Obituario: Académico Dr. Juan Di Domenico Di Ruggiero*

Académico Dr. Zoilo Cuéllar-Montoya

Dr. Juan Di Domenico Di RuggieroEl Hospital de San José de Bogotá, ese mismo Hospital que lo vio magnificarse en su función de Director de la docencia médica o en aquella de Jefe del Departamento de Cirugía; esa vetusta institución de principios del siglo XX por la que tanto dio, lo acogió en uno de sus pabellones para brindarle los últimos cuidados y cubrirlo con su sombra tutelar, rodeado del inmenso afecto e inconmensurable respeto y admiración de los solícitos galenos que lo atendieron hasta el momento en el cual culminó la maravillosa misión de su valiosa y productiva vida.

Los largos corredores, que tantas veces recorrió y por los cuales muchos de nosotros lo seguimos; los grandes pabellones y las altas puertas de las habitaciones, cuyos umbrales tantas veces traspuso, para llevar consuelo a sus pacientes y para enseñarnos a tantos a aliviar el sufrimiento humano, el del cuerpo y el del alma; las amarillosas luces de las lámparas del techo, que tantas veces perfilaron la sombra del querido profesor Di Doménico; los gruesos paredones y los elevados cielorrasos, que durante tantos años lo acogieron en su espacio, en sus últimos días fueron testigos de su ineluctable declinar hacia el sueño definitivo de la muerte, cuya presencia ya había más que adivinado y percibido desde hacía unas dos semanas.

En mi consultorio, la última vez que controlé sus ojos, sentí en mi corazón de médico que el querido Profesor, tras la muerte de su hermana, se había abandonado a su destino: sus ojos ya no tenían esa mirada inquisidora y atenta de siempre; se hallaban perdidos en un infinito permanente y lejano, y ese brillo habitual y chispeante de sus ojos azules, fuerza contagiosa que les imprimía su voluntad inquebrantable de vivir, que se magnificó con los primeros golpes que recibió de la enfermedad que lo redujo a una silla de ruedas, ya no existía: por esta razón, esa misma mañana, llamé a Claudio y le transmití mis inquietudes; la que había sido su decisión admirable –envidiable, yo diría- de sobreponerse a la adversidad, esa mañana comprendí que se quebraba. Qué magnífico ejemplo de fortaleza, de carácter y de dominio de sí mismo el que dejó en nosotros, sus discípulos de siempre, pero el querido paciente ya no regresó más a mi consulta.

En sus numerosas visitas a la Academia, ya en silla de ruedas, su augusta presencia, su figura procera, llenaba de dignidad y de sapiencia el auditorio. No olvidaré con qué fuerza anhelaba –y me lo repetía cada vez que nos veíamos-, que se le otorgara una sesión para hablar de la educación continua, uno de sus temas favoritos: con que firmeza me solicitaba que se la programase. En mi cabeza, y en mi corazón, bullen los recuerdos y el agradecimiento por sus enseñanzas de siempre, por su disciplina, por su nítida visión de experto preceptor, que siempre le permitió acertar al aconsejarnos lo que más nos convenía a cada uno de nosotros, sus discípulos.

Al Profesor Di Doménico me unió no solamente una relación de maestro a alumno: no, ciertamente fue un inmenso afecto y una verdadera amistad que minimizó, sin dificultad alguna, la gran distancia de los años; que nos permitió ser pares académicos; que me dio la inmensa satisfacción de intercambiar con él tanto los temas de la ciencia como aquellos de la educación continua –cuya pasión comparto sin reservas y, en forma muy importante, agradecerle inmensamente su especial deferencia en compartir conmigo sus recuerdos.

Me refiero a sus recuerdos de adolescente, cuando floreció en él una imperecedera amistad con Manuel Antonio Cuéllar Calderón, un hermano de mi padre que murió a los quince años, y a quien sólo conocí por los relatos del Profesor Di Doménico, quien convivió con él en las aulas, los claustros, los jardines y los campos del Gimnasio Moderno de Bogotá, por allá en el segundo lustro de la década de 1920. Él, Di Doménico, gran deportista desde niño, era ya en ese entonces un excelente boxeador y, me contaba, se convirtió en un verdadero escudero, protector permanente de mi tío, a quien compañeros mayores intentaban fastidiar.

Cuánto lo admiramos en su papel de periodista de la ciencia cuando tuvo a su cargo la Dirección de Tribuna Médica, una de sus hijas predilectas, desde cuyas páginas, como pionero, impulsó, precisamente, la educación continua.

Hoy, debo darle la despedida definitiva al Profesor Di Doménico, y lo hago no sólo a nombre de la Academia Nacional de Medicina, de su Junta Directiva y en el mío propio, como Presidente de la Corporación: lo hago también a título absolutamente personal, con el alma profundamente entristecida por su partida, pero con el claro e inequívoco convencimiento de su ya real presencia ante el Altísimo. Porque fue un hombre integralmente bueno, absolutamente recto, jamás intransigente, pues siempre se plegó a las razones de la lógica y de la verdad: su figura señera permanecerá imperecedera en nuestros corazones. En esa mirada directa de sus ojos azules siempre tuvimos la sensación de encontrarnos ante un océano de tranquilidad, sabiduría y transparencia y sus permanentes y sabias enseñanzas perdurarán en nuestras mentes y en nuestros corazones hasta nuestro propio final y más allá, hasta la eternidad, porque hay profesores que imprimen en sus alumnos una impronta imperecedera de afecto, de respeto, de ejemplo de vida recta, vida totalmente utilizada, sin el menor desperdicio de ese tesoro que para el hombre deben ser el tiempo y la palabra y ésta, siempre justa, siempre precisa, todo lo cual transforma a ese hombre sencillo y afectuoso en el verdadero maestro. Y ese fue para su familia, para sus amigos y para todos nosotros, sus discípulos, Juan Di Doménico Di Ruggiero, hijo de inmigrantes italianos llegados a Bogotá, provenientes de Panamá, para manejar el primer cinematógrafo de la ciudad, cuando apenas despuntaba el alba del siglo XX.

Claudio, Adriana –la “gerente”, como él la llamaba con frecuencia-, e hijos; Juan Francisco, Pupy e hijos y demás miembros de su querida familia: reciban de todos quienes tanto hemos querido a su padre, hermano y abuelo, nuestros sentimientos de solidaridad y de afecto en esta hora de dolor. Se que dentro de esa pena que nos aflige a todos y a ustedes más aún, existe el inmenso consuelo de su presencia inmanente e imperecedera entre nosotros.

Para ustedes, como su familia del alma que siempre lo fue, él continuará siendo ese ángel de la guarda que jamás los abandonará. En este momento, al lado del Divino Maestro, él, quien fuera también un maestro por antonomasia, nos mira con su eterna y cálida sonrisa y nos deja, como un perenne recuerdo de su fino y agudo sentido del humor, un corazón alegre para enfrentar la vida y la certeza constante, querida familia Di Doménico, de que su mano segura, de hábil esgrimista e insuperable cirujano, conduce con destreza inigualable, para ustedes y nosotros, la barca del destino, con la misma certeza, exactitud y firmeza con la que manejó el florete o utilizó el escalpelo: siempre en busca del non plus ultra.


* Palabras pronunciadas en el entierro del Profesor Juan Didomenico Di Ruggiero. Bogotá, Iglesia de La Inmaculada Concepción del Chicó

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