Addison y Gull, Precursores Ingleses

La Inglaterra de la Reina Victoria

Grandes cambios se vieron en Inglaterra durante el periodo de la Reina Victoria (1837-1901) que se reflejaron en el ejercicio de la medicina y en el desarrollo de los principales hospitales. Uno era la forma de vida de la corte y de la aristocracia dominante y otra la de la sociedad, en la que existían varias clases, ocupaciones y estilos de vida. Se habla de puritanismo victoriano, de cierta hipocresía –particularmente en lo que a las relaciones amorosas se refiere- matizada con ocasionales escándalos como el asesinato de prostitutas realizado por Jack El Destripador de Londres, en la que personajes cercanos a la reina se vieron de alguna manera involucrados.

La medicina por fin despegaba en su lenta evolución –al menos en los niveles más altos del ejercicio profesional- después del ostracismo galénico que se viera reforzado en la edad media y sólo en algo cambiara gracias al despertar renacentista y la actividad de los grandes anatomistas y primeros fisiólogos. La salud de los individuos la manejaban diferentes clases de –si así pudiéramos llamarlos- profesionales, entre los cuales estaba el médico en la punta de la pirámide, especialmente en la capital londinense; allí un médico de renombre podía hacerse a una cierta clientela rica y de posición. Aunque se trataba de un grupo pequeño y selecto de caballeros, los médicos se limitaban a formular drogas y hacer exámenes físicos muy simples, ya que realizar procedimientos no era algo digno de gente de su categoría. Era necesario estudiar en Oxford o Cambridge y -como asunto sorpresivo y revelador de los cambios observados en este periodo- tenían que pasar un examen ante el Colegio Real de Médicos, que les otorgaba licencia a aquellos que eran capaces de interpretar textos médicos del siglo primero y del diecisiete, exámenes que antes de estar algo avanzado el ochocientos eran enteramente en latín. Con todo y esto se dice que aquella época no era la mejor para enfermarse, por las limitaciones terapéuticas. Pero si el paciente se fracturaba, requería que se le abriera o presentaba lesiones de la piel o venéreas, problemas en los ojos y algunas otras patologías que no podían mejorarse con una simple fórmula, debía acudir entonces al cirujano, quien practicaba un oficio considerado en una escala inferior al del médico. Tal vez ya no era tan característico en dividirlos en categorías de acuerdo a largo de su túnica como lo fue en siglos anteriores –en la que los que la llevaban corta eran denominados barberos- pero no era de buen gusto hacer disecciones de cadáveres sacados de sus tumbas, como lo acostumbraba los cirujanos de la época. El último en la escala era el boticario, quien preparaba las fórmulas de los médicos y que en las barriadas pobres y áreas rurales –tal como aún ocurre en tiempos actuales en nuestros países- daba consejo sanitario a las personas de escasos recursos.

En el transcurso del siglo dieciocho, las diferencias entre estos personajes empezaron a perder su nitidez y lentamente surgió una nueva clase de doctor, el médico general o de familia. Este sabía algo de todo y se le medía a tratar muchas cosas, dejando lo más complicado ahí sí, para los cirujanos o médicos más experimentados o especializados; puso entre otras cosas de moda el maletín de médico, donde llevaba algunos instrumentos para

diagnóstico y tratamiento. Eran los tiempos del cólera, del tifo, de la tuberculosis, de la bronquitis y de la viruela; aunque se había prohibido botar basura en las calles o mantener sucias y mal ventiladas las fábricas –vivían la revolución industrial- estas medidas tuvieron efectos marginales como a menudo ocurre; igual pasó con la ley de salud pública que obligaba a dispensar agua potable, drenar adecuadamente aguas negras de casas y posadas, aunque si funcionó aquello de prevenir el escorbuto de los marinos, que alguna vez había afectado a su héroe naval Horacio Nelson y a sus esforzados marineros. Pero la muerte campeaba en todos los sectores sociales, de donde salieron los grandes funerales, los largos duelos –regulados por el tiempo de uso de los vestidos negros en las mujeres o las bandas de igual color en los brazos masculinos- el anuncio de la agonía y de la muerte en el lecho de enfermo por el repique de las campanas –lo que originó el título de aquella famosa novela de Hemingway sobre la guerra civil española ¿Por quién suenan las campanas? La mismísima Reina Victoria vistió cuarenta años de luto ante la muerte de su amado Príncipe Alberto.

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