Nace una Nueva Ciencia: La Farmacia

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

Las boticas habían sido una costumbre árabe y a Europa llegaron por esta vía. Las “Apothekes” eran trastiendas donde se almacenaban yerbas, morteros y otros elementos para interpretar las fórmulas magistrales de los médicos, muchos de los cuales se encargaban de preparar ellos mismos los medicamentos. Este nombre quedó vigente para designar las farmacias o boticas en Europa Central (Fig.17-1)

Avicena tuvo modernas ideas en relación con la farmacología, pues por ejemplo recomendaba dejar la polifarmacia para enfermedades complicadas, y por el contrario usar drogas únicas para patologías más sencillas. Hay que recordar el famoso aforismo hipocrático del “Primum non nocere”. Ibn Sina enfatizó lo importante de dar la dosis adecuada y la ruta de administración del medicamento, así como el esquema para dar la droga. Se refirió a la Cannabis como carminativa y secante, y en cuanto a los analgésicos, consideraba al opio como el más poderoso de los estupefacientes, a la mandrágora y a la amapola -menos fuertes- y luego seguía la belladona. Interesado en que la experimentación fuese confiable, dio siete reglas para la investigación, además de haber descrito en su Canon las propiedades y aplicaciones clínicas de más de 800 medicamentos, lo que lo hizo un verdadero gigante en la farmacología.

El médico era a la vez boticario, hasta que en el año 1.240 el Emperador de Alemania y Rey de Sicilia Federico II de Hohenstaufen, decidió integrar los mundos oriental y occidental, la cultura árabe y la europea; reunió a los farmaceutas en su palacio de Palermo y les enseñó su edicto en el que completamente separaba sus funciones de las de los médicos. Claro que generalizar este dictamen tomó años; la primera farmacopea oficial, el “Nuovo Receptario” de Florencia, se escribió en italiano en 1492 para constituirse en su régimen legal en estas materias; esto ocurrió precisamente en el año en que otro italiano –pero al servicio de España-, descubriera el Nuevo Mundo.

Bajo el consejo oficial y la guía del monje dominico Savonarola, quien a la sazón era un poderoso líder político en la ciudad-estado florentina, la Sociedad Médica y el Gremio de Droguistas, llegaron a un acuerdo de colaboración en este campo y de manifestación constructiva de las relaciones profesionales. Este Recetario, que diferenciaba médicos de farmaceutas, había tenido sus antecedentes entre los árabes, cuando Mesuè el Anciano publicó un gran manual que recopiló la farmacia de la época en el año 830, veinte años antes de aparecer la primera farmacopea oficial árabe.

En el siglo XVI empezaron a formarse las primeras academias médicas, la francesa de Ciencias, y la inglesa Sociedad Real. También en Londres, por acción conjunta de Enrique VIII y del médico Thomas Linacre, persona de su absoluta confianza, se inició el Colegio Médico, siendo este galeno su primer presidente; se trataba de evitar que monjes iletrados, empíricos y charlatanes de toda clase, practicaran la medicina. Este Colegio Médico ejercía funciones más como ministerio de salud, ya que controlaba el ejercicio de la profesión y prohibía el curanderismo, supervisaba honorarios y reglamentaba profesiones afines a medicina como la de los farmaceutas, estableciendo los límites del ejercicio de cada uno de estos cuerpos profesionales. Podía este Colegio examinar medicamentos y prescripciones en las diversas farmacias, tenía autoridad para sancionar severamente a los transgresores, incluyendo el encarcelamiento de estas personas.

Santiago I (King James) de Inglaterra jugó un papel importante en esta época. Su médico fue Theodore Turquet de Mayerne (1573-1655), un gran clínico, que describió los hábitos y los males del Rey, que “se reía de la medicina”. Publicó la primera farmacopea del Colegio Médico, libro que contenía tanto medicamentos absurdos como otros más reconocidos como los calomelanos y una loción mercurial. Fue este rey quien, al ser persuadido por el filósofo y político Francis Bacon (1561-1626), autorizó a los droguistas para separarse de los tenderos o comerciantes, quienes tenían a los primeros bajo su juridiscciòn, y manejaban el lucrativo negocio del comercio de medicamentos y condimentos. Con la alianza de médicos de la corte, lograron en 1617 la creación de una entidad independiente denominada de “Maestros, Guardianes y Sociedad del Arte y Misterio de las Droguerías de la Ciudad de Londres”, no sin una muy vigorosa protesta del Gremio de los Abarroteros.

Aunque al principio contaron con la simpatía de algunos médicos de importancia y se limitaron a expender los medicamentos ordenados por los galenos en sus recetas (pudiendo además realizar sangrías), pronto empezaron las fricciones por la dura batalla entre los dos grupos, la de los médicos que querían conservar sus prerrogativas y la de los farmaceutas, que querían disminuir las restricciones e impedimentos para hacer su propia práctica.

El problema es que el número de profesionales de la medicina que estuvieran titulados era bajo, y esa deficiencia la llenaban los droguistas que en creciente número se relacionaban con pacientes a quienes recomendaban los médicos de su predilección. El tira y afloje se manifestó porque el médico personalmente le daba al paciente una fórmula e instrucciones concretas para eliminar la dependencia del farmacéutico, y este por otro lado sólo recomendaba al médico de gran formulación.

Hacia principios del siglo XVIII, los droguistas se encontraban en Inglaterra al mismo nivel de los médicos generales, particularmente después de un sonado pleito que un farmacéutico ganó pues no se le pagaron sus servicios. La terapéutica sin embargo continuaba siendo muy primitiva, con la aplicación de ventosas, sangrías, purgantes, mercurio para la sífilis y una teriaca basada en quina. La era de los alcaloides vendría más tarde. Entre los siglos XVI y XIX comenzaron actividades farmacéuticas en el Nuevo Mundo. Un boticario francés de nombre Louis Hèbert se estableció en Nueva Escocia, Canadá (1605), donde ser encargaba de cuidar la salud de aquellos colonizadores, supervisar los jardines (de plantas medicinales) y estudiar las hierbas de los indios de la región. El pueblo donde vivía fue luego destruido por los ingleses, debiendo regresar a París para reabrir su botica. Pero habría de volver a Canadá con el colonizador Champlain para establecerse definitivamente en Québec, donde se convirtió en un exitoso granjero. Por los lados de Nueva Inglaterra llegaron los ingleses, entre ellos John Winthrop, fundador de Boston y primer gobernador de la colonia de la Bahía de Massachussets, donde logro la ayuda de médicos y boticarios ingleses para el manejo de la salud, y quien abrió además una pequeña botica donde vendía medicamentos importados y también hierbas medicinales de la región (1640). En Filadelfia, la farmacia del irlandés Christopher Marshall y de sus herederos fue famosa (1729), y no sólo sirvió de núcleo de una fábrica de productos químicos a gran escala sino que también fue una escuela práctica de farmaceutas. En esta importante ciudad también se fundaron los primeros hospitales norteamericanos, el de Pensilvania y el General de Filadelfia. Allí se inauguró la primera botica hospitalaria e importantes médicos-droguistas como John Morgan, lograron influir en el desarrollo de las prácticas individuales de médicos y farmaceutas.

Grandes droguistas de aquellos años (Siglo XVIII) fueron el sueco Carl Scheele, experimentador y descubridor del cloro, oxígeno, ácidos prúsico y tartàrico, tungsteno, molibdeno, glicerina, nitroglicerina y muchos otros compuestos orgánicos; Andrew Craigie de Boston, primer comisionado farmacéutico y boticario general, en relación con todos los requerimientos de droga para el ejército americano; el alemán Friederich Sertürner (1783-1841), quien probó la importancia de los alcaloides orgánicos y descubrió la morfina, experimentando además con diversos compuestos químicos orgánicos; los franceses Pelletier y Caventou, que descubrieron varios alcaloides y estudiaron la quina peruana. Alemanes, ingleses e italianos lograron también consagrar a la farmacia como una ciencia experimental.

Dibujo de una Apotheke en BernstadEn Filadelfia se creó el Colegio de Farmacia, pues la práctica de esta profesión se había deteriorado y había discriminación por parte de la facultad de medicina de la Universidad de Pensilvania. También se fundó la primera industria de hierbas medicinales en los Estados Unidos, por parte de una secta protestante (la Sociedad Unitaria de Creyentes en la Segunda Venida de Jesucristo), mejor conocidos como Los Batidores.

En 1852 se reunieron en el auditorio del Colegio de Farmacia de Filadelfia veinte delegados que bajo la presidencia de Daniel Smith y la secretaría del famoso William Procter Jr. (del actual gigante de productos de consumo, Procter& Gamble) fundaron la Asociación Farmacéutica Americana, suscribieron su Constitución y Código de Ética, diseñaron sus objetivos, abriendo la membresía a todos los farmaceutas y boticarios. Había necesidad de una mejor comunicación entre los farmaceutas, vigilar los estándares de educación y entrenamiento, y controlar la calidad de los medicamentos importados. En 1867 se realizó en París el Segundo Congreso Internacional de Farmacia, que reunió droguistas europeos y americanos, liderados estos últimos por Procter. Las opiniones estuvieron divididas en cuanto a la proliferación de droguerías, pues la forma de ver los americanos esta cuestión era la de que un fuerte agente de reforma en los Estados Unidos era la opinión pública, por lo que no había el más mínimo obstáculo para la multiplicación de farmacias, siempre y cuando fueran exitosas. En España por el contrario, el número de boticas es limitado por la legislación.

Procter fue el padre de la farmacia en los Estados Unidos. Después de que se graduó en el Colegio de Filadelfia, manejó una droguería minorista y fue profesor de farmacia en su “alma mater” por veinte años. Fue secretario y presidente de la Asociación Americana de Farmacia, por veintidós años editor de la revista y por treinta, miembro del Comité de Revisión de la Farmacopea Americana, regresando luego a enseñar farmacia en el Colegio hasta el día de su muerte.

Otro famoso profesor en Michigan fue Albert B. Prescott, quien introdujo la farmacia de laboratorio, un currículo académico que incluyó las ciencias básicas, y la dedicación tiempo completo de los estudiantes, aspectos que poco a poco fueron siendo considerados por las diferentes escuelas de farmacia del país; sin embargo fue criticado porque abandonó el tradicional requisito del aprendizaje práctico pre-grado.

Por los lados europeos existió en el siglo XIX un droguista minorista francés llamado Stanislaus Limousin (1831-1887), quien combinó su genio inventivo con conocimientos científicos y habilidades técnicas. Contribuyó entre otras cosas al desarrollo y perfeccionamiento técnico de los aparatos para inhalación y administración de oxígeno terapéutico, la invención de las ampolletas de vidrio que podían ser selladas y esterilizadas para preservarse como soluciones que serían luego administradas por medio de jeringas hipodérmicas, inventó el gotero y un sistema (a base por ejemplo del sublimado corrosivo) que permitía colorear los venenos; también los medicamentos en la forma de oblea, lo que fue posteriormente reemplazado por las cápsulas de gelatina blanda. En la historia vemos casos de otros droguistas que lograron importantes aportes a esta ciencia de los medicamentos, como el francés Ernest Forneau (1872- 1949), quien trabajó en el Instituto Pasteur de París. Forneau hizo trabajos fundamentales con arsenicales y compuestos de bismuto para el tratamiento de la sífilis, pavimentó la vía para el desarrollo de las sulfas y reconoció los primeros compuestos con propiedades antihistamínicas, llevando a otros a tomar la bandera de la investigación farmacéutica de quimioteràpicos.

El núcleo de la farmacia es la mezcla de sustancias que constituyen un preparado, en sus diversas formas farmacéuticas. Son tradicionales las formas líquidas como los jarabes (soluciones acuosas con azúcar), los elíxires (que contienen alcohol y azúcar), colirios, lociones, gargarismos, emulsiones, suspensiones y tinturas (también con alcohol); las formas semisólidas como los colodiones, los emplastos, ungüentos o pomadas; y las formas sólidas como los polvos y sales efervescentes.

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