Reseña Bibliográfica: Presentación del Libro “Ibagué, Médicos y Medicina, 1941-1980”

Del Académico Luis Eduardo Vargas Rocha

Académico Dr. Efraím Otero-Ruiz

Ibague MedicosEl preclaro señalamiento que me ha hecho la Junta Directiva para presentar hoy ante ustedes la obra de Luis Eduardo Vargas Rocha, Presidente del Capítulo del Tolima. en su ascenso a Miembro de Número, yo no diría que es honorífico sino sencillamente apabullante! Porque a las calidades de vida del homenajeado, a las incontables y altísimas posiciones en que ha servido a la salud y a la administración de su departamento, une un sentido especial del arte, del sentimiento, de la amistad; que con este libro : “Ibagué, médicos y medicina 1941- 1980” lo transporta al máximo de generosidad con sus paisanos-colegas de hace medio siglo.

Y constituye un registro imborrable de una época y una medicina que deberá siempre ser tenida en cuenta, aunque las generaciones jóvenes nos consideren a quienes las vivimos como fosilizados en el tiempo.

El libro (al igual que el anterior, sobre sus coterráneos- médicos entre 1880 y 1940) lo coloca en el sitial privilegiado de los médicos biógrafos, en que descuellan al presente Humberto Roselli, Roberto Serpa, Roberto de Zubiría, Adolfo de Francisco y Zoilo Cuellar Montoya, para mencionar tan solo unos pocos.

Pero la pluma de éstos queridos colegas y académicos sólo ha girado alrededor del centro del país. Vargas Rocha, como lo hiciera en el pasado su paisano, el desaparecido Académico Max Olaya Restrepo en Santander, o hasta hace muy poco en el mismo Departamento Carlos Cortés Caballero y Alfredo Naranjo Villegas en Antioquia, se preocupa por rescatar los nombres de los 68 médicos que ejercieron en Ibagué, la gran mayoría de ellos tolimenses. Son 320 páginas, ilustradas con las fotos de sus personajes seguidas de breves bosquejos biográficos, escritos no tanto con precisión documental y cronológica sino con el verdadero afecto que sintió por ellos; en especial por quienes con él integraron el conjunto musical “Chispazo”, cuya foto aparece en la página 60 del libro. Galenos que, en sus escarceos ocasionales de música de cuerdas, dedicados a sus novias y después esposas, parece que hicieran eco todavía, en estas páginas, de los octosílabos del bambuco inmortal de su tierra : “Ibaguereña por verte – crucé la pampa y la cima…” Porque esa constituye otra faceta del autor y es la del pentagrama que lleva en sus genes, al describirse como perteneciente a una familia ancestralmente tolimense en que “la música forma parte del espíritu”, como él mismo lo dice. Y agrega: “Ninguno de los médicos que en mi libro aparecen, nacidos aquí o llegados de otras regiones, pudo escapar al mágico y benéfico influjo musical de nuestra ciudad”.

Por eso tal vez el más conocido de todos, el polifacético Dr. Manuel Antonio Bonilla, aparece en su foto y en la de la portada tañendo una vahándola, quizás el instrumento solista que con mayor ternura puede expresar las esencias del folclor colombiano.

Pero la parte esencialmente biográfica es sólo la mitad de este precioso libro. Para situarnos en el ambiente que describe, como una “mise en scéne” de sus personajes, precede sus dos grandes capítulos períodos (1941-1960 y 1960-1980) con ilustradas y eruditas notas sobre Hospitales y Clínicas, Boticas, Farmacias y Droguerías, El Código de Policía y las Enfermedades de la época, Reseña de Música, de Gobernadores, de Alcaldes, de Eclesiásticos y los pone en paralelo (verdadera cronografía de doble columna) con los acontecimientos médicos de mayor resonancia en el mundo.

Todo ello bellamente entretejido con ilustraciones en fino papel semitransparente (como lo hizo la Revista “Vida” en los años cuarentas) de los anuncios de los principales medicamentos de la época, que a muchos nos retrotraen, amable y jocosamente, a las ya lejanas etapas de niñez, adolescencia o juventud. Por ellas volvemos a darnos cuenta que el Mejoral era la panacea para los dolores de cabeza; el elixir Saíz de Carlos para la digestión, el Urodonal para los riñones, el ungüento Pazo para las almorranas y el Confortativo Salomón para fortificarse en caso de que no obraran los anteriores.

Todos se conseguían, junto a fórmulas magistrales llenadas por los médicos, en la Droguería Colonial de Paco Jiménez o en la Nueva Droguería de don Críspulo Rodríguez, para no citar las otras 14 0 15 que aparecen en el texto en la primera parte, o las 30 de la segunda. Para entonces, con la llegada de la penicilina, habían desaparecido del armamentario urológico el permanganato de potasio y el Bálsamo Midy aunque los preservativos (hoy tan de moda en la TV) podían adquirirse en una especie de pacto secreto y sonrojante con el boticario, que debía ser el más desconocido y el más alejado de amigos y familia.

Pero ello debía ser la única barrera heroica cuando las cifras de salud (páginas 42 y 207) mostraban que la infección gonocóccica ocupaba el tercer lugar en el Anuario Estadístico del Tolima en 1960 y también en 1980, habiendo tenido en aquél año el Código de Policía que establecer el inefable Artículo 700 que a la letra dice: “Podrá el funcionario permitir que no se hospitalice una mujer infectada (“trabajadora sexual” se la llama hoy día) que pueda proveer directamente sus recursos, y dé caución abonada de que se abstiene de relaciones sexuales hasta su completa curación”. Creo yo que el cinturón de castidad de la Edad Media hubiera sido más efectivo! El agradable libro tiene la ventaja de reavivar en todos nosotros los recuerdos pre y post-puberales de esas casas viejas y abiertas de corredores, solar y patio, cuando las familias se conocían y se visitaban entre sí y las cosas más graves eran las enfermedades y los entierros; porque apenas si se insinuaba la violencia política y la única cocaína conocida era la que nos ponía el médico en los ojos ardientes, cuando las gotas de argyrol o de Murine habían fallado.

Es el matiz que nos dejó su sello a aquellos que provenimos discretamente de lo que hoy se llama, no sin cierta intención peyorativa, “la provincia”. Pero que en últimas han formado, diseminados por todas esas ciudades, el bastión de la medicina primaria colombiana, más aislada y algo más resistente, si se quiere, a los enviones de los conglomerados económicos que hoy quieren acabarla.

Al repasar sus páginas, uno hubiera querido conocer y convivir más con colegas y amigos con que departió y trabajó en momentos o etapas de su vida. Algunos en su paso fugaz por la Universidad (como Chabur y Vallejo en mi caso), otros por años en instituciones tradicionales (tales Luis Alberto Blanco y José Antonio París Chiappe en el Instituto de Cancerología o después el “Chato” Rocha Alvira en el Fondo Nacional Hospitalario o Alfonso Tribín Piedrahita en esta Academia) o en la vida social ibaguereña, cuando discurrimos por allí en paseos o reuniones científicas. A otros los conocimos brevemente cuando, como especialistas, los debimos tratar a ellos o a sus familiares cercanos.

Entre éstos tuve la oportunidad de relacionarme con Manuel Antonio Bonilla, quien después me envió amablemente un ejemplar de sus “Sonetos Hipocráticos” de 1980, que conservo como valioso recuerdo. Pero, al terminar las páginas, se queda uno con la nostalgia de no haber compartido más vida con los colegas que aquí aparecen cordial y portentosamente retratados.

La biografía (ha dicho hace apenas una semana en el New England Journal of Medicine el profesor Barbujani, de Ferrara) “es quizás la manera más difícil de contar la historia de un proceso tan complejo, multifacético y controvertido como es la vida”. Vargas Rocha lo logra con su acuciosidad generosa, convirtiendo este libro en una especie de catálogo de aficiones que el compartió breve o extensamente con sus personajes.

Y lo convierte también en texto imprescindible para conservar la imagen y la historia de muchos colegas importantes que, de otra manera, hubieran pasado casi desapercibidos. “La inmortalidad no existe” –dijo Napoleón en uno de sus escritos finales de Santa Helena. “Sólo existe la memoria que perdura en la mente de los hombres y se transmite de una generación hasta la otra”.

“Pero si la primera es difícil, quizás la autobiografía”, sigue diciendo Barbujani, “es un género literario con más argucias que la biografía”. Aquella la logran admirablemente el autor y el Editor, Dr. Polidoro Villa Hernández con su nota introductoria “Los médicos hacen historia”.

Hay sin embargo unas líneas que deben refutárseles, no sé si al uno o al otro, que dicen, en la pág. 18 : “El Dr.Luis Eduardo Vargas Rocha, con el alma henchida de alegría por una vida plena de servicio a los demás… muere lúcido y feliz muchos años después de lo que él había imaginado, con el reconocimiento de su ciudad…etc.” Aquí habría que recordarle a quien las haya escrito los dos versos clásicos del romancero español del Siglo de Oro :

Los muertos que vos matáis
Gozan de cabal salud!

Que esa salud así lo sea por varios lustros es el deseo unánime de esta reunión de Académicos, colegas y amigos que estimamos a nuestro nuevo Miembro de Número por lo que vale y seguirá valiendo; y porque con sus dos libros ha sabido cumplir y prometer bellamente lo que enunciaba el maestro Bonilla en su soneto al corazón:

A la emoción le sirve como asiento
cuando el amor de sus entrañas fluye.
Sus fibras, al cesar el movimiento
cuando la vida terrenal concluye,
se hacen templo y recuerdo y sentimiento.

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