Un Alquimista que hizo Historia

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

Los postulados de Galeno sobre los cuatro humores y sus conceptos sobre anatomía y fisiología, reinaron por siglos hasta que fueron cuestionadas por importantes figuras renacentistas como Vesalio, Harvey y en el siglo XVI, el filósofo y alquimista suizo Paracelso. Este postuló revolucionarias teorías, entre otras cosas al decir que semillas infecciosas podían causar la enfermedad.

Teophrastus Bombastus von Hohenheim (1493-1541), el nombre suizo de Aurelio Felipe Paracelso, fue un original personaje, iconoclasta y conflictivo, alcohólico y petulante, místico que consideraba que no era posible ejercer el arte de curar sin tener una fe profunda en el Ser Supremo. No hizo sino granjearse enemistades por sus actitudes y enseñanzas, y en una época en que universidades como la de Basilea (ahora ciudad sede de los gigantes farmacéuticos Novartis y Roche), era tradicional dar las clases en latín, él las dictaba en alemán. Y por cosas similares había salido antes de Salzburgo, ciudad austriaca donde originalmente se estableció. Aunque su pensamiento es medieval, de allí fue naciendo el estudio de los fármacos (¿“Padre de la Farmacología”?), pues introdujo el uso de compuestos químicos en el tratamiento de la enfermedad. Muchos en su época lo consideraron un charlatán, pero con el tiempo se empezaron a rescatar muchas cosas importantes, entre ellas varios de sus libros que fueron publicados después de su muerte; dicen sus biógrafos que utilizaba un lenguaje confuso para escribir, por lo que se hacía difícil entender sus obras. Fue un médico famoso en su tiempo, que merced a vivir cerca de una mina, desde joven se interesó en la mineralogía; viajó intensamente y fue un filósofo que creyó en la influencia de las estrellas sobre la salud del “cuerpo astral” humano, mas no propiamente en los horóscopos. Este es uno de los cinco entes que, según lo escrito en su obra “Paramirum”, regulan la salud y la enfermedad; otro es el “ente venenoso”, una visión que podríamos llamar moderna pues postula que aunque el ser humano nace libre de venenos, con el tiempo, merced al aire que respira, a los alimentos que ingiere y a los remedios que toma, se va envenenando; hoy diríamos que el efecto nocivo del ambiente (incluido el tabaco), la dieta a base elementos chatarra y la toxicidad de los medicamentos, induce el deterioro progresivo del organismo, en medio de la producción de radicales libres oxidantes. Los otros tres entes son el natural, el espiritual y Dios.

Aunque más cerca de la verdad que Galeno, Paracelso sostenía que la medicina se apoyaba sobre cuatro columnas: la filosofía, la astronomía, la alquimia y la virtud. El hombre es un microcosmos integrador de todos los procesos, ritmos y fuerzas de la naturaleza; Dios es el “Supremo Boticario”, y el alquimista tiene que conocer y aislar los remedios específicos colocados por Él en la naturaleza. Aboga también por teorías demasiado simples como la de que el cuerpo estaba compuesto por los tres principios de los alquimistas árabes, el mercurio (volátil), el azufre (inflamable) y la sal (incombustible); el mercurio es lo que humea, el azufre lo que quema y las cenizas son sal; como vemos, esas no son las sustancias que hoy llevan esos nombres. Pensaba que las curas debían tener relación con las enfermedades que se trataban, o tener algún parecido con ellas, por lo que los tratamientos debían basarse en los tres principios o sus derivados. Rechazó las sangrías y concluyó que la alquimia no tenía por objeto producir oro o plata sino producir compuestos que sirvieran para tratar las diversas patologías. Se consideró yatroquìmico y reformador de la alquimia; la yatroquìmica( de la cual habla en su libro Paragranum) tenía por objeto preparar sustancias de la manera más simple, desarrollar métodos que aseguraran resultados consistentes, descubrir las propiedades medicinales de los compuestos y encontrar nuevas sustancias de valor medicamentoso. En contraposición a este tipo de médicos que en el siglo XVII siguieron a Paracelso, estuvieron los yatrofìsicos, que con Descartes a la cabeza tuvieron más en cuenta el funcionamiento puramente mecánico de los órganos. Paracelso intentó aplicar principios científicos a la medicina, pero tuvo actitudes incomprensibles como su membresía en el culto hermético, o su adherencia mística a la investigación en alquimia. La experimentación (intuición directa del mundo sensible) marcó sin embargo su filosofía; desde esa época trataron los médicos de conocer mejor el funcionamiento del cuerpo humano y la forma de combatir sus enfermedades; el ensayo y el error se volvieron importantes, pero no se siguieron métodos verdaderamente científicos para determinar cuál terapia es más efectiva que otra, o cuál tiene simplemente un efecto placebo. Como se diría en términos modernos, para verificar si una terapéutica determinada ha sido “ventajosamente sustituida”. Puso de moda un metal como medicamento en “El carro triunfal del antimonio”, y usó el hierro, el cobre, albúmina, arsénico, zinc, potasa, soda y en general las sales minerales, que hasta esa época habían estado prohibidas. A estas drogas había que buscarles su “quintaesencia”, es decir, su principio activo. Muchos de sus seguidores pertenecieron a la secta de “Los Rosacruces”. Su remezòn tuvo la importancia de revolver las aguas mansas de unas enseñanzas obsoletas, y de preparar el camino para unos renacentistas con aportes científicos que aún perduran, Vesalio el anatomista y Harvey, el fisiólogo de la circulación.

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