Los Primeros Especialistas en Bogotá

El doctor Jaime Mejía, en su libro Historias médicas de una vida y de una región51 relata una anécdota muy expresiva del talante médico del doctor Buendía y de quienes, como él, se desempeñaban como maestros en el legendario Hospital San Juan de Dios, de Bogotá, en el último decenio del siglo XIX. Oigamos su interesante relato:

“El profesor de Clínica Obstétrica, que seguía en importancia a la del Dr. Noguera (la Clínica de Patología Externa) era el Dr. Buendía, hombre dicharachero y simpático, caballeroso y francamente estudioso, no presentaba sin embargo, una mejor estadística que el Dr. Noguera. Había una de defunciones que, francamente, imponía respeto. Seguramente se debía a las mismas causas de infección que he anotado en la sala de cirugía general. Hubo un caso que ilustra el clima de esa clínica de maternidad de ese entonces y que dio mucho qué hablar.

“Llegó a la sala de Maternidad una mujer que decía estar embarazada de seis meses pero, como éste embarazo se presentaba muy anormal -la paciente decía haber tenido cuatro normales-, era ésta la razón por la cual venía en consulta.

“El Dr. Buendía examinaba sus pacientes con los alumnos y los obligaba a corroborar o a discutir los diagnósticos. Y como esta presunta embarazada era vieja, desdentada, especialmente sucia y muy enflaquecida, el profesor, que era muy oportuno y de un gran sentido de humor, al ver ese guiñapo humano, coronado por el amor y colocado en posición ginecológica, se detuvo unos instantes, antes de empezar el examen y, en tono festivo, nos dijo:

-Al ver este caso, se me viene a la mente un cantar de mi tierra, alusivo, más o menos así:

“Pensando que era chorizo
Me comí una gurupera,
El pobre come de todo
Porque el hambre no da espera“.

Hubo hilaridad por lo oportuno de la cita, pero el Profesor, pasando de inmediato a su gravedad profesional, examinó cuidadosamente a la paciente y nos volvió a hablar con su modo chancero:

“-Señores, le devuelvo su crédito al presunto autor del desaguiso; no podía ser de otro modo. Este caso no es de maternidad, es un caso de clínica quirúrgica, pues, se trata, muy probablemente, de un tumor fibromatoso de un anexo. El útero está indemne. En seguida, nos hizo corroborar el diagnóstico con nuestro examen personal.

“La paciente pasó al Servicio del Dr. Noguera, quien, después de varios exámenes, la devolvió a maternidad diciendo que era un embarazo en una anciana caquéctica que de ninguna manera podía considerarse como quirúrgica.

“Nuevo examen del Dr. Buendía y nuevo diagnóstico de tumor fibromatoso. El asunto entró en discusión y varios profesores se reunieron para oír las razones de ambos jefes de servicio. El Dr. Buendía sintetizaba su ponencia en estos términos:

“-¿ Cómo puede haber embarazo con un útero indemne? A lo cual le contestó Noguera:

“-¿ Cómo no va a ser un embarazo si tiene todos los síntomas generales de tal y se puede percibir a la palpación cuidadosa, la forma y los relieves de un feto?

“Se decidió, para aclarar la discusión, llamar en consulta al Dr. Barreto (Leoncio) que era una autoridad en obstetricia y que acababa de llegar de Europa de un viaje de estudio. El Dr. Barreto examinó detenidamente a la enferma, la interrogó muy detalladamente y sentenció:

“-Encuentro que ambos diagnósticos son aceptables. Yo propongo, para tener más datos, hacer una punción exploradora. Se aceptó este procedimiento y se preparó a la desgraciada, lo más asépticamente que se pudo para hacerle la punción. En el lugar donde fluctuaba el líquido se hundió el trócar, se retiró el eje del aparato, que inmediatamente íue seguido de un chorro de sangre tan abundante como si se hubiera abierto una llave del acueducto. Se retiró la cánula, se hizo compresión sostenida en la masa tumoral y se envió a la sala la enferma, esta vez sí, verdaderamente enferma. Tan enferma quedó que no se recuperó más y, después de dos días de agudos dolores, entregó su alma al Creador. Aguardado el tiempo requerido se llevó el cadáver al anfiteatro para la autopsia que, dicho sea de paso, era esperada por todos nosotros con una verdadera fiebre de curiosidad. Abierto el vientre, se puso a la vista un feto, envuelto en sus membranas y, la matriz, un embarazo extra uterino, que extrañamente había llegado a esa edad sin romper el anexo; y se pudo constatar además que el trócar explorador había caído en el cordón umbilical, del que siguió saliendo sangre hacia la cavidad y había traído la muerte de la madre y el hijo.

“Era un caso de diagnóstico difícil en ese tiempo y muy sencillo hoy con los rayos X pero, en ese entonces, la conclusión que sacamos fue que el Dr. Noguera debió haber laparotomizado a esa inverosímil embarazada para corregir un diagnóstico con triunfo suyo pero, por temor a aumentar su mala estadística prefirió devolverle la pelota al Dr. Buendía, enmendándole la plana con un diagnóstico de maternidad”.

Promediando la segunda mitad del siglo XIX la cirugía comenzaba en Colombia a dar sus primeros pasos en firme, pues estaban de regreso al -algunos jóvenes médicos que habían ido a Europa a ampliar sus conocimientos y a refrendar su titulo. Además, como ocurría en otras partes, los métodos anestésicos se habían implantado e inspiraban mayor confianza. La sepeis, en cambio, continuaba siendo el fantasma aterrador, no obstante la importante contribución que para combatirla había hecho el inglés Lister. Como es de suponer, la práctica de las grandes operaciones no era muy frecuente y sus indicaciones tenían que ser muy precisas y apremiantes como para que los pacientes corrieran los riesgos inherentes.

La cirugía ginecológica para entonces se reducía a unas pocas intervenciones, todas consideradas como “grandes operaciones”: ovariectomía por tumores sintomáticos, histerectomías por la misma causa, e histeropexias por prolapso genital insoportable. Quienes las practicaban eran cirujanos audaces, con entrenamiento teórico más que práctico. De ahí que sus actuaciones fueran tenidas como verdaderas hazañas y la supervivencia de las enfermas como algo milagroso. Además, a falta de instituciones dedicadas a esos menesteres, las operaciones solían llevarse a cabo en el mismo domicilio de las enfermas, lo cual le daba al procedimiento un ingrediente mayor de espectacularidad.

Con tal ambiente se encontró Juan Evangelista Manrique cuando regresó a Bogotá en 1886, luego de haber refrendado en ese año su título de médico en París con la tesis titulada “Etude sur l’operation d’Alexander”52, dedicada a los señores Angel y Rufino José Cuervo, y que le valió el “Lauro y Medalla de Oro”. Dicha operación, propuesta por Alquié pero modificada y divulgada por Alexander, estaba destinada a corregir el prolapso del útero, acortando los ligamentos redondos.

Esta circunstancia, la de haberse familiarizado con una entidad ginecológica para la presentación de su tesis, condujo a Manrique a convertirse, preferencialmente, en un cirujano ginecológico. Es seguro también que a esa inclinación contribuyera el haber sido espectador, y de pronto asistente o ayudante, de las demostraciones quirúrgicas, incluyendo las ginecológicas, que acostumbraban hacer, ante unos observadores alelados, los legendarios cirujanos que entonces campeaban en París: Faure, Leriche, Forgue, Pozzi, Doyen, Richelot…

Colocado en un terreno virgen, correspondió a Juan E. Manrique su exploración y conquista. Por eso se le considera acertadamente uno de los pioneros de la cirugía ginecológica en Colombia. En este terreno, antes de él, sólo figuraba Leoncio Barreto, quien practicó una ovariectomía en 1864. Razón le asistía cuando en 1887 decía: “Tal es, honorables colegas, la historia de la primera operación de Alexander practicada en

Colombia, y tal vez en la América Meridional, pues, como vosotros lo sabéis, me tocó a mi publicar el primer trabajo completo sobre esta operación, poco conocida en Francia y de empleo muy restringido en Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos” 53.

Los documentos que existen no permiten establecer con certeza a quién corresponde entre nosotros la primacía de la mayor y más delicada intervención ginecológica: la histerectomía abdominal. Nos inclinamos a pensar que puede corresponder a Juan E. Manrique. Veamos por qué. En la sesión ordinaria de la Academia Nacional de Medicina, realizada el 4 de septiembre de 1908, el doctor Rafáel Ucrós Durán declaró que el doctor Oscar Noguera la había ejecutado “21 años atrás” (es decir, en 1887) en Bogotá. Fuera de esta manifestación verbal no existe ninguna otra constancia. En el acta repectiva se consigna apenas que “el doctor Ucrós cree que fue la primera histerectomía practicada, con buen éxito, en Colombia y la presenta como un hecho que debe recogerse en la historia de la cirugía” 54. Existe, en cambio, la certeza de que Manrique la llevó a cabo, sin buen éxito, es cierto, en Bogotá el día 6 de junio de 1887. ‘Todos los detalles de este caso fueron referidos por el autor y recogidos en 1893 en la tesis de grado de Manuel Antonio Pérez55. Vale la pena trascribirlos pues nos permiten darle todo su valor a tan importante acontecimiento, como también conocer la ingenua y encantadora minuciosidad descriptiva de la historia clínica:

“La señorita M.R. tiene vientisiete años de edad. Entre sus antecedentes de infancia no encuentro nada particular que merezca especial atención. Nació en Chocontá, en donde pasó los primeros años de su vida, y después ha vivido indistintamente en Bogotá y en Guatavita. La menstruación principio sin ningún fenómeno morboso a la edad de 13 y de esta época en adelante transcurrieron cinco años durante los cuales la señorita R. gozó de buena salud salvo un ataque de disentería que le duró dos meses, y dos o tres ataques histero-epilépticos acaidos con motivo de sufrimientos morales. Cuando vivía su 19o. año de existencia, los ataques histero-epilépticos se volvieron más frecuentes y coincidían casi siempre con los primeros fenómenos de la congestión catamenial.

“Esta función principió a ser dolorosa hasta el punto de obligar a la señorita R. a guardar la cama, a causa de la intensidad de los dolores Iombo-abdómino-genitales que se presentaban durante los dos primeros días de la fluxión ovariana.

“Residía entonces en Guatavita, y alguna persona de su familia consultó a algún profesor de esta capital, con el objeto de encontrar algún medio de tratar los ataques histero- epilépticos que hasta esa época dominaban la escena morbosa de la señorita R. Por consejo autorizado se trataron desde entonces los ataques histero-epilépticos con el bromuro de potasio, y la compresión ovariana. Esta última maniobra se hacía bárbaramente por medio de las rodillas de una señora atlética que montaba, por decirlo así, sobre la señorita R., desde que principiaba el ataque, colocando una rodilla sobre cada fosa ilíaca y sólo descendía cuando pasaba el ataque. Naturalmente, después de cada ataque la señorita R. quedaba extenuada y con el vientre tan adolorido que difícilmente soportaba la compresión de los vestidos. Los ataques se fueron alejando hasta el punto que en estos últimos seis años sólo ha tenido dos o tres; pero cosa singular, a medida que se han alejado los ataques, la menstruación ha ido siendo más y más irregular. El espacio comprendido entre cada molimen ovariano se ha ido acortando y la menstruación se ha ido convirtiendo en una verdadera hemorragia (menorragia). Al principio estas hemorragias se calmaban con el reposo en la cama, durante diez o doce días. Los dolores en el bajo vientre y en la fosa ilíaca derecha, como en el muslo correspondiente, se hicieron tan intensos, que la señorita R, no podía caminar cuando los tenía y hasta la acción de coser los despertaba.

“Hace cuatro años. poco más o menos, principió a notar «una bolsa dura» en el hipogastrio, inclinada hacia la fosa ilíaca derecha. Este tumor determinaba dolores violentos en la región correspondiente, con irradiaciones hacia el muslo y los lomos. En el espacio de cuatro años el tumor ha ido creciendo hasta alcanzar el volumen que hoy tiene (noviembre 3 de 1886). A medida que el tumor ha ido creciendo se han presentado, en diferentes épocas, fenómenos de compresión, tanto en la vejiga, como en el recto, y en el sistema de la vena cava inferior: deseos frecuentes de orinar, iscuria y sedimentos mucosos en la orina; tenesmo rectal, alternativas de diarrea y de constipación, estrías sanguinolentas en las deposiciones y hasta fenómenos de oclusión intestinal (meteorismo, vómitos y violentos dolores intestinales), edema en los pies.

“El estado general de la enferma ha ido languideciendo paulatinamente de cuatro años a esta época. Esta languidez tiene alarmadas a las personas que la rodean. Hoy 3 de noviembre de 1886, primer día de mi observación, la señorita R. me sorprende por su palidez de hoja muerta; las mucosas oculares y bucales están pálidas, las carnes flojas, y mientras la enferma me refiere sus dolencias noto cierta anhelación en su respiración. Pulso pequeño, frecuente (110) y depresible. Doble soplo carotidiano, y soplo anémico en la base del corazón. Calor normal, aun cuando la enferma manifiesta enfriarse fácilmente.

“(…) Al examinar el vientre, me sorprende su forma irregular. Del fondo del bacinete se levanta un tumor duro, liso, movible, el cual produce a la palpación la misma sensación que se experimenta cuando se explora el dorso de un feto a término; este tumor es más ancho hacia su extremidad superior que hacia la inferior. La parte superior llega hasta el hipocondrio derecho y el epigastrio; la parte inferior se pierde en la excavación pelviana… De nuevo insistí en los peligros que esta operación ofrecía y la previne de que debía arreglar sus negocios y su conciencia, lo que muy poco impresionó a la enferma, quien a todo trance quería liberarse de los sufrimientos materiales, así como de las contrariedades morales que le ocasionaba el crecimiento de su vientre, el cual había dado origen a erradas interpretaciones de parte de las personas que la rodeaban, Anuncié también a la enferma que debía buscar una casa que reuniera todas las condiciones higiénicas convenientes para no hacer inútil el sistema listeriano.

“Después de haber buscado inútilmente una localidad conveniente en la ciudad, determiné visitar su casa de habitación, sobre el río del Arzobispo, y habiendo encontrado las mejores condiciones posibles para una laparotomía opté por dicha localidad…

“En este estado resolví consultar la opinión de mi maestro y amigo, el doctor Juan David Herrera, quien con su habitual benevolencia se trasladó connmigo a la quinta de la enferma, y después de detenido examen que conducirme a lugar reservado para darme su opinión, no creyendo conveniente expresarla delante de la enferma, a lo cual me opuse, pues por una parte la enferma estaba al corriente de todas las opiniones médicas sobre su caso, y por otra, yo quería que la enferma oyera de otro colega todas las contingencias que podía correr. En tal virtud, el doctor Herrera manifestó estar en completo acuerdo conmigo, tanto en el diagnóstico, como en la necesidad de una intervención quirúrgica por la vía abdominal, según los procedimientos modernos, e hizo ver a la enferma los peligros que podía correr. Desde este momento el doctor Herrera quedó asociado conmigo para organizar todos los numerosos preparativos de la Operación, en los cuales estuvimos ocupados cerca de tres meses. Cuando todo estuvo preparado, sometimos durante diez días la enferma al tratamiento preparativo que aconseja Spencer Well (de Londres) en estos casos, el cual creímos conveniente dar la preferencia en el presente.

“El día 6 de junio de 1887 nos trasladamos a la quinta de la enferma, acompañados de los doctores José V. Uribe y Carlos Manrique, y de los practicantes de la Escuela de Medicina Sres. Ochoa y Urriola.

“Distribuido el trabajo y verificados todos los instrumentos y apara tos, procedimos a la operación, la cual fue retardada por la particular resistencia de la enferma a la cloroformización completa. El acto operatorio duró solamente tres horas y felizmente terminó a la 1 p.m Las consecuencias inmediatas de la operación fueron las más felices.

“La enferma despertó alegre y expansiva, tomó unos tragos de Chainpagne y a cada momento se felicitaba de verse viva después de su operación. La temperatura osciló entre 37 grados y 37.5 grados; el pulso entre 96y 100 pulsaciones. No hubo escalofríos, ni intolerancia gástrica, a pesar de algunos movimientos de vómito ocasionados por el cloroformo. La orina se presentó espontáneamente cuando se preparaba la sonda para el cateterismo. El dolor natural al traumatismo tuvo momentos de exacerbación, que pasaron espontáneamente. La noche del 6 al 7 fue feliz, lo mismo el 7 hasta las 8 de la noche, hora en la cual el pulso se puso pequeño y depresible, la temperatura bajó a 36 grados, y en media hora la enferma espiró a pesar de todos los cuidados conducentes a levantarla del colapsus en que había caído.

“El día 8 de junio a las 3 p.m. el doctor Herrera y yo procedimos a hacer la autopsia, asistidos por los jóvenes médicos Ochoa y Urriola, quienes nos habían ayudado a asistir la enferma con una consagración digna de todo elogio”.

Hasta aquí la descripción del doctor Manrique. Sin embargo, no podemos dejar al lector con la curiosidad de saber cuál fue la causa del fallecimiento inesperado de la señorita R. Trascribamos, pues, el resultado de la autopsia.

1. Al cortar la sutura abdominal notamos que la reunión por primera intención principiaba a producirse y que ésta estaba más avanzada en la región epigástrica; los labios de la herida estaban ligeramente tumificados, pero no había pus en ninguna parte de la herida.

2. Abierta la cavidad abdominal, notamos que los intestinos estaban en perfecto buen estado, pues no había lesión alguna, traumática o inflamatoria, que pudiera darnos cuenta de la muerte de la enferma; en el fondo de saco de Douglas había una pequeña cantidad de líquido serosanguinolento, que se habría reabsorbido fácilmente, si la enferma hubiera vivido.

3. Tanto la ligadura en costura continua de los ligamentos anchos, como la sutura del peritoneo al nivel del pedículo (método de Leopold) estaban ya envolviéndose en linfa plástica. Después de cortar la sutura del peritoneo al nivel del pedículo, notamos que éste no habla dejado escapar ni una gota de sangre.

4. La vejiga estaba perfectamente sana, lo mismo que los ureteros y los riñones.

En resumen, la autopsia no nos ha mostrado lesión capaz de explicar la muerte de la señorita R.”.

El lector de esta minuciosa descripción seguramente tampoco podrá deducir las probables causas que llevaron a la muerte a la señorita R. Debemos añadir que la hipótesis final del doctor Manrique fue que la paciente sucumbió al shock o colapsus, ocasionado por la sustracción de la gran cantidad de sangre que llenaba los vasos del tumor, y por la cesación súbita de la compresión ejercida por el tumor sobre todos los órganos abdominales”.

Alfonso Bonilla Naar afirma que entre nosotros la primera histerectomía vaginal fue practicada en Bogotá en 1888 por Juan E. Manrique56. Consideramos que no fue así. La intervención a que se refiere el doctor Bonilla fue una miomectomía vaginal y no una histerectomia. Creemos útil transcribir trozos de la descripción de esta operación, para poner de presente a qué atrevimiento conducía el justo temor que se tenla a la cirugía abdominal.

Se trataba de una enferma de 32 años, virgen, que presentaba un gran tumor abdominal. En la casa de uno de los cuñados de la paciente, Juan E. Manrique, “ayudado por seis miembros de la cirugía menor”, actuó así, el 1′ de octubre de 1888:

“Cloroformizada la enferma y colocada en la posición de litotomía, se cortó el himen y se hizo una abundante irrigación vaginal. Se descubrió el cuello con dos valvas de Sims, colocadas a cada lado de la vagina y sostenidas por los mismos ayudantes que tenían las piernas… Por medio de una aguja curva se pasó un fuerte hilo de seda en el labio anterior del cuello, con la ayuda del cual se fijó la matriz durante la parte intrauterina de la operación. Se procedió a la dilatación del cuello, primero con el dilatador de Pajot, pues el orificio del hocico era muy pequeño, luego con los dilatadores de Hegar, y en fin, para completarla hubo necesidad de debridar el cuello por medio de una incisión bilateral, practicada con las tijeras de Emmet. Terminada la dilatación fue fácil, con el dedo introducido en el útero, descubrir que en la cara anterior de la cavidad de la matriz sobresalía una parte del tumor. Debían existir otros tumores, pues el fondo de saco posterior estaba duro y el recto comprimido; además, el tumor; que llegaba hasta el borde costal, no se movía con la presión ejercida sobre la cara anterior de la matriz; sin embargo, el que existía en esta cara no solamente era el único accesible, sino que también debía ser el que determinaba la retención de orina. Estas consideraciones determinaron al cirujano a intentar la enucleación. Sirviéndose del dedo Indice de la mano izquierda, como inductor, con la derecha se introdujo el largo bisturí abotonado de Sims, y se practicó una incisión longitudinal sobre la parte del tumor que sobresalía. Felizmente esta incisión cortó la cápsula en su parte más prominente y por ese punto fue posible separarla del tumor en una gran extensión. Las tracciones ejercidas sobre el tumor con la ayuda de las pinzas erinas implantadas sobre él, fueron infructuosas para extraerlo; y como ya hacia tres horas que la enferma estaba cloroformizada y sus fuerzas principiaban a decaer, se resolvió suspender la operación, no sin gran desencanto de todos los circunstantes, que esperaban ansiosos la salida del tumor diagnosticado. Después de hacer abundantes irrigaciones intrauterinas, se llenaron las cavidades uterina y vaginal con gasa yodoformada y se trasladó la enferma a su cama” 57.

Doce días después, lapso este agitado y accidentado, la operada tuvo el parto de un tumor fibroso que pesó 800 gramos. La narración termina felizmente, pues se consigna que “tiempo después la paciente ha sido examinada por diferentes facultativos y ninguno ha encontrado el menor vestigio del tumor fibroso en su matriz”.

Por supuesto que para haber llevado a cabo semejante hazaña se necesitaba tener el temple y la destreza de un gran cirujano. En efecto, Juan E. Manrique los tenía en grado sumo. Así lo confirmaron algunos de sus colegas contemporáneos. Abraham salgar, por ejemplo, afirmó que “como cirujano poseía rara destreza, un sentido que podría llamarse artístico”. Por su parte, el doctor Isaac Rodríguez, testigo de muchas de sus actuaciones, relató en 1904, en la Sociedad de Cirugía, lo siguiente: “Cuando apenas se iniciaba la época de la cirugía abdominal -finales del siglo- en El Campito de San José, en donde entusiasta oficiaba el doctor Manrique en beneficio de la ciencia y de los desheredados de la fortuna, se presentó una señora con un enorme tumor abdominal. Hecho el diagnóstico de fibroma uterino, se procedió a la histerectomía abdominal con todas las minuciosas exigencias de la cirugía moderna. Abierta la cavidad peritoneal, que él, con su jovialidad característica, llamaba entonces ‘”Una caja de sorpresas”, en compañía de su distinguido colaborador e ilustre fundador del “Repertorio de Medicina y Cirugía”, doctor José María Montoya, procedió a la enucleacion de aquel voluminoso fibroma rodeado de adherencias; a pesar de una cuidadosa disección, fue interesado uno de los uréteres cerca de su extremidad vesical (aquí la inesperada complicación). Inmediatamente el hábil cirujano diseca el tubo ureteral y lo sutura convenientemente a la extremidad inferior de la herida abdominal. Por varios días sigue el curso de la orina hacia el exterior sin peligro alguno para la operada y más bien tuvimos la ocasión de observar el hecho clínico de que la orina aséptica que humedecía los labios suturados no impidió en manera alguna su rápida cicatrización.

“Salvado el primer peligro, nuestro infatigable cirujano, ansioso de volver el uréter a su puesto y de impulsar el interés científico de sus compañeros por la clínica quirúrgica de la Sociedad de Cirugía, convocó galantemente a todos sus miembros a fin de estudiar y decidir la intervención más acertada. Entonces se optó por la operación conocida con el nombre de Ureterocistoneostomía, la cual fue practicada cuando la enferma se halló en las mejores condiciones para soportar una segunda laparotomía.

“Con la mayor pulcritud y habilidad se llevó a efecto esta delicada operación, insertando por medio de finas y adecuadas suturas la extremidad ureteral directamente al punto más conveniente de la vejiga, lo cual dio por resultado en pocos días la curación de su interesante operada y la dulce satisfacción del éxito del cirujano” 58.

Por el testimonio anterior también podemos deducir que el doctor Manrique era un médico a quien gustaba transmitir y discutir sus experiencias, es decir, tenía vocación docente. Dado que la pasión política de la época le había negado la cátedra universitaria, en una policlínica fundada en 1895 por los doctores Lisandro Reyes y Eduardo Herrera, y posteriormente en su propia casa, dictaba conferencias sobre temas ginecológicos. El ya nombrado doctor Isaac Rodríguez, asistente a esas conferencias, recordaba así aquel insólito hecho: ” (…) quería con anhelo que todos sus compañeros amantes del deber participaran de sus conocimientos, y entonces, cuando apenas se iniciaban los estudios de Ginecología en nuestra Facultad, sin átomo de egoísmo, abrió en su casa un centro de conferencias magnificas en las que ostentaba su verbo poderoso, fácil y ameno, y su erudición sobresaliente entre los estudiantes y colegas que nos complacíamos en oírlo”. Fue sólo hasta 1906 cuando se le nombró profesor de Clínica Quirúrgica59.

La primera noticia que puede encontrarse sobre el tratamiento quirúrgico del embarazo ectópico entre nosotros la proporciona Julio Pérez en su tesis de grado (1908). En ella recoge el autor una laparotomía seguida de salpingectomía por embarazo extrauterino roto, operación ejecutada en septiembre de 1901, en Bogotá, por los doctores Luis Felipe Calderón y Juan E. Manrique. Como el primero de los nombrados no figura en los anales de nuestra cirugía, es de suponer que quien opero a la paciente fue el segundo. Aunque el diagnóstico fue hecho oportunamente, los familiares se opusieron a la operación y sólo la aceptaron cuando la enferma se encontraba inconsciente por anemia aguda. “Dos horas después de terminada la operación -cuenta el doctor Calderón-la enferma expiraba en medio de las más acres y agresivas manifestaciones de hecho y de palabra de los que la rodeaban, sin que esto alcanzara a entibiar en nosotros la profunda satisfacción del deber cumplido, que a mi ilustre compañero y a mi nos dejaba esa intervención’,60.

“Tal como expresamos antes, Juan E. Manrique regresó de París con ideas innovadoras en el terreno de la ginecología. Consideramos que él, junto con Rafael Ucrós Durán, fundador de la cátedra ginecológica en la Universidad Nacional en 1903, fueron quienes le dieron personalidad a la especialidad en Colombia.

Dos ejemplos pueden servir para aceptar el avanzado criterio que en cuestiones ginecológicas tenía Manrique. Hélos a continuación:

A finales de siglo el tratamiento de la peritonitis era exclusivamente médico. Se prescribían tónicos tales como el alcohol en forma de vinos generosos, la cafeína en inyección hipodérmica y el oxígeno en inhalaciones. En caso de náuseas y vómitos se daba champaña. Se creía también, siguiendo las recomendaciones de Widal, que la administración de opio a dosis elevadas -30 centigramos al día-junto con antisépticos intestinales producía la curación de la peritonitis supurada. Para algunos intervencionistas -que eran los menores- la laparotomía estaba indicada si existían manifestaciones de “peritonitis con derrame”. El drenaje y la limpieza, y hasta la histerectomía en los casos severos eran -a juicio de Manrique- una conducta “que no da lugar a una sola objeción”. Para entonces, 1906, apenas se conocían tres casos manejados en Bogotá con ese criterio: dos a manos del doctor Manrique, uno de ellos con muerte de la enferma, y el tercero operado por el doctor Zoilo Cuéllar Durán, también con terminación fatal.

Las ulceraciones crónicas del servís Se aconsejaba que fueran tratadas con la recección de la mucosa, la amputación del cuello o la escarificación a hierro rojo. No obstante, uno de los métodos más usados era el propuesto por los doctores Richelot, padre e hijo, en París, con el cáustico llamado “Neoflihos”. Su acción debía de ser muy intensa, pues una sola aplicación bastaba para formar escara y algunas veces estenosis cervical, tal como lo aseverara Manrique en una de sus conferencias de Clínica Quirúrgica: “Debo hacer -decia- una corrección a mi maestro Richelot:el caústico Neoflíhos produce estenosis del cuello, a veces filcilmente dilatable”61.

Juan Evangelista Manrique nació en 1861 en la hacienda “La Herrera”, situada en el municipio de Bojacá, Cundinamarca. Cursó estudios de literatura y filosofía en el acreditado colegio de don Luis M. Cuervo, hermano mayor del ilustre filólogo Rufino José Cuervo. Allí fue su condiscípulo José Asunción Silva, más tarde príncipe de la poesía colombiana. En 1882 se graduó de médico en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional. Al poco tiempo viajó a París donde, como ya registramos, refrendó su titulo con todos los honores. Durante los años 1883 y 1884 refrendó también su amistad con Silva quien, en plan de negocios, vivía en la Ciudad Luz. Precisamente, fue nuestro personaje quien en Bogotá, en 1896, y a instancias del interesado, le señaló al poeta con un lápiz demográfico el sitio donde latía la punta de su corazón. Al día siguiente lo encontraron muerto, víctima de un pistoletazo que él mismo se dio, exactamente en el punto marcado por Manrique.

En 1886 regresó a Bogotá, donde ejerció, con singular y explicable éxito, por algo más de veinte años. Como era un hábil cirujano general, le correspondió practicar variadas y difíciles intervenciones, como una trepanación hecha en 1888 por “traumatismo craneano y herida de la meningea media”. Durante la Guerra de los Mil Días prestó sus servicios en las ambulancias de la Cruz Roja, organizadas por destacados médicos radicados en Bogotá, para atender a los ejércitos revolucionarios. Fue miembro de número de la Academia Nacional de Medicina, miembro fundador del Club Médico, del Hospital San José y de la Sociedad de Cirugía, de la cual fue su primer presidente y redactor de sus estatutos y reglamentos.

En el desempeño de funciones diplomáticas, Juan Evangelista Manrique murió en San Sebastián, España, el 13 de octubre de 1914. El maestro Guillermo Valencia, orador durante el homenaje que se le rindió en el primer aniversario de su muerte, dijo de él; “La excelencia del médico respaldaba también la calidad del cirujano. La intervención a que él concurriera fue siempre sólidamente motivada, y en ese a modo de combate en que, como en los bélicos, la ciencia ordena y el hierro decide, Manrique fue el experto que conjuró peligros, sorteó dificultades y transformó en provecho ingente lo imprevisto'”62.

Referencias

39. Ibáñez, Memorias …, p. 184.
40. De la esterilidad de ambos sexos. Imprenta del E.S. de Cundinamarca, Zipaquirá, 1863.
41.Ibáñez, P.M., op.cit., p. 135.
42.Galvis-Hotz, A. “Uber das Epithel des Amnion”. Tesis de grado. Dresden, 1878.
43.Herendael, B.J., Oberti,C. y Broseus, I. “Microanatomy of the human amniotic membranes. A light microscopie, transmission, and scanning electron microscopic study”. Am. J. Obstet.Ginecol. 131: 872, 1978.
44.Ibáñez, Memorias …, p. 99.
45.Sánchez-Torres, F. “Indice Bibliográfico de Ginecología y Obstetricia en Colombia”. Rev. Col. Obst. Ginec. 23:181, 1972.
46.Memorias para la historia de la Medicina en Santafé de Bogotá, p. 183.
47.’Discurso pronunciado en el cementerio al ser inhumado el cadáver del doctor Leoncio Barreto”. Repertorio de Medicina y Cirugía. Vol 13, No.2, noviembre 1921.
48. Memorias para…, p. 190.
49. “Discurso pronunciado…” op.cit.
50. Ibáñez, P.M. Memorias para…, p. 183.
51. Op.cit., Editorial Bedout, Medellín, pp. 111-113, 1960.
52. G. Steinheil, Editeur, París, 1886.
53. Manrique, J.E. “Prolapsus de útero. Operación de Alexander”. Revista Médica, Bogotá, 12:216, 1888.
54. Academia Nacional de Medicina. Acta de la sesión del 4 de septiembre, Bogotá, 1908.
55.”Contribución al estudio de la cirugía abdominal en Colombia”. Universidad Nacional Casa Editorial de J.J. Pérez, Bogotá, 1893.
56. Precursores de la cirugía en Colombia, p.35, 1954.
57. Manrique J.C. “Fibromioma intesticial”, Revista Médica, Bogotá, 127:104, 1888.
58. Muñoz, L. Historia del Hospital San José, 1902-1956, Imprenta del Banco de la República, Bogotá, p. 78,1958.
59. Ibíd., p. 82.
60.”El embarazo extrauterino y su tratamiento”. Tesis de grado, Universidad Nacional, Imprenta Eléctrica, Bogotá, 1908.
61.Rueda, M. “Tratamiento de la metritis cervical crónica por el cáustico Neoflihos”. Tesis de grado, Universidad Nacional, Imprenta Nacional, Bogotá, 1908.
62. Discursos. Instituto Caro y Cuervo. Biblioteca Colombiana VIII, Bogotá, tomo II, p.46, 1973.

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