Historia de los Medicamentos, Introducción

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

La historia de los medicamentos hace parte del devenir del hombre y de la historia de la medicina. Desde que existe, el ser humano sufre, se enferma e ineludiblemente muere; desde sus comienzos los homìnidos nómadas y los agrícolas sedentarios, buscaron una explicación a los fenómenos y una solución a sus males. El pensamiento mágico, más acentuado en las tribus y en las más antiguas civilizaciones, hizo importante el poder de los conjuros y la influencia de los dioses sobre las pócimas. Curar era fuente de autoridad y prestigio, en general una tarea reservada a los sacerdotes y magos. Pero alguna curiosidad intelectual debió generar la observación de los animales que rehuían las plantas venenosas, o que comían determinadas hierbas cuando sufrían de algún mal específico. Poco a poco se fueron señalando propiedades varias a dichas plantas, ya fuesen sus flores, corteza o raíces, y aparecieron los primeros listados para unas enfermedades de diagnóstico tan confuso como absurdas eran las indicaciones y la manera de aplicar esas hierbas. Con algunas excepciones, hasta que Paracelso introdujo en terapéutica las sustancias inorgánicas, los medicamentos eran hierbas. Los más inquietos estudiosos del tema (el Emperador Rojo, Mitridatos, Dioscòrides, Plinio el Viejo) o eran eruditos o al menos, conocedores de la botánica; unos vivieron obsesionados con el temor de morir envenenados, otros ayudaron a construir lo que luego se llamó la “Materia Medica”.

La concepción original de la enfermedad como un castigo de los dioses hizo de los exorcismos y de los sacrificios rituales llevados a cabo por los magos tribales o los sacerdotes de una casta, la columna vertebral de los tratamientos. No es que no hubiera fármacos –los había y muchos, más que todo herbales- pero su efectividad dependía de la voluntad de los dioses. Mitos y realidades se fueron mezclando en la práctica médica, donde el uso de una gran cantidad de plantas medicinales –muchas con confusas indicaciones- alternó con algunas medidas preventivas y dietéticas, al igual que conceptos como el “Primero no hacer daño” de Hipócrates, quien confiaba mucho en el poder sanador de la naturaleza. De allí surgió la “Materia Medica” de Teofrasto y de Dioscòrides. Galeno luego, tomando los aportes del Corpus Hippocraticum a través de su paso por la cultural Alejandría, usa fármacos preferidos y establece sus propios conceptos –errados muchos de ellos- pero que se basaron en el equilibrio de los humores como fuente de la salud y de la enfermedad y que fueron vigentes hasta el mismo Renacimiento, aceptados por árabes y cristianos, por su concepción monoteísta. Ya desde Celso se entiende que la acción terapéutica se consigue por la dieta, los fármacos y la cirugía. Pero a pesar de que Galeno escribe sobre las costumbres y los pecados del alma, y de que Platón dice que antes de tratar el cuerpo hay que tratar el alma –para que sirva el fármaco- en aquellos tiempos no existió la psicoterapia.

La aparición de la medicina como oficio, en casos como los de Hipócrates y Galeno, estuvo rodeada de prestigio; pero en los más fue tarea de esclavos, labor de sirvientes. Estos colegas de la antigüedad aprendieron a manejar sus propios medicamentos, preparados en algunas trastiendas o “boticas”. Los farmacéuticos se iniciaron como simples dispensadores y tuvieron auge entre los árabes, civilización donde aparecieron también los primeros recetarios, listados de medicinas o primitivas farmacopeas. Pero siempre las mismas hierbas con los mismos yerbateros, para llamar de alguna manera a aquellos empíricos que de manera artesanal ejercieron la medicina, no para designar a los que hicieron historia. La curiosidad y la observación primero, el ensayo-error o la serendipia después, fueron mejorando el conocimiento. Desde luego que no sólo el de los medicamentos sino sobre todo de la anatomía –inicialmente- y de la fisiología – más adelante – para conseguir unas primeras especializaciones y categorías; estas fueron sacando de cierto marasmo el arte de curar, que poco a poco y quizá después de Paracelso, se tornó en ciencia.

Los árabes aportan mucho a la farmacia. La alquimia –aún con sus errores- es un paso adelante. Aparecen pioneros listados de hierbas medicinales y las primeras boticas. Se respeta y mejora en algo el conocimiento de la antigüedad clásica, se introducen los jarabes, el alcohol, y muchas drogas nuevas, incluso esta misma palabra que designa a los medicamentos. De los territorios del Islam pasa el arte de curar –“Ars Medica”- a la Escuela de Salerno. La medicina y los medicamentos se conservan en la Edad Media a través de los monjes –copistas y cultivadores en los jardines botánicos- hasta que en el siglo XII, en el alto medioevo, aparecen dos textos fundamentales de farmacología: el Antidotarium de la Escuela de Salerno (redactado por Nicolàs Prepósito) y el Macer Floridus, poema de 2.200 versos sobre las virtudes de las hierbas. Llega el Renacimiento: Leonardo, Vesalio, Harvey, Paré, Paracelso, muchos otros anatomistas y tal cual fisiólogo, las nuevas escuelas médicas y el resurgir de la cirugía, muestran una nueva visión y surge la esperanza. De América viene la quina, pero también la coca y el tabaco.

La modernización aparece porque hay cambios. Laìn los divide en sociales (el espíritu burgués, la conciencia de la individualidad propia y de la experiencia personal, que hace que la experiencia adquirida de la Edad Media pase a la experiencia inventada del Renacimiento); Bacon y Descartes secularizan el progreso, que ahora serà indefinido, haciendo notar estos motivos de orden històrico que son precursores de la posterior “Ilustración”. Una tercera división serían los motivos de orden intelectual: hay hastìo de los bizantinismos, fuerza en las aulas universitarias, incipiente desmitificación del latìn (con Paracelso) como idioma exclusivo de la enseñanza, quitándole su elitismo al empezar a utilizar las lenguas corrientes; hay tambièn un auge de la crìtica, del desconfiar del saber clásico, de la “Duda Metódica” de Descartes. Poco a poco se va dando una saludable independencia entre ciencia y religión. Lo uno no excluye lo otro, pero la secularización del conocimiento científico paradójicamente mejorará la comunicación hombre- Dios, y el amor se interpretará en un contexto menos rígido, intentando alejarse de los fanatismos. Por último hay motivos de orden geográfico, pues se descubre el Nuevo Mundo y además las potencias existentes penetran las naciones no europeas del Viejo Mundo. El medicamento se sigue utilizando por el galenismo modernizado vigente, pero luego queda en medio de los nuevos conceptos que surgen en medicina: el empirismo, el mecanicismo y el organicismo vitalista.

La Ciencia Nueva de conocer al cosmos con una concepción mecanicista, la resume Leonardo Da Vinci con la frase: “El magno libro del universo està escrito en lengua matemática”. Y en medicina se expresa por los seguidores de la teoría de que en la salud y en la enfermedad todo es físico; el cuerpo humano es una máquina. Estos son los médicos físicos, los iatromecànicos.

El panvitalismo considera que la voluntad de Dios al crear al mundo es la que este sea un organismo viviente: aun lo inanimado, “vive”; no es una “màquina”. La exactitud matemática va cediendo el paso a la presente “complejidad y caos”. Paracelso y van Helmont son los médicos que representan esta particular visión del mundo: gobierno técnico del universo y conocimiento científico del cosmos, del hombre de la enfermedad y de la terapéutica. Sus seguidores consideran que lo que pasa en el ser vivo es el resultado de reacciones químicas; son los iatroquìmicos. Habrá también un animismo –el cuerpo no es sólo materia, no es sólo física o química- hay un alma estrechamente interrelacionada con el cuerpo, e influye en la salud y en la enfermedad.

El empirismo por su lado sostiene que las nuevas realidades encontradas de manera fortuita o planeada, no se deben interpretar sobre la base rígida de una teoría previa. Hay empirismo en la anatomía, en la clínica, en la fisiología y en la patología.

Los ochocentistas (siglo XIX) ven surgir nuevos movimientos filosóficos: el evolucionismo (todo en el universo ha ido evolucionando), el positivismo (todo dato nuevo para ser veraz debe ser capaz de trocarse en una ley) y el eclecticismo, que considera que la historia debe ser analizada con criterios racionales y científicos. Algunos pensarán que el progreso indefinido debe ser reemplazado por el fin de la historia: ya todo ha sido descubierto. O como quien dice, no hay nada nuevo bajo el sol. Se introducirá el método científico, se desarrollará la astronomía, la química, la física, la biología, la anatomía y la fisiología como ciencias básicas. La revolución en farmacología surge con el descubrimiento de los diferentes alcaloides de las plantas.

En lo político, los absolutismos monárquicos son reemplazados por los gobiernos aristocráticos y por los del “pueblo”. La economía empieza a aparecer como una ciencia determinante en el desarrollo de las naciones. Adam Smith, Marx y Hegel, publican sus escritos. Las necesidades insatisfechas del mercado como impulsoras del mundo de los negocios, o el socialismo estatista de la economía central planificada, entrarán al siglo XX con todo vigor y en direcciones opuestas. Pero estas concepciones económicas tendrán enorme influencia –en particular la doctrina capitalista- en el desarrollo de la incipiente industria farmacéutica. La ciencia se pone al servicio del hombre –también con los nuevos medicamentos sintéticos- pero al igual al de los gobiernos; los descubrimientos se financiaràn con inversiones particulares, pero las utilidades revertirán a favor de los individuos; o los gobiernos omnipotentes se apropiarán de todo el producido de las naciones para distribuirlo, según el criterio de los funcionarios, en los asociados. Filosofía esta última que declina al iniciarse el tercer milenio, e intenta ser reemplazada por algo más flexible pero más humano, un socialismo que no encuentra un método, pero que expresa “Los malestares de la Globalización”, como lo escribe en su libro el Nóbel Siglitz.

Un salto adelante gigantesco fue el descubrimiento de los alcaloides. Con la morfina primero y con unos doscientos de ellos al promediar el siglo XIX, la farmacia era algo ya muy distinto de la medicina. Pero Materia Medica al fin y al cabo. Y por allá en las europas, y luego en las amèricas, los pioneros de la industria farmacéutica empezaron a abrir sus boticas, y a pensar comercialmente en la producción y distribución de los medicamentos. La investigación vino después. Bernard fue el padre de la medicina experimental, y Pasteur, el que descubrió el mundo de los microorganismos y expandió el de las vacunas. Pero después vendrían Morton, Lister, Hoffman, Banting, Fleming y muchos otros que le darían un giro espectacular a la terapéutica y a la novedosa ciencia de la farmacología. Algunos empresarios comprendieron la utilidad de la investigación, de la industrialización y de la tecnología, además de la creación de las redes de distribución. Ya empezaron a tenerse en cuenta los procesos contables, el manejo de los inventarios, la importancia de la economía de escala, las necesidades de los consumidores y de los médicos, y el requisito de calidad en la producción. Los remedios secretos: Píldoras de vida del doctor Ross, las tabletas de OK Gómez Plata para el dolor, Píldoras Hermosina (de Zoilo Ruiz) para la mujer, Agua Mineral de Walter Carroll o la Emulsión de Scott (el eterno aceite de hígado de bacalao) dieron paso a la producción en la posguerra de cantidades industriales de penicilinas, aspirinas, corticoides, antiácidos y demás, para luego entrar en la sofisticación de los agonistas y antagonistas de los receptores, del manejo del sistema neurovegetativo, de los elaborados antibióticos o de los inhibidores enzimáticos. De la artesanal fabricación de las antiguas píldoras – la mano de Dios en un frasquito- se llegó a las modernas bibliotecas de moléculas almacenadas en ordenadores, a la manipulación de sus estructuras para acercarse a los medicamentos ideales, y por último a los estudios clínicos, a la bioética y a los entes reguladores.

La revolución del medicamento pertenece indudablemente al siglo XX. El historiador médico Laìn propone la comparación entre “La terapéutica en veinte medicamentos” (escrito por Huchard en 1910) y cualquier texto de farmacología moderno. Todo es nuevo allí: los antiinfecciosos, los psicofármacos, las vitaminas, las hormonas, los agonistas y antagonistas del sistema neurovegetativo, los bloqueadores e inductores enzimàticos, los antimitòticos, los antiinflamatorios, los antihistamínicos. También aparecerán las enfermedades iatrogénicas. Los sistemas de salud girarán de públicos a privados, la comercialización de los medicamentos enfrentará una fiera competencia, de los nuevos fármacos entre si y de las drogas de marca y los medicamentos genéricos. Pero ahora el médico dispone de nuevas y modernas armas para curar o para prevenir la enfermedad. La perspectiva de un ciclo vital más prolongado y de mejor calidad es ahora una palpitante realidad.

“Historia de los Medicamentos” cita nombres, tendencias, plantas, anécdotas, ciencia y negocios, enfermedad y salud, alegrías y frustraciones. De la separación entre medicina y farmacia, y entre esta, la potente industria y los volátiles mercados, aterrizamos en la lucha entre drogas de patente y genéricos, entre investigación animal y clínica, entre la oportunidad de negocios y el derecho humano a la salud. Hace muchos años que esta dejó de ser un problema exclusivo de los médicos, así como el desdibujo de los linderos nacionales sumergió a los gobiernos en la batahola sin reversa de la globalización, reduciéndoles –para bien o para mal- sus márgenes de maniobra. Este libro pretende narrar sucintamente no sólo la historia antigua, más sedimentada y analizada, sino que –en forma algo atrevida- se refiere también a la historia reciente e incluso incursiona en la que actualmente se escribe. La historia de los medicamentos a comienzos del tercer milenio, será vista de una manera totalmente distinta en veinticinco e o en cincuenta años. En cuanto a la historia de los médicos y de la medicina, tendrá más que ver con la cibernética que con las habilidades clínicas. Esta segunda edición de la obra está “corregida y aumentada”, usando la frase que era del estilo de las nuevas ediciones de libros en el pasado. Entre las modificaciones está también la inclusión de ilustraciones.

Vemos entonces que el medicamento fue en el pasado algo más bien mágico, nada que tuviera que ver con lo científico, cuyo poder curativo dependía en las sociedades primitivas de la voluntad de los dioses. Pero a partir de los alcaloides y de las drogas de síntesis, el medicamento se convirtió en verdadera intervención para cambiar el curso de la enfermedad o para prevenir la aparición de esta. Tuvo entonces que poner el médico en la balanza la ecuación riesgo versus beneficio, conocer la eficacia, las interacciones medicamentosas y los efectos colaterales, e incluso tener en cuenta el costo, asunto que con los medicamentos herbales no existía, pues bastaba con hacer una visita a la huerta o a lo sumo a la botica de enfrente. El medicamento solo en muchos casos no sería tan efectivo sino se acompañara de otras medidas higiénicas como la supresión de tóxicos –ingeridos o en el medio ambiente- la dieta balanceada, la práctica de ejercicios y la psicoterapia, aún si esta fuera un simple apoyo al paciente durante su entrevista con el médico. Pero no hay duda que de aquel aforismo que dice “curar algunas veces, aliviar otras, consolar siempre”, las dos primeras palabras, curar y aliviar, son ya una maravillosa realidad a la mano del profesional de la salud y de su enfermo.

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