reside en la frase de Albert Einstein quien dijo: “es más fácil romper un átomo que un prejuicio” (cita ya traída); además todos tenemos creencias, convicciones, tradiciones, críticas, respuestas, ideologías, experiencias, codificaciones genéticas o marcadores que nos llevan a construir prejuicios; sin embargo, existe en el ser humano la voluntad para despejar el camino, destribializar el pensamiento sin dejarlo caer en un mimetismo desafortunado o en la extrapolación de un modelo pseudo científico natural del mundo y de la vida. Aquí llegamos a que el sujeto se ha esclavizado y esclavizado a los otros; y, a la vez la historia prueba como el individuo a través de los años acompañado del azar determinista rompe sus cadenas para encontrar la libertad en el lazo de su destino.

Ejemplos

Múltiples son los ejemplos que se refieren a los prejuicios y que han estado presentes a través de la historia. En los textos anteriormente expuestos ya se ha hablado de las diferentes clases de prejuicios. Aquí solo presentaré algunos cuántos; su manera de aparecer en este tex­to no corresponde a la importancia sino simplemente a una libre asociación en que participa el azar determinista en la memoria de quien escribe estos textos. Se me ocurre iniciarlos con los que a través de mis historia fueron apareciendo en mi consciencia.

Cuando era un niño no sabía la diferencia de razas pues no conocía los distintos colores de la piel. Un día se habló de que uno de los presos, en el famoso panóptico (cárcel), era un negro. Pregunté qué quería decir esto y la respuesta fue que era la raza negra en la que pre­dominaban los criminales; esta aseveración se fue repitiendo de tiempo en tiempo a través de los años, y sólo después conocí la raza negra como sensible y otras cualidades según la educación que hubiese tenido el sujeto. Años después cuando viví en los Estados Unidos, personalmente pude confirmar la segregación y discriminación racial entre blancos y negros. A través de los años las estadísticas muestran diferencias de personalidad, de estructura bio­lógica no solamente entre los negros sino en las demás razas o grupos étnicos.

Segregación racial Figura 31 Segregación racial.
Ref. Tomado de https://ibytes.es/blog_segregacion_racial.html

Uno de los prejuicios que recuerdo en mi infancia era el rechazo a la madres solteras, a las parejas divor­ciadas, el rechazo de los hi­jos cuya madre abandonaba los hijos, a la pérdida de la virginidad en la mujer o a la relación sexual fuera del matrimonio; el divorcio no existía y la libre conviven­cia (unión libre) era solo para ciertas clases sociales y no aceptadas por las con­sideradas “altas”; los hijos llamados naturales recono­cidos o no por el padre, eran discriminados; a los sujetos (hombres o mujeres) con orientación sexual distinta a la heterosexual, a los actos masturbatorios se les consideraba prohibidos y rechazados; el hombre no podía expresar sus sentimientos de ternura o sus senti­mientos con llanto y este era reprimido (los hombres no lloran); los hombres se consideraban machos, fuertes, capaces, activos y superiores a las mujeres. Existía una discriminación en la clase de trabajo; las mujeres se suponía que no deberían estudiar y se obligaban prepararse para ser amas de casa y madres. Los trabajos de los hombres dependían si era en el campo o en la ciudad, en oficinas o en fábricas, en puestos públicos o privados y, aquellas eran consi­deradas de acuerdo a sus posiciones. Cuando existía una profesión (médicos, abogados, inge­nieros y otros) eran mejor considerados y respetados, al igual que los cargos administrativos; en segundo lugar estaban los maestros y los técnicos.