Capítulo III: Como debiera ser el Médico

FERNANDO SANCHEZ TORRES

Conferencia dictada en el seminario sobre “La enseñanza de la Ética Médica”. organizado por la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina. Bogotá. 1987.

Los organizadores de este Seminario han tenido a bien asignarme el encargo de dar inicio a él absolviendo la pregunta “¿cómo debería ser el médico?“, es decir, describiendo el perfil o la semblanza del médico ideal. En verdad que no es tarea fácil cumplir con dicho encargo dado que la idealización no sólo obliga a la posesión de una buena imaginación, sino también al exacto conocimiento del objeto que se desea relevar. Sin embargo, me esforzaré para intentar siquiera una aproximación o. mejor, un parecido de ese personaje que debo retratar. Piensen que me corresponde, además de plasmar sus caracteres físicos, adentrarme en sus intimidades para ver la manera de captar sus rasgos anímicos, aquellos que superan lo simplemente material. De no hacerlo así, lo único que lograría sería presentarles una figura fría, cadavérica, como esos retratos salidos de la mano de algunos pintores, en los que se advierte una buena técnica pero huérfana del genio del verdadero artista, pues la imagen de su modelo no palpita, carece de emoción, le falta vida.

Qué es la Medicina

Puesto que el médico es el sujeto de la Medicina, se hace indispensable, para cumplir bien mi cometido, precisar qué es ella. Dice el Diccionario de la Real Academia Española que es la “ciencia y arte de precaver y curar las enfermedades del cuerpo humano”. Si analizamos con más detenimiento este concepto, tendremos que descifrar el significado de los términos “ciencia” y ” arte”, que son los que le imprimen, ajuicio de la Real Academia, el sello personal al vocablo definido. Ciencia es el TMcuerpo de doctrina metódicamente formado y ordenado, que constituye un ramo del saber humano”; es también el “conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas”, acepciones ambas consignadas en el diccionario. En cuanto a arte, es presentado como el “conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien una cosa“; podríamos conformarnos con ésta definición, pero creo que también tiene cabida la que dice que es “virtud, disposición e industria para hacer una cosa”.

Conocido el preciso significado de los dos términos nos es inevitable tener que aceptar que la Medicina, en efecto, es ciencia y es arte, pues trata de un ramo del saber humano, con doctrinas metódicamente formadas y ordenadas, producto del pensamiento inductivo y deductivo; incluye, asimismo, normas y reglas, virtud y disposición, indispensables para que lo que se haga se haga bien. Tanto esa ciencia como ese arte están encaminados, al decir del diccionario, a “precaver y curar las enfermedades del cuerpo humano”. Esto es cierto también, pero, sin lugar a dudas, la definición se quedó demasiado corta al limitar la acción de la Medicina al aspecto puramente somático, con prescindencia de otros elementos igual de importantes, y que habré de hacer notar más adelante. Por ahora señalo que aceptar, sin beneficio de inventario, una definición un tanto simplista y utilitaria, podría derivar en grave daño para la Medicina misma.

El rabí Mosé ben Maimón, médico y filósofo judeo – español, mejor conocido con el nombre de Maimónides, afirmaba que la Medicina es algo más que un arte o una ciencia; “es -decía- una misión totalmente personal“. Si nos detenemos a reflexionar sobre este concepto, venido de “uno de los pensadores más polifacéticos y geniales de toda la Edad Media”, como lo juzgara uno de sus biógrafos, entenderemos mejor el papel de la Medicina y de su cultor, el médico.

¿Qué significa aquello de que la Medicina es mucho más que una simple profesión u oficio, que es una misión? Regresemos en el tiempo muchos siglos llevados por la mano de Michel Foucault: “En el alba de la humanidad, antes de toda vana creencia, antes de todo sistema, la medicina, en su integridad, residía en una relación inmediata del sufrimiento con lo que alivia”. En esta descripción, expuesta por un pensador de nuestra época, encontramos, creo yo, respuesta a lo que quiso expresar Maimónides hace ochocientos años. La Medicina no viene a ser otra cosa que la ciencia y el arte hermanados para aliviar el sufrimiento humano que. de seguro, no es meramente corporal, sin que sea ella la que lo hace, sino un intermediario, un instrumento suyo que se llama “médico”.

Qué es el Médico

Pese a que haya médicos que ejercen la profesión pero que no ven pacientes, al médico, por antonomasia, se le identifica con el que asiste, alivia o cura enfermos, aceptando la enfermedad es siempre un sufrimiento. En su libro El orden caníbal vida y muerte de la medicina, Jacques Attali sugiere que el origen de la palabra “médico” puede hallarse en la palabra sánscrita meth que significa “maldecir” y ‘conjurar”. Continuando con el ejercicio semántico que me impuse desde el principio de esta exposición, analicemos lo que quiere decir maldecir y conjurar, para aprovechar la sugerencia de Attaíi. Una y otra palabras expresan “imprecar”, es decir, desear el daño para otro o querer transferir nuestro mal a otro. Siendo así podemos deducir que el médico surgió cuando alguien mostró disposición y ánimo para transferir o absorber el mal o daño que sufrían los otros. Aún más, conjurar significa también el pacto, mediante juramento, que se hace con algún fin determinado. Ordenando estas ideas puede inferirse que, desde su origen, el médico es un individuo que pacta, con otro que sufre, el compromiso de aliviarlo, aun a riesgo de hacer suyo ese sufrimiento. ¿Esto no es, acaso, una misión? Ciertamente, lo es, como es evidente también que el que la cumple es un misionero. Trataré, pues, de identificar a ese enviado que tiene tan noble y grave misión.

En principio, aceptemos que así como todos los individuos no pueden ser científicos ni artistas, tampoco cualquiera puede ser médico. De él, siendo un hombre como los otros, se espera un comportamiento distinto al de los demás. Dado que la enfermedad es un percance desdichado, tal como la interpretaban la filosofía jónica y la medicina hipocrática, viene a convertirse en un desafío físico y moral para el que la padece, y también para el médico; éste, por lo tanto, requiere poseer virtudes especiales para desempeñar adecuadamente su misión. Es por eso por lo que en épocas remotas los misioneros de la salud fueron tenidos como dioses, más luego como hombres milagrosos o teúrgos, y en la actualidad simplemente como hombres, pero como hombres con poderes y facultades que muy pocos tienen.

Cómo debe ser el Médico

La primera virtud que debe poseer quien aspire a ingresar a esa categoría de hombres especiales es la vocación, entendiendo como tal un llamado interior, una voz que sólo oye el escogido y que le señala el camino que deberá recorrer en el transcurso de la vida. Es la misma voz que habrá de alentarlo y reconfortarlo cuando el tránsito sea duro y las fuerzas del cuerpo y del espíritu puedan dar muestra de fatiga o desfallecimiento. Sí el médico necesita ser fuerte, y para serlo necesita un alma templada, ese temple y esa fortaleza sólo los proporciona la vocación. Florencio Escardó afirmaba, con sobrada razón, que la medicina ejercida no es oficio, sino un estado, como el matrimonio o el sacerdocio del cual el médico no puede apearse ni puede declinar. Y para ser buen sacerdote o buen esposo -digo yo- se requiere, antes de cualquier otra cosa, una vocación completa.

La voz interior, a la que vengo refiriéndome, puede escucharse muy pronto en la vida o advertirse tardíamente. Algunos hay que se comportan como sordos a ella y siguen otra senda para, de ordinario, extraviarse. Son esas las vocaciones perdidas, desperdiciadas. Todos conocemos al abogado con vocación de médico y al médico con vocación de abogado. Hay, igualmente, quienes creen haber escuchado la voz, sin que se hubiera pronunciado y se lanzan a cumplir la orden. Son las falsas vocaciones, que se prestan también para el extravío, a no ser que se disponga de lazarillo. Con cierta frecuencia la vocación permanece dormida y despierta tardíamente, como dije antes. Así le sucedió a Albert Schwitzer, Premio Nobel de la Paz en 1954, quien a los treinta años, teniendo ya un doctorado en teología y filosofía, se decidió a estudiar medicina y llegó a ser, sirviendo en el Africa, un admirable misionero de la salud.

Vale la pena mencionar aquí cuánta responsabilidad les cabe a los padres y maestros de lo que ha de ser el futuro de sus hijos y discípulos. A ambos les compete, si cumplen adecuadamente su papel, tratar de descubrir o despertar con oportunidad las vocaciones. No me queda ninguna duda de la importancia grande que tiene la orientación profesional, tan olvidada por los responsables de prodigar una adecuada formación a los jóvenes en la etapa de educación intermedia o secundaria.

No quisiera. por parecerme algo odioso, tener que hacer mención a los atributos físicos que debe poseer el aspirante médico. La fachada o figura, bien sabemos, suele hacer milagros Muchos vivos se han aprovechado de ella para explotar b Medicina, aun no siendo médicos. Pero no podemos, por ello incluir entre los requisitos indispensables del médico ideal, la presencia apolínea. Por fortuna, con suma frecuencia la falta de atributos físicos está compensada con un dechado de virtudes. Al buen médico no lo hace la apuesta envoltura sino la bondad de su saber y los quilates de su espíritu. En cambio, es imprescindible la posesión, ojalá completa y natural, de los cinco sentidos. Teniendo en cuenta que hoy día existen distintos tipos de médicos -el práctico, el investigador, el administrador-, vale aceptar que esa exigencia de los sentidos no cuenta con el mismo rigorismo para todos. Pero si somos clínicos, o cirujanos, si vamos a abordar a nuestro enfermo con ánimo de curarlo -a ser médicos en su sentido primigenio- debemos contar, antes que con cualquier otro recurso, con nuestros propios sentidos. Sólo así podemos ser científicos y artistas a la vez, tal como lo demanda la profesión. En cambio, sí cuenta, y demasiado, para cualquier modalidad de médico, la más acendrada pulcritud en la presentación y en el actuar. Mucho desdice del médico y de la Medicina la figura o el comportamiento desaliñados. Al médico le están vedadas muchas cosas que a otros les están permitidas. ver un químico o un físico con apariencia de “hippy” no tendría nada de extraño; pero ver un médico investigador en la misma lacha es algo que causa desazón. De igual manera, ofrecer utilizar a un médico vocablos propios de un mozo de plaza de mercado, o querer ser simpático a través de la chocarrería, carece de la permisividad o de la aceptación que tendría si otro fuera el protagonista.

Hemos convenido en que la Medicina tiene mucho de ciencia. Hay que aceptar también que el saber científico es producto de la inteligencia y que su asimilación y práctica requieren igualmente de ella. Siendo así, un individuo que carezca de inteligencia, vale decir, de entendimiento y de facultad pensante bien desarrollados, no podrá ser médico, o por lo menos un médico confiable. Un médico torpe es una negación, un atentado contra la Medicina y contra la razón de ser de ésta: el paciente. La capacidad de aprendizaje, de discernimiento, de formar juicios y razonamientos, no puede estar ausente en quien aspire a honrar la Medicina. No obstante que la tecnología haya sustituido en el ejercicio médico buena parte de lo que antes hacía el hombre con sus propios sentidos y facultades, siempre la inteligencia deberá estar presente para interpretar correctamente lo que los aparatos señalen. infortunadamente existe en la actualidad una tendencia, cada vez más acentuada, a querer suplantar al hombre pensante por sofisticados aparatos; en ese ambiente se están formando las nuevas promociones médicas, lo cual no deja de ser un acontecimiento digno de honda preocupación, pues con ello se le está asestando un duro golpe al “acto médico”, es el pacto tácito que se hace con el enfermo. Esta relación médico-paciente, que es como una sagrada comunión, el verdadero espíritu de la Medicina, que nunca podrá ser reemplazado por el maquinismo deshumanizado que quiere imponerse. El ser humano -que es el que padece y necesita médico, pero del médico igualmente humano- se está trocando en un saco de órganos que se explora con computadoras ~ extirpan las piezas gastadas y se le cambian por otras, como hace con cualquier aparato mecánico. Con ello se está cayendo en un horrendo vacío, donde el médico está capacitando para atender la enfermedad, mas no al hombre que la padece. ¿Es que, por fortuna quien así se prepare puede alguna vez comprender, y mucho menos compartir, la angustia que aguijonea al que siente y se sabe enfermo? Tampoco podrá entender que en ocasiones es más salutífero el consuelo y el apoyo moral que a receta o el bisturí. Da pena pensar que Kurt Pollak pudo tener razón cuando expresó que cada época tiene el médico que mejor le cuadra.

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