El Mundo Psicológico de Kafka: Hipocondría y Tuberculosis, Parte V

ADOLFO DE FRANCISCO ZEA, M.D

En el sanatorio de Zürau, en el ambiente tranquilo de los Alpes suizos, el silencio formaba parte importante de su vida durante los largos períodos de internamiento. Pensaba entonces que el silencio se incorporaba del todo a su individualidad. En mayo de 1918, le escribió a Brod a propósito de la forma como Kierkegaard manejaba su silencio: “Se presenta por sí mismo”, decía, “Mi mundo se empobrece constantemente por el silencio; siempre he sentido como desgracia personal el hecho de no haber tenido la suficiente fuerza en los pulmones como para insuflar en mí mismo el sentido polifacético del mundo, que según demuestra la vida, éste sin duda posee. Ahora ya no me empeño en esto; no forma parte de mi plan diario y no por ello resulta más triste. Pero ahora, soy todavía más incapaz de expresarlo que antes, y lo que digo ocurre casi contra mi voluntad”.

Varios años atrás, en 1913, le había escrito a Brod desde uno de los hospitales naturistas en los que a veces se internaba: “He recibido tus dos tarjetas pero no he tenido las fuerzas para responderlas, El hecho de no contestar contribuye también a crear silencio en torno a uno mismo; lo que más quisiera es sumergirme en el silencio y no volver a emerger. ¡Cuánta falta me hace estar solo y cómo me enturbia la conversación!”

Kafka compartía con otros pacientes las experiencias de su enfermedad y la depresión que ésta invariablemente producía. Sentía angustia y temor frente a los procedimientos de diagnóstico que empleaban por entonces los médicos: “De todos modos”, decía en una extensa carta a Brod, “no entiendo como cualquiera no se desmaya. Lo que se ve…. es mucho peor que una ejecución, incluso que una tortura. La tortura no la hemos inventado nosotros mismos; la hemos copiado de las enfermedades. Ningún individuo se atreve a torturar como ellas torturan durante largos años, con interrupciones artificiales…. Lo más singular en esto es que el torturado es obligado a proclamar la tortura por su propia voluntad y a partir de su pobre intimidad. Toda esta vida miserable en la cama, la fiebre, las dificultades respiratorias, tomar medicamentos…., no tiene otra finalidad que prolongar lo más posible esta vida misérrima, retardando la creación de las úlceras que finalmente provocan la muerte por asfixia. Los médicos, los familiares y los visitantes, han construido materialmente andamios por encima de esta pira, que no arde, pero que está en estado incandescente, para poder visitar, apaciguar, consolar y animar al torturado. Y en sus habitaciones se lavan llenos de temor, igual que yo”. Estas palabras, por su tono sombrío, recuerdan de inmediato su relato de 1914, “En la Colonia penitenciaria”.

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En la primavera de 1921, Kafka tenía la casi certeza de la imposibilidad de curarse. Muchos años antes, cuando su salud era en general aceptable, paradójicamente había expresado a Felice sus deseos de enfermarse. En julio de 1913 le había dicho: “El padecer una enfermedad pequeña, fugaz y pasajera, es algo que constituye para mí un placer al que aspiro desde mi infancia y que rara vez he alcanzado. Es algo que interrumpe el implacable transcurso del tiempo y que ayuda a ese ser, desgastado y concienzudamente desmantelado que es uno, a lograr un pequeño renacimiento, cosa que codicio ya y muy de veras….”.

Pero, luego, cuando la tuberculosis comenzó a causar estragos en su organismo, su manera de pensar, lógicamente se modificó. Sobre la cada vez más lejana posibilidad de curarse, le decía a Brod: “Curarme está fuera de toda posibilidad. Últimamente me ha sobrevenido una ola de intranquilidad, insomnio, sufrimiento ante el menor ruido; es como si los ruidos se originaran en el espacio vació. Podría contar largas historias en ese sentido. Cuando ya se han agotado todas las posibilidades del día y de la noche, se congregan, como hoy por la noche, un pequeño número de demonios que discuten alegremente hasta la medianoche delante de mi casa…. Curarme, está fuera de toda posibilidad…., basta con que mires este cuerpo que vive contra su voluntad, ante el cual el cerebro se asusta por lo que ha hecho…. Curarme no es posible…., pero tampoco representa el mayor de mis deseos”.

Y agregaba poco después en otra carta: “Si yo estuviese sano, la enfermedad del pulmón en otra persona me molestaría, no sólo por el riesgo existente de contagiarme, sino porque el hecho de estar enfermo permanentemente tiene algo de suciedad; es sucia la contradicción entre el aspecto de la cara y el pulmón. Todo es sucio”.

La tuberculosis progresaba con altibajos. En 1922 le decía a Brod: “No me siento bien. Aun cuando el médico afirma que lo del pulmón ha retrocedido a la mitad, yo diría que ha empeorado a más del doble; jamás había tenido tanta tos, tales dificultades respiratorias, jamás había tenido tanta debilidad….” Y agregaba al día siguiente: “Me había desplomado en mi sofá por el esfuerzo de la comida. Mi torturante falta de apetito me provoca olas de sudor en la cara cuando con horror veo ante mí el plato repleto….; la carne ha vuelto a producirme hemorroides y sufro dolores de día y de noche”.

Días más tarde y un poco más tranquilo y resignado, escribió: “El doctor de aquí…, me promete que me curaré medianamente si me quedo hasta el otoño; que posteriormente bastarán seis semanas al año para mantenerme. Ambas profecías son exageradas; la segunda más que la primera. De todos modos, me martiriza todas las mañanas con ello; lo hace paternalmente, amablemente de todas maneras…., pero lo decisivo es mi estado subjetivo que no es bueno….”.

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La relación de Kafka con los médicos aparece por primera vez en una entrada de sus “Diarios” de marzo de 1912, en la que dice con ironía: “¡Estos médicos indignos! Tan decididos en lo comercial y tan ignorantes en la curación de las enfermedades; que si perdiesen ese aplomo de comerciantes, quedarían como colegiales junto a la cama de los enfermos. Ojalá tuviesen la energía suficiente para fundar una sociedad de medicina natural. De tanto rascarle el oído a mi hermana, el doctor K. convierte una inflamación del tímpano en una inflamación del oído medio. La criada se desmaya al encender la estufa; el doctor, con la facilidad de diagnóstico que le da el hecho de hallarse frente a una criada, declara que ésta tiene el estómago mal, y por lo tanto una congestión; al día siguiente vuelve a sentirse decaída, tiene mucha fiebre; el doctor la hace volver a la derecha y a la izquierda, consta-ta una angina y se va corriendo para que el minuto siguiente no le contradiga….”

Años más tarde, en su relato “El Médico rural”, expresaba su admiración por la labor de los médicos, mal remunerados pero generosos con los pobres y deseosos de ayudarles. Para Kafka, los médicos eran aquellos seres de los que se espera que hagan lo imposible y para quienes, “es fácil escribir recetas, pero difícil entenderse con la gente”. Y agregaba con cierto humor: “¡Alegráos, oh pacientes, ya os han puesto en cama al médico!”

En una carta a Felice de noviembre de 1912 sobre los sanatorios naturistas a los que había asistido antes de enfermarse de la tuberculosis, decía: “En los sanatorios estuve a causa del estómago y de la debilidad general, sin olvidar la hipocondría enamorada de sí misma…. No, no creo en los médicos famosos; en los médicos creo únicamente si confiesan que no saben nada, y aun así los odio”. Un año más tarde, en agosto de 1913, le escribió: “….Fui a ver al médico, nuestro médico de cabecera. No es que este médico me resulte particularmente grato, pero tampoco me es mucho más desagradable que los médicos en general. En sí y de por sí, no creo en él, pero me dejo tranquilizar por él como por cualquier otro médico. En ese sentido los médicos pueden ser utilizados también como medicinas naturistas”.

A Milena, que le había escrito en 1922 sobre la enfermedad pulmonar que ella también padecía, le decía: “Los médicos son estúpidos; más bien, no son más estúpidos que el resto de la gente, pero sus pretensiones son ridículas; no importa, hay que dar por sentado que desde el momento mismo en que uno se pone en contacto con ellos se muestran cada vez más estúpidos….” Y en otra, meses más tarde, señalaba: “El médico me encontró más o menos en el mismo estado de antes…., los tres meses han pasado por el pulmón casi sin dejar huellas; en el vértice izquierdo la enfermedad sigue residiendo tan fresca como siempre. Para él, este resultado es lamentable, para mí, es casi agradable….. Ante este resultado, me parece a veces que nosotros, en vez de vivir juntos, tendríamos tranquilamente que acostarnos juntos para morir…. En realidad, y a pesar de lo que diga el médico, sé que para empezar a curarme necesito solamente tranquilidad, una especie muy peculiar de tranquilidad, o si se la considera desde otro punto de vista, una especie muy peculiar de intranquilidad”.

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La relación sadomasoquística que sostuvo con Milena terminó tan rápida y abruptamente como se había iniciado. Al año siguiente, en el verano de 1923, Kafka conoció a Dora Dynant, una bella muchacha de veinte años que provenía de una familia casídica de judíos orientales. Dora era una excelen-te hebraísta, lo que era importante para Kafka que estudiaba ese idioma con empeño. Con ella vivió durante varios meses en Berlín, abandonando por fin a Praga, como lo había deseado muchos años atrás, y alejándose de la idea de “la soledad por principio”, de que hablara Kierkegaard.

Con ella, rememoró en las últimas semanas de su vida muchos de los incidentes de su niñez: “Cuando yo era pequeño y aún no sabía nadar, iba a ve-ces con mi padre a la sección de los no nadadores; nos sentábamos allí, cada uno con una salchicha y medio litro de cerveza…. Debes imaginarte la escena: un hombre enorme con un pequeño y temeroso manojo de huesos colgado de su mano; nos desvestíamos en la oscuridad de la pequeña cabina y luego debía sacarme de allí a rastras, pues yo tenía vergüenza…”

A comienzos de 1924, la tuberculosis se extendió a la laringe trastornando severamente su voz y causándole grandes dificultades para respirar y comer. Le comunicó el hecho a Brod a comienzos de abril, y en mayo le escribió su última carta para agradecerle un libro que le había enviado. Escribió también a sus padres, que querían viajar a visitarlo, una carta especialmente cariñosa en la que les pedía desistir del proyectado viaje hasta que pu-dieran ver “progresos grandes, inequívocos, medibles con ojos de profano”. No hay en esta última carta a sus progenitores asomo alguno de recriminaciones, alusión a antiguos rencores, desdeño o enemistad.

En junio sufría ya intensamente, porque a sus dolores espirituales se agregaban los físicos ocasionados por el avance de la enfermedad. Cuando ya no los podía soportar, según el relato de Max Brod, recordó a su médico y leal amigo, el doctor Robert Klopstock, del sanatorio Kierling de Klosterneuburg, que éste había prometido darle una inyección mortal de opio cuando llegara el momento. Como el médico vacilara, Kafka le dijo: “Máteme, si no, es usted un asesino!” Le aplicaron pantopón con algún alivio, y acto seguido le pidió al médico que no se alejara. Al responderle éste que no se alejaría, repuso Kafka con voz profunda: “Pero yo sí me voy”.

Falleció el 3 de junio de 1924, un martes. Su cadáver fue llevado a Praga y una semana más tarde sus restos fueron inhumados en el cementerio judío de Praga-Straschnitz. Allí reposa desde entonces en compañía de sus padres. Al día siguiente de su muerte, el doctor Klopstock, quizás el único médico con el que había tenido un relación amable, escribió: “Tan rígido, severo, inaccesible, es su rostro como puro y severo fue su espíritu. Severo; el rostro de un rey de la más noble y rancia estirpe. La dulzura de su existencia humana ha desaparecido; sólo su espíritu incomparable se refleja aún en su rígido rostro, tan hermoso como un busto de mármol”.

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