Las Farmacopeas

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

El trabajo original a este respecto fue de los árabes. Para el año 830 Ben Mesuè El Anciano, un nestoriano que fue maestro y traductor de mucha influencia y a quien también se conoce como Janus Damascenus, publicó un manual que recopilaba los conocimientos farmacéuticos de la época. Veinte años más tarde apareció la primera farmacopea que se llamó Krabadìn, escrita por Sabor-Ebn-Sahel, jefe de la escuela Gundishapur en el siglo IX; la segunda por Habul Tolmid, médico del califa de Bagdad en el siglo XII. Tuvieron también fama los “Antidotarium” de los nicolases, el Magnum bizantino del Nicolás “fabricante de ungüentos” o de Myrepsos, y el Parvum de Nicolás el de Salerno, que coleccionó una larga lista de prescripciones antiguas y que vieron la luz en Venecia en 1471.

En Europa muchos consideran que la primera farmacopea verdaderamente oficial fue la que lograron los florentinos al finalizar el siglo XV con el “Nuovo Receptario Composito”, que fue la primera edición del “Ricettario Fiorentino”, que se impuso como guía oficial de los farmacéuticos en Florencia.. Sin embargo, en las diferentes ciudades europeas, muchas veces por iniciativa particular, empezaron a proliferar estos libros que llevaban diferentes nombres como antidotarios, Aparatos, Dispensatorios, Ricettarios, Códices, Lexicones, Bibliotecas y Palextras. En 1542, Valerio Cordus quien a la sazón era un estudiante, se dio a la tarea de coleccionar recetas de los médicos más importantes, trabajo que luego fue publicado y obtuvo el respaldo del senado. Otra con el título específico de “Farmacopea” fue publicada en Basilea por un doctor Foe en 1561.

Primera farmacopea española

La primera farmacopea española es de Valencia y data de 1603 mientras que Francia tiene su Codex Medicamentarius. Para aquellos tiempos, sustancias inertes, extravagantes y repulsivas tuvieron carta de presentación, pues fueron apoyadas por eminentes médicos en muchas ocasiones. Hubo una época en que por ejemplo estuvieron de moda todos los tejidos y todos los humores del cuerpo humano. Conclusiones precoces e influencias de la moda hicieron reinar por años a numerosas sustancias, nacidas en medio de la esperanza para luego desaparecer abruptamente, situación que todavía se repite aunque con mucha menor frecuencia.

En 1649, el herborista Nicholas Culpeper incluyó una farmacopea en su “Directorio Físico”, que le atrajo la animadversión de los médicos de Londres, y luego repitió el intento en un tratado de botánica astrológica que tuvo numerosas ediciones y que se llamó “El Médico Inglés, aumentado”.

Numerosas farmacopeas empezaron a regir en los diferentes países europeos, como reglamentación oficial de la dispensa de medicamentos. Estos libros oficiales deben “contener las reglas y preceptos que deben observarse en la preparación de los medicamentos oficinales, sino también los demás principios e indicaciones propias de tales códigos para que sirva de norma y pauta obligatoria en la elaboración de los preparados galènicos o de composición no definida, y la guía en la de los químicos o de composición definida”, según reza en una ordenanza de farmacia española. En Prusia se publicó una en 1799, la de Austria en 1812, Francia en 1818, una en los Estados Unidos para 1820. En Inglaterra, el Colegio Médico propuso realizar una farmacopea oficial para el año de 1585, pero la primera edición de la Pharmacopeia Londinensis no apareció sino hasta en 1618. Mayerne, médico de los Estuardo, impulsó la inclusión en ella de algunos de los preparados minerales de Paracelso. Hubo posteriormente otras famosas publicaciones en Edimburgo y en Dublín. En 1858 una ley creó el Consejo General de Médicos, el que sacó la primera farmacopea unitaria –la British Pharmacopeia-, o lista de drogas británica que en 1864 reemplazó las otras tres mencionadas. Como las farmacopeas eran una mezcla de oro y barro, ingleses y alemanes se dedicaron a depurar las suyas, por lo que muchas drogas inútiles y preparaciones erróneas fueron borradas para siempre, saliendo de allí innumerables emplastos, extractos, esencias y tinturas (Fig. 30-2). A finales del siglo XIX, el boticario pasa a llamarse farmacéutico y en algunas partes se llamará luego droguista; en este mismo periodo, el oficio –arte y ciencia- entra a la universidad y pasa a enseñarse de manera metódica. La trastienda del farmacéutico va lentamente desapareciendo en el siglo XX, a medida que es la industria la que produce los medicamentos, haciendo uso de la economía de escala y eliminando la artesanal y poco rentable preparación de fórmulas magistrales realizadas en la botica, que prácticamente desaparecieron en la segunda mitad del siglo XX. La promición y publicidad del medicamento influye notoriamente en las prescripciones médicas –a través de la visita médica de los representantes de los laboratorios- lo que genera ventas a nivel de farmacia. Subrepticiamente también algunos vendedores ofrecen incentivos a los droguistas para que muevan su producto, sugiriéndoselos al paciente o cambiándoles la fórmula. El médico también es tentado con comisiones, regalos y otras ofertas de naturaleza económica (quizá normales para otros segmentos de la industria) pero que en el caso de los medicamentos se empiezan a reconocer como antiéticos. Igual ocurre con los jefes de compra de las instituciones. Se desarrolla entonces la ética de los negocios, la ética médica y la del farmacéutico, las regulaciones y sanciones, las licencias de funcionamiento, la certificación del elemento humano, el lento abandono del empirismo.

La farmacología se desarrolló gracias a los adelantos en la fisiología y la química, que permitió aislar fármacos en estado puro y estudiar sus efectos en los animales y en los humanos. El siglo XIX fue especialmente prolífico en el descubrimiento de alcaloides y glucósidos, habiéndose convertido la farmacología en una ciencia independiente, gracias al trabajo de personas como Rudolph Buchheim y su discípulo Oswald Schmiedeberg, cuyas enseñanzas fueron llevadas a América por John Abel, quien fue profesor de medicina y terapéutica en Michigan y luego instauró la primera cátedra de farmacología en Johns Hopkins. En Inglaterra, Alexander Brown y Thomas Frazer (1841-1920) relacionaron las acciones de los fármacos con su estructura química, y muchos años más tarde de allí salió el diseño de fármacos por computador, basándose en el conocimiento de sus interacciones con las diferentes estructuras celulares y en el de la biología molecular.

Droguista de la edad modernaEn los Estados Unidos apareció en 1920 la inicial “United States Pharmacopeia” (USP), trabajo médico de estandarización de las drogas que logró aceptación nacional, pero que cincuenta años más tarde estuvo a punto de disolverse por falta de interés de los profesionales de la medicina. Fue un médico, farmaceuta y empresario, el doctor Edward R. Squibb, quien llevó el problema al congreso de la Asociación de Farmacéuticos, por lo que se logró formar un comité que revivió la USP, conformado por los doctores Rice, Remington y Squibb.

A pesar de muchos adelantos en la biología, fisiología y la química, las farmacopeas permanecieron con retrasos considerables, pues aún se incluían remedios curiosos y también las teriacas.

La farmacopea norteamericana de hoy día es una institución que trabaja de la mano de la Administración de Alimentos y Drogas (FDA) y de las sociedades científicas y está asesorada por científicos que hacen que sus productos sean de la mejor calidad. Uno de los libros más consultados es el USP 25- NF 20 (por Formulario Nacional), de aparición anual y que contiene los patrones farmacéuticos oficiales de unos 3800 medicamentos, así como de los métodos de laboratorio para analizarlos y garantizar su calidad. Tiene otro volumen que describe los patrones químicos de referencia para obtener un inigualable control de calidad, con el que se pueden hacer pruebas para identificar los productos, medir su concentración, calidad y pureza tal como se especifica en el compendio oficial, el USP-NF. Esta institución publica otros libros sobre reactivos cromatogràficos, un foro de farmacopeas, educación en este tema y un Diccionario que incluye nombres americanos e internacionales, categorías terapéuticas, fórmulas gráficas y moleculares, fabricantes de drogas y otros datos relevantes. Otra farmacopea que ejerce bastante influencia fuera de su país es el Codex francés, que contiene alrededor de 1250 productos, y que al igual que otras farmacopeas modernas ha venido simplificando las formulas originales usualmente muy complejas, reteniendo los ingredientes más eficaces, mientras que los principios activos han venido reemplazando los medicamentos crudos de donde ellos se derivan. Este el caso de los alcaloides y de los glucósidos, y por supuesto el de las nuevas drogas sintéticas y semisintèticas, muchas de las cuales son ahora diseñadas por computador. Uno de los problemas que afrontan las farmacopeas oficiales es su permanente actualización, que puede tardar varios años. Este problema ha sido subsanado por otros libros particulares más ágiles y muy populares en el que se registran todos los nuevos remedios, sus indicaciones y dosis, o se comparan las varias concentraciones de los mismos preparados en las diferentes farmacopeas; tal es el caso del Acompañante de la Farmacopea Squire o de la Farmacopea Extra Martindale, que sacan ediciones actualizadas en intervalos frecuentes.

Los entes regulatorios de cada país, que otorgan o niegan el registro sanitario de un producto, generalmente lo aceptan de una vez si el producto se encuentra ya incluido en alguna de las farmacopeas más consultadas, particularmente la USP. Allí en Norteamérica, cuando se lanza un producto genérico que no es de marca, generalmente se le pone el nombre genérico seguido de las siglas USP. Actualmente la mayoría de las naciones europeas tienen sus propias farmacopeas, así como también India y Japón, y en América Latina, Méjico, Chile y Venezuela. En Colombia existen unos documentos como las Normas Farmacológicas, que han sido enriquecidas con el correr de los años por el asiduo trabajo de la Comisión Revisora de Productos Farmacéuticos; también hay un listado de medicamentos esenciales, ese sí muy retrasado en cuanto a la inclusión de productos nuevos. Resulta que los sistemas de salud operantes hoy en buena parte del planeta, dan medicamentos a sus afiliados si estos se encuentran en estos listados, por lo que se tiende a frenar la inclusión de nuevos productos. El problema es que algún día será necesario abrir la compuerta, lo cual generará muchas presiones y dificultades por los diferentes criterios. En los países donde existe el mecanismo de la “tutela”, este se ha convertido en medio más expedito para conseguir que se suministren los costosos pero eficaces productos de alta tecnología, que terminan haciendo parte de las que se han llamado “enfermedades catastróficas”.

Vale la pena anotar que de las farmacopeas se desprendieron los diccionarios médicos llamados Vademecum, que aunque tienen connotaciones comerciales resultan invaluables para el médico practicante, ya que tiene los listados de productos según marcas, nombre genérico, categorías farmacéuticas, indicaciones, productos según laboratorios, e información completa para recetar, según lo aprobado por los entes regulatorios de los ministerios de salud. La empresa Thomson Medical Economics publica el Physician Desk Reference (PDR), y en América latina el PLM, de extraordinaria utilidad y que fue adquirido hace unos años por Medical Economics. Precisamente PLM acaba de presentar –en conmemoración de los 60 años de publicación, y en homenaje al doctor Emilio Rosenstein- un hermoso estuche que trae una reproducción del PLM de 1944 y un CD del PDR de 2002. Hay otros vademécum como el de Medicentro, existiò el Intercòn, hay numerosas páginas web donde se puede consultar todo lo referente a un producto dado, a más de que información muy completa se puede obtener de la página www.fda.gov

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