La Transformación en los Ecosistemas Urbanos

Cómo se hizo la ciudad parte de nuestra naturaleza: domesticación

No cabe aquí revisar todo lo dicho y escrito sobre las causas de nuestra naturaleza o los determinantes originales de la vida urbana. Pero ésta no podría ser adecuadamente comprendida sin mencionar cómo se inserta este episodio en el drama de la evolución humana. Para entender el lugar de la ciudad en la Naturaleza, es necesario entender como llegó aquélla a ser parte de nuestra naturaleza.

Darwin dedujo, a través de un razonamiento prodigiosamente impecable y decepcionantemente casto, que la selección sexual fue una fuerza rectora en el surgimiento de nuestra especie. Lo dedujo a partir del dimorfismo sexual humano (más marcado en las especies donde el acceso a la reproducción está determinado por la apreciación de la apariencia por los congéneres) y basado en sus observaciones sobre los criadores de palomas ingleses (bueno, sobre los atributos de éstas y los procedimientos de aquéllos). Constató que si algún criterio, más allá de la supervivencia y vigor de los individuos, guiaba sistemáticamente la formación de parejas, como proceden los criadores, esta selección artificial podía obtener cambios más acelerados que los que podían verificarse en condiciones más “naturales”. Acertadamente, señaló la selección sexual guiada por preferencias socialmente determinadas, como la forma de selección artificial que sirvió de motor al surgimiento de nuestra especie.

A partir de ahí, es preciso añadir: no sólo las oportunidades reproductivas estuvieron determinadas por la apreciación de los y las congéneres y sus considerandos sociales; el complejo comportamiento social de los homínidos determinó que el ambiente humano fuera predominantemente social desde un principio: la mayor parte de las presiones de selección que moldearon la evolución humana fueron humanas. No sólo su sex appeal, sino toda la eficacia biológica[5] del hombre estuvo y está determinada, predominantemente, por su desempeño social, su aptitud para una interacción social compleja. Esta clara espiral doble de complejización social presionando hacia una mayor aptitud social que, a su vez genera formas sociales más complejas, aceleró el curso de los eventos que aquí nos lleva.

Darwin no alcanzó a explicar por qué la domesticación podía transformar rápidamente algunas especies pero parecía no ser posible con todas ¿En qué consiste la adaptación exigida de un organismo social? Es fácil de apreciar en el perro: un comportamiento flexible, extensa capacidad de aprendizaje adaptativo, energía y destreza para una interacción social intensa, son, entre otros, la base de una larga lista de atributos interrelacionados, que confieren eficacia en un ambiente donde la presión selectiva proviene de las expectativas, relaciones, roles y mensajes, más que del clima o la vegetación. Y todavía hay quienes piensan que, orgánicamente, el hombre no manifiesta adaptación a ningún ambiente en particular.

Hoy podemos señalar otras dos condiciones previas para el proceso de domesticación: diversidad y elasticidad genética. El comportamiento es sólo una parte del fenotipo de un animal, relacionada de forma compleja con el conjunto total de sus atributos; si es elástico, esto muy probablemente se relaciona con una elasticidad más general de la expresión de sus genes. Sobre una base genética elástica y diversa, la selección social (o artificial) puede producir una variación evolutiva aún más veloz.

El ser humano es extremadamente plástico, adaptable. Lo suficiente para soportar una acelerada evolución cultural, que con frecuencia desbordó y desborda nuestras limitantes biológicas. Hoy vivimos un doble desajuste evolutivo: nuestra evolución cultural nos introduce en formas que fuerzan nuestra propia biología, en tanto que nuestra evolución tecnológica fuerza nuestras estructuras culturales. La ciudad es plena expresión de esta sobre-revolución de tres piñones. Estamos aquí como los más maleables tras la selección social de cientos de generaciones y es tal maleabilidad la que ha hecho posible la creciente y exigente complejidad y artificialidad de la vida urbana. Homo homini lupus, ironizaba Plauto en la ciudad eterna; homo homini canis, podríamos precisar hoy.

Adecuación / Adaptación: el nicho ecológico del hombre

Una de las objeciones más invocadas frente al desarrollo formal de una ecología humana[6], es la supuesta imposibilidad de definir el nicho ecológico del hombre, un organismo que se transforma como Proteo y que modifica tan variada y aceleradamente su entorno. La cuestión es trascendental, pues el nicho define el comportamiento ecológico, la estrategia vital de una especie dada; el nicho involucra tanto el hábitat específico de una población biológica, como su modo característico de utilizarlo, de interactuar.

Atendiendo a las transformaciones como flujos de información organismo-entorno, el nicho se conforma mediante dos procesos: primero, podemos decir que el organismo se encuentra allí y tiene tales características porque está adaptado a ese ambiente (el ambiente determina al organismo)[7]. Pero, en cualquier caso también se encontrará evidencia para argumentar lo contrario: que ese ambiente se encuentra allí y tiene las condiciones que se observan, gracias a la acción del organismo presente (el ambiente está determinado por el organismo)[8].

En el primer caso estamos hablando de adaptación: el organismo ha incorporado información del entorno ajustándose a las condiciones del mismo. Merced a dicho cambio, que puede darse por ajuste biológico o evolución biológica, por aprendizaje o por evolución cultural, el organismo consigue bloquear el ambiente como fuente de incertidumbre y regular sus propias entradas y pérdidas de energía.

A la inversa, los cambios que un organismo introduce en su ambiente, ajustándolo a sus propias determinantes biológicas y culturales, hacen parte del efecto de adecuación del organismo sobre el medio. Este cambio implica que el organismo “inyecta” información en el medio, dando forma a las estructuras y procesos que lo rodean, configurándolos en correspondencia y conexión con su estructura y función internas.

Tanto la adaptación como la adecuación implican flujos de información entre el organismo y su entorno. Ambos cambios afectan el estado y dinámica de las variables ambientales (organismo, entorno, interacciones, son todos parte del sistema ambiente). Por ende, para explicar la transformación de los ecosistemas, con centro en la acción de alguna población biológica en particular (digamos, nosotros) es preciso abarcar ambos procesos.

Si bien, en la mayor parte de las especies (o de la literatura ecológica) predomina la adaptación, en modo tan sorprendente que con sólo ver un organismo puede inferirse el ambiente bajo el cual ha evolucionado y crecido, en todas puede comprobarse alguna capacidad de adecuación. Sin embargo, hay varias muy notables por su comportamiento ecológico eminentemente adecuativo; se trata siempre de especies con dos características: sociales y constructivas[9]. Estas son capaces de transformar el ambiente hasta el punto de generar ecosistemas propios y característicos: los árboles crean bosques, los pólipos madreporarios construyen arrecifes. Los insectos sociales y algunos mamíferos coloniales (perrillos de las praderas, ratas topo africanas) no sólo construyen enormes colonias, sino que alteran toda la estructura y función del suelo y la vegetación en vastas áreas alrededor de las mismas, en donde muchas otras especies han coevolucionado en formas acordes con la ecología de estos ambientes alterados y sus constructores.

Nuestro elevado gasto metabólico, nuestra dieta omnívora, nuestra conducta social compleja y nuestra capacidad instrumental nos señalan como eminentes adecuadores. Hoy se sabe que, incluso antes de las ciudades, ya dominábamos la agricultura[10] y de ésta y muchas otras maneras habíamos impreso una honda huella en los ecosistemas que nuestras reducidas poblaciones habitaban.

La aparición de las ciudades en los puntos donde en forma natural se concentraban los flujos y reservas de recursos o donde, más tarde, la fertilidad natural de los suelos y las nuevas técnicas de la agricultura intensiva permitieron concentrar la población, era cuestión de tiempo. Y no mucho; hoy sabemos que buena parte de los sucesos más interesantes y tempranos del Neolítico no se dieron en cavernas sino en ciudades. La ciudad está implícita en nuestro comportamiento ecológico. Usted observa un frailejón y puede inferir el ambiente de páramo; usted puede observar cualquier ser humano e inferir la ciudad como extrapolación de nuestro nicho ecológico.

El hombre y sus ciudades: pináculo de la evolución (no se ría)

Cierto es que la evolución de la vida no sigue un plan general ni manifiesta preferencias organizacionales. Simplemente, sucede aquí que lo que es capaz de sobrevivir permanece y lo que es capaz de reproducirse se multiplica; el resto es consecuencia compleja de una simple realidad de competencia y resultados acumulativos.

Sin embargo, si en líneas muy generales se reconoce alguna tendencia en la evolución de la biosfera, podríamos destacar su tenaz propensión a sobrevivir, reproducirse, controlar su medio y conquistar nuevos ambientes. Es así como en 4.000 millones de años, el protoplasma pasó de unas pocas partículas en suspensión en mares primigenios, a la costra y lama que cubre e infesta hoy la mayor parte de océanos y continentes. Y lo hizo conquistando y transformando cada ambiente que se le puso por delante.

En el transcurso se presentaron dificultades: unas, épicas y surgidas del entorno, pugna de fuerzas olímpicas y titánicas; otras, más frecuentes y prosaicas, consecuencia de la innovación misma que la vida siempre es. Desde su surgimiento, la vida ha estado constantemente introduciendo dos nuevas variables: nuevas necesidades – nuevas transformaciones, en un ciclo sin fin, y con frecuencia se dan desajustes transitorios entre unas y otras. Como muestra: muy temprano, hace 2500 millones de años, el invento de la fotosíntesis solucionó una crisis energética y generó cambios atmosféricos que transformaron el clima y la geología y causaron la combustión, intoxicación y extinción masiva de la mayor parte de los seres vivos: primer evento de polución. Hoy no podemos vivir sin oxígeno, pero, en aquel entonces, el invento estuvo a punto de acabar con el experimento. Y aún eran sólo plantas unicelulares, sin estudio de impacto ni licencia.

Hoy, después de varios impactos de asteroides, varios auges volcánicos y tectónicos y un millón de cambios geológicos, climáticos y jurídicos, la vida ha sobrevivido a todos los retos y, lo que es más encomiable: ha sobrevivido, además, a sus propias ocurrencias; cada vez que produjo un cambio adverso a sus necesidades, se adaptó. Hoy nos maravilla que pudiera existir un planeta cuyas condiciones fueran tan exacta y minuciosamente convenientes para la vida –como la conocemos; más debiera maravillarnos la capacidad adaptativa de lo viviente.

Más maravilloso aún, hoy la biosfera está, por primera vez en su historia, en capacidad de controlar coordinadamente gran parte de las variables planetarias, de dirigir su propia evolución, de defender esta roca frente a las carambolas interestelares y, lo más crucial, de conquistar otros astros, lo cual incrementa significativamente sus posibilidades de supervivencia. Y esto se ha logrado, o está muy cerca de lograrse, gracias a una de sus más recientes propuestas evolutivas: nosotros, pináculo de una tendencia consistente de miles de millones de años: sobrevivir, transformar(se), infestar.

Los humanos y nuestras ciudades no somos un exabrupto, accidente o aberración en la historia de la naturaleza; si lo fuéramos, los detractores de lo urbano no deberían preocuparse, pues la Naturaleza abortaría la ciudad antes de que ésta terminara de aniquilar la especie o los ecosistemas de los que depende. La verdad puede ser menos tranquilizadora para los conservacionistas: la ciudad es la extrapolación (¿ad absurdum?) del patrón general de la biosfera; la aceleración de la evolución a nivel cultural y la emergencia de un orden ecológico corporativo, donde no especies, sino organizaciones sociales y agregados de información cultural, compiten, cooperan y se suceden.

En tal sentido, es en la ciudad donde hay más vida (por eso los granjeros se están marchando a la ciudad desde el Neolítico). Dónde o cómo sería mejor la vida, cuál es el bien para la humanidad, cuánto y cómo debemos intervenir en la evolución de la biosfera, son cuestiones políticas. Desde una perspectiva ecológica, la segunda parte de esta ponencia aporta algunos planteamientos a esa inaplazable discusión.


[5] Medida comparativa de la capacidad de un organismo o un atributo para sobrevivir en un ambiente y reproducirse en una población, que es la base del concepto de selección natural, no del más fuerte, sino del más eficaz.
[6] Entendida no como la conocida escuela sociológica iniciada en Chicago, sino como aplicación más robusta de la teoría ecológica a la evolución del hombre, sus organizaciones y sus territorios.
[7] En su forma extrema este tipo de razonamiento se denomina determinismo ambiental.
[8] La discusión se ha repetido tantas veces en sociales como en naturales, señalándose esta segunda posición como “determinismo cultural”, en las primeras, y “determinismo biológico”, en el campo de las segundas. Lo que rara vez se ha hecho es abstraer la lógica común a ambas argumentaciones y a los casos y observaciones que las sustentan.
[9] Aquí “sociales” se emplea en su acepción más simple de “gregarias” o que concurren en colonias, manchones o instituciones. Por “constructivas” se tienen aquellas capaces de construir acumulaciones organizadas de materia y energía fuera de su propia biomasa.
[10] En su forma primitiva de “horticultura”; varias de las ciudades más antiguas son anteriores a la agricultura como tal o agricultura intensiva con monocultivos dependientes de la labranza en campos más o menos permanentes.

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