El Mundo Psicológico de Kafka: El arte de escribir, Parte II y III

Cap 3

II

Kafka comenzó a escribir sus “Diarios” en 1910, a los 27 años, y mantuvo la costumbre de anotar en ellos sus ideas, reflexiones y pensamientos. Consignaba los sucesos cotidianos que tenían que ver con sus relaciones con los demás y escribía en ocasiones fragmentos de sus cuentos y novelas. “No volveré a abandonar este Diario”, decía en 1910. “Debo mantenerme aferrado a él, porque no puedo agarrarme a otra cosa”. Cumplió de cerca su propósito, ya que la última entrada de los “Diarios” está fechada el 12 de junio de 1923, pocos meses antes de su fallecimiento.

Llevó sus “Diarios” meticulosamente hasta 1923, cuando a instancias suyas, Dora Dynant destruyó casi todas las entradas correspondientes a ese último año. En 1912 le había dicho a Brod: “Querido Max, aquí está mi diario. Como verás, dado que no está destinado únicamente a mí, he fabulado un poco, no puedo evitarlo. En todo caso, una fabulación que no tiene ningún tipo de intenciones; proviene más bien de mi naturaleza más íntima”.

Kafka escribía en sus “Diarios” con frecuencia y a veces se dolía de manera obsesiva por no haber garrapateado siquiera una nota: “Con qué voy a perdonarme que hoy no haya escrito nada todavía? Con nada!” Y los “Diarios”, que ocupan dos volúmenes de mediano tamaño, al igual que la colección de sus “Cartas”, constituyen, a mi entender, las fuentes más valiosas de información de que se dispone para intentar penetrar en el mundo de su fantasía, para formarse una idea aproximada de su psiquismo, y para entender el simbolismo implícito en la mayor parte de sus obras.

Además de señalar los hechos del diario vivir y de indicar los cambios de su espíritu ante las variables circunstancias de su vida, los “Diarios” revelan también aspectos íntimos de su modo de pensar acerca de sí mismo, de la literatura y en general del hecho de escribir. Los inició convencido de que “una de las ventajas de llevar un diario consiste en que con claridad tranquilizadora uno se vuelve consciente de las transformaciones a las que se está sometido incesantemente; unas transformaciones que uno crea, presiente y admite, generalmente de un modo natural, pero que siempre niega inconscientemente cuando se trata de obtener esperanza y paz con semejante reconocimiento. En el diario se encuentran pruebas de que uno ha vivido, ha mirado a su alrededor, y ha anotado observaciones incluso en estados de ánimo que hoy parecen insoportables….”.

Con el correr del tiempo, los “Diarios” de Kafka se han convertido en unas de las producciones literarias que ofrecen un mayor testimonio veraz sobre su inmensa riqueza intelectual y su incuestionable honestidad. En ese sentido, son comparables a los de Goethe, y superiores a los de André Gide y a los “Carnets” del novelista francés Albert Camus.

III

Algunos de sus amigos, y otros escritores también contemporáneos suyos, influyeron en su vida y en su obra literaria. Entre ellos se suele mencionar a Rainer María Rilke, el gran poeta checo nacido en Praga ocho años antes de Kafka. Rilke descolló con brillo sin igual en la poesía, la prosa y el teatro y es recordado además por la estrecha y extraña relación sentimental que mantuvo con Lou Andreas-Salomé, la célebre intelectual de origen ruso, que en distintos momentos de su vida fue inspiradora de personajes famosos como Nietzsche y Sigmund Freud; Hugo von Hofmannsthal, poeta lírico desde su más temprana juventud, cuya altísima sensibilidad le permitió sobresalir no sólo en poesía sino también en prosa narrativa, y escribir ade-más, los textos de algunas de las óperas de Johann Strauss; y Franz Werfel, poeta especialmente cercano a su espíritu, que se haría célebre en el mundo entero por su “Canto a Bernadette”. Kafka nunca hubiera podido imaginarse que a su turno, él habría de influir en dos de las más sobresalientes figuras de las letras hispanoamericanas, Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges.

En un artículo de 1951 titulado “Kafka y sus precursores”, Borges considera a Kirkegaard como uno de los precursores de Kafka y señala que ambos escritores abundaron en parábolas religiosas de tema contemporáneo y burgués. Menciona tres ejemplos de la literatura anteriores a Kafka, en donde se advierten similitudes con sus escritos. El primero es el de la paradoja del movimiento de Zenón, que compara con la forma como aborda el novelista el problema en “El Castillo”, para concluir que la flecha y Aquiles son “los primeros personajes kafkianos de la literatura”. El segundo es un poema de Robert Browning, publicado en 1876, profético de la obra de Kafka, que dice así: “Un hombre tiene, o cree tener, un amigo famoso. Nunca lo ha visto y el hecho es que éste no ha podido, hasta el día de hoy, ayudarlo, pero se cuentan rasgos suyos muy nobles, y circulan cartas auténticas. Hay quien pone en duda los rasgos, y los grafólogos afirman el carácter apócrifo de las cartas. El hombre, en el último verso, pregunta: “¿Y si este amigo fuera Dios?” Y el tercero, un cuento de Lord Dunsany, en el que un invencible ejército de guerreros parte desde un castillo infinito, sojuzga reinos, ve monstruos y fatiga desiertos y montañas. Los guerreros, sin embargo, nunca llegan a su destino, a Carcasonne, aunque alguna vez la divisan de lejos.

Las heterogéneas piezas enumeradas, dice Borges, se parecen a Kafka, pero no todas se parecen entre sí; este último hecho es el más significativo. “En cada uno de esos textos está la idiosincrasia de Kafka, en grado mayor o menor, pero si Kafka no hubiera escrito, no la percibiríamos, vale decir, no existiría….. El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación no importa para nada la identidad o la pluralidad de los hombres. El primer Kafka del “Betrachtung”, es menos precursor del Kafka de los mitos sombríos y de las instituciones atroces que Browning o Lord Dunsany”.

***

La literatura era la razón de ser de la existencia de Kafka. “Todo lo que no sea literatura me aburre”, afirma en una entrada temprana de sus “Diarios”. Su mundo literario se refleja en el contenido de su biblioteca privada en donde, al lado de colecciones de cuentos, sagas y relatos populares, se encontraban libros de autores clásicos alemanes como Goethe y Schiller; rusos como Dostoyevski, Gogol y Tolstoi; escandinavos como Ibsen y Hamsun y franceses como Stendhal y Flaubert. Conocía bien los libros de contemporáneos suyos como Arthur Schnitzler, Werfel y Brod y sentía especial afecto por escritores del pasado como Cervantes, Shakespeare y el Dante. Su biblioteca, lamentablemente, fue destruida junto con centenares de sus cartas durante la segunda Guerra Mundial.

En sus épocas de estudiante y de profesional, Kafka logró disponer del tiempo necesario para introducirse en el esquivo mundo de la literatura y la filosofía. Brod despertó su simpatía por Schopenhauer y Oscar Pollak por Nietzsche. Leía con entusiasmo a Hamsun, Hesse y Flaubert, admiraba a Thomas Mann desde el momento en que descubrió su “Tonio Kröger”, y rechazaba todo lo que diera la impresión de intelectual y artísticamente artificial. Amaba en cambio, “la voz suavemente expresiva de la naturaleza” y se maravillaba sobre todo con la lectura de Goethe y de la Biblia. Admiraba a Cervantes y sostenía que la desgracia de Don Quijote radicaba en lo prosaico de Sancho Panza y no su propia fantasía.

A finales de 1910 escribió en sus “Diarios”: “He leído un poco los diarios de Goethe. La lejanía mantiene a esta vida en la serenidad; estos diarios la incendian. La claridad de todos los acontecimientos la hace misteriosa a la manera como la verja de un parque proporciona reposo a la vista cuando ésta contempla vastas extensiones de césped, y nos inspira sin embargo, un respeto no legítimo”. Al día siguiente anotó: “¿Con qué voy a perdonarme la observación de ayer sobre Goethe, que es casi tan falsa como el sentimiento descrito por ella?… Con nada. ¿Con qué voy a permitirme que hoy no haya escrito nada todavía? Con nada. Sobre todo, porque mi disposición no es hoy la peor. Siento continuamente una llamada susurrante en el oído: “Ojalá vinieras, invisible sentencia!”.

Dos años después, en enero de 1912, menciona en sus “Diarios” un plan de trabajo para escribir acerca de “la tremenda personalidad de Goethe”, deseo que nunca pudo realizar. Sin embargo, se refería con frecuencia al gran pensador con frases como esta: “El entusiasmo ininterrumpido con que leo cosas sobre Goethe me impide totalmente escribir….. Leo frases de Goethe como si recorriera con todo el cuerpo las acentuaciones”. Y se identificaba en seguida con él, al recordar su sentencia: “Mi placer al crear era ilimitado”.

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