Ensayo, Medicina, Ciencia y Humanismo Parte II

Es humanista Rodolfo Llinás, autoridad mundial en la sinapsis nerviosa, en los canales iónicos o en la magnetoencefalografía y considerado uno de los padres de la neurociencia moderna cuando, partiendo de sus observaciones experimentales sobre las oscilaciones inherentes a la actividad neuronal crea todo un tratado, ensalzado internacionalmente, sobre el papel de las neuronas en el pensamiento y el comportamiento humanos.

Citando sus propias palabras, “la raíz de la cognición se encuentra en la resonancia, la coherencia y la simultaneidad de la actividad neuronal generadas, no por azar sino por la actividad eléctrica oscilatoria.

Más aún, tal actividad intrínseca conforma la entraña misma de la noción de algo llamado ‘nosotros mismos’”.

Plantea así su tesis de “el cerebro y el mito del yo” como reza el título en español de su apasionante libro7; libro que, con su título en inglés (“I of the vortex”) lo remontaría más a “La Vorágine” y al debatirse inútil y porfi ado de Arturo Cova en las marañas amazónicas.

Por eso ha dicho de él Gabriel García Márquez que “es una ocasión más de comprobar en carne viva su inspiración científica, su inteligencia encarnizada y la certidumbre de que el ser humano terminará por ser de veras el rey de la creación, pero sólo si encontráramos un camino muy distinto del que habíamos seguido hasta entonces”.

Y es humanista Edmond Yunis.el primero en descifrar, hace casi 30 anos, el misterio de los genes de histocompatibilidad, y los polimorfismos en dicho sistema, acercándose por la vía inmunológica a la definición del “sí mismo” que Llinás, por su parte, ha abordado por la vía neurológica.

Esa discusión, por los años 80s muy en boga, sobre histocompatibilidad, enfermedad y vejez (tema en el cual Edmond es autoridad indiscutible) llevó a su amigo el Dr. Donald Patterson, de la Universidad de Pennsylvania, a comentar sus conclusiones en un poema jocoso pero de gran profundidad, publicado8 en Science en abril de 1982.

Parte de los versos dicen así:

This theory’s supported, Edmond Yunis explained, By studies in mice and in man.

The data suggest that the program’s ingrained; It’s a genetic kind of a plan. It seems to depend on your HLA type. So, if you have a desire to die late And your wish is, in time, to become overripe, It is better not to B-8.

La traducción libre que yo he hecho de ese poema, incluída en mi libro “Los Versos Melánicos”, dice así: Edmond Yunis explica que él basa su teoría En pruebas en ratones y en humanos –sin que suene antitético- Pues hasta ahora la evidencia de experimentación Sugeriría Que es algo ya incrustado en nuestro ser, como si fuera un plan genético. Todo parece depender de grupos del sistema del HLA Porque si usted desea morir ya viejo y chocho Y quisiera alcanzar la supermadurez sin ser “gagá”,

Pues es mejor no ser B-8.

Así podríamos ir desmenuzando, uno por uno, los trabajos presentados aquí estos tres días, cada uno de los cuales tiene, en mayor o menor proporción, su componente de humanismo, como expresión de cultura y de profundas interrelaciones humanas.

Estoy seguro que sus autores piensan, como lo expresaba Albert Schweitzer en el siglo pasado, que “la naturaleza esencial de la civilización no radica en sus realizaciones materiales sino en el hecho de que los individuos piensen en los ideales de perfeccionamiento humano y en la forma de mejorar las condiciones sociales y políticas de los pueblos y de la especie humana en general”.

Esa tradición de humanismo y medicina9 tiene hondas raíces en Colombia, y se remonta en el siglo XIX a Ezequiel Uricoechea, graduado de médico en la Universidad de Yale a los 18 años y después botánico, químico, arabista y filólogo consumado.

A Liborio Zerda, médico y naturalista, pionero de nuestra enseñanza médica y estudioso insigne de la lengua y la cultura chibchas; y, ya empatando con el siglo XX a José María Lombana Barreneche, a Juan Bautista Montoya y Flórez, a Emilio Robledo, a Luis Zea Uribe, a Luis López de Mesa y a Luis Patiño Camargo, para mencionar tan solo a unos pocos, cuyas obras han estudiado in extenso Eduardo Santa y Adolfo de Francisco.

En el siglo XX seguramente se suman decenas más y otros cuyas carreras apenas van surgiendo o cuyos nombres y contribuciones apenas empiezan a conocerse.

Todo ello nos lleva a meditar en dónde, fuera de los altos cocientes de inteligencia, se encuentran las raíces de esa tendencia humanística y su expresión a través de la vida de las personas. Indudablemente hay un componente genético pero que tiene que ser modulado y amplificado por el medio en que esa persona se desarrolla.

Un libro muy reciente de Richerson y Boyd, cuya lectura recomiendo10, se titula precisamente “Not by Genes Alone-How Culture Transformed Human Evolution” (“No sólo mediante Genes-Cómo la Cultura transformó la Evolución Humana”) y trata de definir el tradicional problema de “nature vs. nurture” o de que “se nace o se hace” en términos de cultura universal.

Ellos dicen que “aunque a la larga todos los organismos se adaptan mediante los genes, sólo los humanos son capaces de acumular conocimientos a través de largos períodos de tiempo y transferirlos para que la próxima generación pueda mejorarlos” Y agregan que “la cultura aprendida es moldeada por mecanismos psicológicos que han evolucionado, al igual que cualquier otra característica.

La cultura es especial en el sentido de que se transmite de individuo a individuo y evoluciona de una generación a otra”.

Ello coincide con el interrogante que se plantea Llinás en la página 64 de su libro: “Si las propiedades perceptivas del cerebro no se aprenden de novo, cabe preguntarse entonces, dónde y cómo se originan? Y la respuesta es: defi nitivamente durante la evolución”.

Edward Wilson, en su Sociobiología de hace 30 años, ya había mostrado los orígenes evolucionarios del comportamiento humano y el libro ahora mencionado nos muestra cómo la inteligencia y la cultura humanística proseguirían esa prodigiosa evolución.

Será entonces que el otro paradigma, el genómico o del genoma humano, está haciendo crisis? Clásicamente, después de los trabajos de Plomin a mediados de los 90s, habíamos sospechado que el gen de la inteligencia (el llamado IGF2R) podía localizarse en el brazo largo del cromosoma 6, ya que aquél se expresa con la mayor frecuencia en los niños superdotados11.

Pero simultáneos trabajos sobre simetrías y asimetrías corporales mostraron que esos mismos niños podrían haber estado menos sometidos a estreses intrauterinos y esa interacción con el ambiente les habría sido más favorable para su desarrollo inteligente ; y hay que apelar también al ambiente para explicar el llamado “efecto Flynn” que muestra un aumento anual del 3% en el cociente de inteligencia general, tanto en países desarrollados como en los subdesarrollados en proceso de nutrirse mejor.

Si a ello se agrega la teoría evolucionista de Boyd y Richerson, y la evidente interacción de muchos otros genes entre sí y con el medio ambiente, concluímos que la explicación genómica no es simple y que el problema de “nature vs. nurture” sigue aún sin resolverse.

Pero la teoría genómica de la inteligencia se complica aún más si pensamos en la aparente crisis que la teoría del caos parece producir en otro paradigma, el de la causalidad en biología.

Desde 1850, en que la medicina comenzó a entrar en la era etiopatológica –como la ha denominado Laín Entralgo- se fue acentuando más el concepto de que a causas determinadas se seguían efectos fisiológicos o patológicos específicos, incluso hasta el mismo nivel molecular, lo que llevó a una mejor comprensión de la diferencia entre salud y enfermedad.

Es más, llegó a creerse que la intensidad del efecto era proporcional a la intensidad de la causa, ya que el mundo era determinista, estable y reversible según las leyes de la física clásica, aun en los fenómenos de más alta complejidad12.

Sin embargo, se ha introducido en las últimas décadas la llamada dinámica no-lineal, o sea el estudio de aquellos sistemas que responden desproporcionadamente, en forma no-lineal, a las condiciones iniciales de los estímulos perturbadores; en esos sistemas “caóticos” los procesos internos generan fluctuaciones complejas que no poseen una escala de tiempo singular o característica, con comportamientos impredecibles originados en sus circuitos o asas de retroalimentación (“feedback loops”).

Se denomina “sistemas complejos adaptativos” a aquellos que captan información en forma de flujo de datos y que perciben regularidades en el mismo, tratando el resto del material como aleatorio.

El organismo humano es un sistema complejo adaptativo y su estructura y funcionamiento corresponden a un sistema caótico, según las anteriores definiciones.

Esos sistemas no-lineales son hoy totalmente aplicables a las respuestas fisiopatológicas, clínicas o quirúrgicas, en humanos. Y, por analogía, se extienden también a los procesos de la inteligencia humana, lo que explica la profunda e impredecible variabilidad en aquello que hemos denominado cultura y humanismo.

Para algunos, inclusive, podría tener repercusiones en lo que hasta ahora hemos entendido como la filosofía de la medicina13 o, por lo menos recordarnos que en ella los conceptos de caos y complejidad deben estar siempre presentes.

Por otra parte, la afirmación de la cultura (llamémosla hispanoamericana o latinoamericana, si se quiere) resulta esencial para mantener la identidad nacional, a veces tan ausente pero tan querida de todos nosotros.

Afirmación que se reitera y amplifica en asociaciones y reuniones como ésta a la que hoy concurrimos.

Como lo ha afirmado Helio Jaguaribe14, el notable sociólogo brasileño, “asistimos a la funcionalización de la vida, que convierte a las personas en meros engranajes de un sistema productivo-alocativo, de los más modestos a los más altos puestos de la sociedad.

Esto, a su vez, convierte a la gente en funcionarios de turno del sistema, substituíbles por otros funcionarios de turno, generando esa terrible condición de la actualidad: la del hombre descartable o desechable.

La América Latina se está tecnificando todavía parcialmente pero, por otro lado, conserva un elevado tenor de humanismo, tanto en su cultura erudita como en su cultura popular.

Sin esas salvaguardias, los latinoamericanos corren el riesgo de perder sus valores humanistas y convertirse en agentes intransitivos y descartables del sistema productivo-alocativo internacional”. C.P. Snow por su parte concluye que “salvar el abismo que se abre entre nuestras culturas es una necesidad en el sentido intelectual más abstracto, así como también en el más práctico”15.

En resumen, considero que los términos medicina, ciencia y humanismo, aunque aparentemente independientes son inseparables entre sí. La medicina, heredera de la más rancia tradición hipocrática, será más trascendente cuanto más culta.

Sólo en esa forma podrá resistir el desprestigio a que quieren someterla las tendencias de la nueva medicina gerenciada, que pretenden desprofesionalizar al médico asimilándolo a un simple “prestador de salud” y corrompiendo la esencia misma de la relación médico-paciente.

La ciencia no debe presentarse como una acumulación inconexa de hechos y evidencias experimentales sino como una manera altamente intelectual de dar orden y armonía, y por tanto unidad e inteligencia, a los fenómenos de la naturaleza.

Y el humanismo, en su acepción más amplia, deberá estar incorporado a todos los quehaceres del médico, así sea de manera involuntaria e inconsciente.

Por eso los tres términos, medicina, ciencia y humanismo no deberán enunciarse por aparte, sino permanecer como una trilogía indisoluble, que nos acompañe hasta el cenit de nuestras aspiraciones y hasta el final de nuestros días.

Al fin y al cabo, como lo dijo André Malraux en frase memorable16, “la cultura es aquello que queda después de que uno lo ha olvidado todo”.


7 Llinás R: El cerebro y el mito del Yo (con prólogo de Gabriel García Márquez). Ed. Norma, Bogotá, 2002.
8 If summary papers incline to prosaic-then try dactylic or even trochaic. Science 216:167, 1982.
9 De Francisco A: Humanismo y Medicina. Academia Colombiana de Historia. Ed. Guadalupe, Bogotá, 1998.
10 Richerson PJ, Boyd R: Not by Genes Alone: How Culture Transformed Human Evolution. Univ. of Chicago Press, Chicago, 2005.
11 Ridley M: Genome. The autobiography of a species in 23 chapters. Perennial, New York, 2000.
12 Patiño JF: Chaos theory, uncertainty and surgery. Distinguished Lecture of the International Society of Surgery-89
th. Anual Clinical Congress of the American College of Surgeons, 2004.
13 Holm S: Does chaos theory have major implications for philosophy of medicine? Medical Humanities 28:78-81, 2002.
14 Jaguaribe H: Nuestro legado humanista. Forum Barcelona 2004. Ed. El Tiempo, Bogotá, 2004.
15 Snow CP: Las dos culturas. En : Ensayos Científicos, CONACYT, México, 1978.
16 Malraux A: Antimémoires. Gallimard, Paris, 1967.
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