El Mundo Psicológico de Kafka: El arte de escribir, Parte VI y VII

Cap 3

VI

La imagen que Kafka proyecta de sí mismo en los “Diarios”, es más lúgubre que la que deparaba en su trato cotidiano. Brod se refiere a los rasgos de carácter del escritor que se reflejan en su obra literaria destacando entre ellos su veracidad absoluta y su rigurosa escrupulosidad. Estas dos características de su espíritu estaban basadas firmemente en un alto sentido de la responsabilidad, cuyo rigor extremo no le permitía pasar por alto los más mínimos hechos ni dejar de lado la descripción exhaustiva y precisa de todos los detalles, tal como en Francia lo había logrado magistralmente Marcel Proust. Ante una insinuación de Milena Jesenská en 1922, para que dijera una mentira intranscendente, Kafka le contestó: “Hay un ser, un ser vivo que me mira dondequiera que esté con sus ojos inocentes, un ser con el que me he vinculado de una manera que me es desconocida, aunque me sea más extraño que la gente que en este momento pasa en automóvil por el bulevar; me es ajeno hasta el absurdo, pero precisamente por eso…., no puedo mentir”.

En su libro sobre Kafka, desdeñado por muchos y considerado hoy como una biografía idealizada, más emocional a veces que ajustada a la realidad, y fuertemente criticado además por Walter Benjamin, Brod hace énfasis en la autocrítica “sorprendentemente aguda” de Kafka y en su creencia en un mundo de rectitud; en “lo indestructible” de que hablan muchos de sus aforismos: “Su fe en esa realidad”, afirma Brod, “jamás expresada en fórmulas ni tan siquiera en algún término vulgarmente patético, residía en su obra; lo hacía sentirse seguro en lo íntimo y le permitía esparcir en torno suyo la dulce seguridad que raras veces se siente, aunque a menudo le gustara pre-sentarse a sí mismo y a los demás dentro del marco de la inseguridad más extrema”. Y agrega, señalando quizás sin darse cuenta, la ambivalencia de la personalidad de Kafka: “Había en él una extraña mezcla de desesperanza y voluntad positiva, que en su caso no se anulaban sino que crecían hasta formar construcciones complejas”.

Era de tal magnitud su autocrítica, dice Brod, que “había que pedirle mucho, urgirlo empeñosamente antes de que se decidiera a mostrar algún manuscrito suyo. No se trataba de una actitud de orgullo sino de su autocrítica desmedida”. La misma actitud que le llevó a ordenar que sus libros fueran destruidos después de su muerte al pensar que sus narraciones eran esfuerzos fallidos condenados al fracaso. En algunos momentos, sin embargo, experimentaba con plenitud la seguridad en sí mismo y en la solidez de su esfuerzo. A Brod, por ejemplo, le señalaba en 1922: “La ansiedad por escribir siempre es predominante…. Escribir no es más que colocar la bandera de Robinson en la parte más alta de la isla”; y a Felice, le decía a finales de 1912: “En lo tocante a la literatura no puede decirse que haya en mí nada que pueda calificarse de superfluo”.

VI

Kafka no presentó trastornos en el desarrollo de sus aspectos intelectuales. En su obra se admira la impecable estructura de su pensamiento, la solidez de sus ideas, la absoluta claridad con que seguía las lineas argumentales de sus libros y la secuencia inteligente con que articulaba los frutos impecables de su fantasía. Sus personajes, delineados siempre con precisión, conservan a lo largo de las páginas todas las características humanas que les dio su creador. Pero además, las situaciones y episodios fabricados por su imaginación se enmarcan cuidadosamente dentro de los parámetros artísticos que el autor concibió para ellos.

Si sus libros nos muestran su formidable intelecto, sus “Diarios” y cartas nos revelan los aspectos emocionales perturbados en su desarrollo desde temprana edad, y las facetas ondulantes de su modo de ser. En sus obras se manifiestan los rasgos de su temperamento que le hacían oscilar entre la forma maníaca con que escribió ‘La Condena’, y la melancolía extrema y la desesperanza con la que concibió ‘La Metamorfosis’. En sus cartas, se pone en evidencia la hipocondría que le facilitaba un contacto más íntimo con las personas cercanas, que al aceptar su peculiar manera de sufrir, le daban seguridad y confianza. Esas características de su vida emocional, como la manía, la depresión y la hipocondría, no constituyen de por sí la enfermedad que algunos han creído ver en él al analizar su vida y su obra. Podría adelantarse la idea de que sus trastornos emocionales fueron tan sólo manifestaciones afectivas de exaltación o depresión, o rasgos variables de su temperamento, que estuvieron al servicio de su arte y que, para fortuna suya, no se acompañaron de los trastornos intelectuales que le hubieran podido conducir a una psicosis depresiva o a una esquizofrenia. La magia de las emociones de Kafka dio colorido a sus escritos e individualizó a cada uno de sus personajes. Sin ellas, su genio no hubiera podido elevarse a las alturas a que llegó gracias a su arte incomparable, al indomable esfuerzo de su espíritu y a la fuerza de su voluntad.

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Ya desde comienzos de 1912, Kafka había descubierto la importancia de la literatura en su vida. Consignó el hecho en los “Diarios” en la siguiente forma: “Cuando se hizo evidente que la literatura era la manifestación más productiva de mi personalidad, todo tendió a ella y dejó vacías todas las facultades que se orientaban hacia los placeres del sexo, la comida, la bebida, la meditación filosófica y principalmente la música. Me disminuía en todos los aspectos; era necesario lograrlo, porque mis energías, en su totalidad tan escasas, solamente unidas podían ser utilizables para la finalidad de escribir”. Y en una carta a Grete Bloch, complementó su pensamiento diciendo: “Cada cual se aparta del bajo mundo en que yace y mi manera de lograrlo consiste en escribir. Por eso, si he de mantenerme arriba, sólo me es posible hacerlo escribiendo”.

Es evidente que la música significó poco en la vida de Kafka. No sentía por ella la pasión que le despertaba la literatura. Por esas razones son escasas las alusiones a esa manifestación del arte en sus “Diarios”, su correspondencia o su misma obra literaria, salvo su fábula titulada “Josefina la cantora o el Pueblo de los ratones”.

Si se quiere entender un poco lo que representó para Kafka la literatura en su primera época en contraste con la pobreza de sus sentimientos hacia la música, es interesante mencionar por analogía, uno de los diálogos sostenidos entre Hans Castorp y Ludovico Settembrini, dos personajes de “La Montaña Mágica”. Para Settembrini, el “homo humanus”, como solía llamarse a sí mismo el diletante e irónico personaje de la novela, la música representa lo informulado, el equívoco, lo irresponsable y lo indiferente, en tanto que la literatura es el verbo, el vehículo del espíritu, el instrumento, “el arado resplandeciente del progreso”. La música, decía Settembrini, no es claridad verdadera sino claridad de ensueño, que ni significa ni compro-mete a nada, una claridad sin consecuencias. La música es inapreciable como medio supremo para provocar el entusiasmo, como fuerza que arrastra hacia adelante y hacia lo alto cuando encuentra preparado al espíritu para recibir sus efectos; pero la literatura, debe haberla precedido. La música sola, no hace avanzar el mundo, en tanto que la literatura lo mueve y le da la dirección adecuada. Entre estas dos posiciones, es indudable que Kafka hubiera dado primacía a la literatura sobre la música, ambas desde luego, expresiones nobles del arte universal.

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Las firmes resoluciones de escribir para sobrevivir flaqueaban en ocasiones y esto le llenaba de triste pesadumbre. En enero de 1915 anotaba: “Se me acabaron las ganas de escribir. ¿Cuándo volverán a apoderarse de mí? La lentitud mental y la incapacidad para prepararme para el futuro se presentan cuando dejo de escribir…… Ojalá pudiera disfrutar del único beneficio que obtengo con ello: dormir mejor”. Mucho tiempo después, pensaba que llevar una vida metódica era algo que tenía plena justificación si lograba escribir, si podía entablar un diálogo interior consigo mismo que lo sacara del vacío que sentía cuando las ideas y las palabras no brotaban con la facilidad anhelada. A su amigo Oscar Pollack le escribía: “Lo que me falta es disciplina!”

En el período que va de 1910 a 1912, se quejaba de sus dificultades para escribir bien: “Ojalá la señorita Linder”, le decía a Felice, “supiera lo difícil que resulta escribir, aun tan poco como lo hago yo!”, porque, “las cosas que imagino no se me ocurren desde su raíz sino sólo desde algún punto situado en su mitad”. Y él, que habría de ser uno de los mejores literatos de su tiempo, añadía: “Mis fuerzas no bastan para la menor frase. Casi ninguna de las palabras que escribo armoniza con las otras, oigo restregarse entre sí las consonantes con un ruido de hojalata y las vocales unen a ellas su canto como negros de barraca de feria. Mis dudas se levantan en círculo al rededor de cada palabra, las veo antes que la palabra y la palabra que no veo en absoluto, la invento!”

Klaus Wagenbach, en uno de sus espléndidos estudios sobre Kafka, se refirió al alemán que se hablaba en Praga, en el que escribía el novelista, para señalar algunas de las características estructurales del alemán praguense, que algunos críticos han considerado como indicativos de imperfección idiomática. Las peculiaridades del lenguaje que se encuentran en las obras de Kafka, dice Wagenbach, no significan pobreza lingüistica; son por el contrario enriquecedoras y adquieren además, “una función creadora al servicio de una nueva sobriedad, de una nueva expresividad, de una nueva intensidad”.

Max Brod señaló los rasgos de la literatura de Kafka y la pureza con que concibió el arte literario que le habían llevado a afirmar, casi religiosamente, su intención irrevocable de “escribir como si fuera una oración”. Así se expresó magistralmente Brod: “La densidad de sus ideas no admitía lagunas, jamás pronunció una palabra frívola. Lo que él decía lo decía en una forma que con el correr de los años iría haciéndose más y más espontánea; era una valiosa expresión de su idiosincrasia totalmente peculiar, paciente, vitalista, irónicamente indulgente con las estupideces del mundo, y de allí, dolorosamente humorística, sin descuidar el núcleo, es decir, lo “indestructible” de un asunto y apartada siempre de lo fatuo o cínico. Así era él: en su presencia se transformaba lo cotidiano; todo aparecía como si se le viera por primera vez, se renovaba todo; a veces, muchas veces, se rehacía de una manera triste, de una manera que incluso podía llevar al abatimiento, pero que jamás excluía la posibilidad de un consuelo, dado que ni era vulgar ni dejaba de ser interesante”.

“Mientras discurría, volaban a su encuentro por mil caminos espontáneos asociaciones insospechadas que no tenían nada de arbitrario, nada de juegos de palabras; eran asociaciones legítimas, conocimientos mínimos pero fieles a partir de los cuales se sentían deseos de elaborar un sistema nuevo de conocimientos. Todo ello sin dejar de tener conciencia de que la empresa de querer conocer de manera tan minuciosa el mundo y el alma del hombre estaría justificada y hasta sería esencial, pero pertenecía desgraciadamente a aquella clase de cuestiones, que al igual que “El Proceso” de Kafka, jamás pueden, por su naturaleza, llegar a un fin”.

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