Artículos Científicos, La Pareja Humana

Académico Álvaro Villar Gaviria*

Gabriel García MárquezEn el proceso que da origen al lenguaje y al conversar como parte definitiva de lo humano en nuestros ancestros primates, hay una emoción básica que tuvo que estar presente como trasfondo permanente para que eso ocurriera: el amor.

El amor, entendido como la aceptación del otro como un legítimo otro, en la convivencia.

Humberto Maturana: El sentido de lo humano

Estaba contra toda razón científica que dos personas apenas conocidas, sin parentesco alguno entre ellas, con caracteres distintos, con culturas distintas, y hasta con sexos distintos, se vieron comprometidas de golpes a vivir juntas, a dormir en la misma cama, a compartir dos distintos destinos que tal vez estuvieran determinados en sentidos divergentes.

Gabriel García Márquez: El amor en los tiempos del colera

Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz. Gabriel García Márquez: Diatriba de amor contra un hombre sentado.

Hay un vector primordial que ha estado en mí desde siempre -quizás adquirido a través de algunos de mis genes: la curiosidad, que me condujo, hace ya muchos años, a indagar por cuanto me rodeaba; que desde luego comprendía los seres humanos. Es en esa saga metafórica donde se entreveran los recuerdos, en los múltiples avatares y en las vicisitudes, unidos confusamente en la memoria, sin hilación alguna.

Pero bien, sé que debo concretarme en un intento, no siempre logrado, de escapar de la asociación libre. Ese intento, que es impuesto por la pertinacia, es la dicha curiosidad acerca de cómo ocurren las cosas en los seres humanos, es decir, de la fisiología. Pero resulta que no hay una enseñanza universitaria con ese referente exclusivo. Así, hube de comenzar los estudios de medicina, que me ofrecían esa oportunidad inicial. Pero con esos conocimientos no podía hacer nada -si acaso enseñarlos en un hipotético auditorio. Al mismo tiempo se me abrieron las posibilidades de continuar y de terminar una carrera que -en su casi totalidad- resultó apasionante.

Y aprendí no sólo cómo funcionamos los seres humanos, sino cómo y por qué -al menos en muchos casos- nos enfermamos. Y también, en otros tantos, cada vez en mayor medida, podemos tomar parte en la mejoría o en la curación. Mas luego -y no podía ser de otra manera- la misma curiosidad me condujo al intento muchos años sumergido en lo vano- de comprender cómo y por qué ocurren los hechos en esa abstracción convencional que llamamos la mente.

La terrible experiencia frenocomial, matizada en buena hora, por la calidez de los colegas, por su humanismo resistente al influjo del entorno, me enseñó muchas cosas que luego he necesitado olvidar en la medida de lo posible, dentro de la bruma cómplice de la memoria.

Una de ellas, que abandoné antes de dos décadas, fue en parte el trabajo individualista, el carácter lineal de las enseñanzas de la medicina, luego el incoherente de la psiquiatría tradicional, que vino a ser transformado por el entrenamiento en psicoanálisis. Todo -me enseñaron- ocurría dentro de la persona. Las condiciones ambientales del mismo Hospital –llamado con el denigrante nombre de Asilo- no importaban. Tampoco las referidas a la clase social, a las circunstancias de sus vidas y del lugar de su nacimiento, con sus peculiaridades.

Un hecho fue trascendental, nunca imaginado antes: el análisis personal-doloroso, enriquecedor en grande cuantía- me abrió dos mundos nuevos: el mío propio y el de buena parte de otros seres humanos. La no vista dimensión, la social, me la procuró el difícil y largo estudio del marxismo. Tan largo, que creo no poder terminarlo nunca.

El materialismo dialéctico me ha explicado infinidad de cuestiones, no sólo respecto de lo humano y de lo social-inseparables- por cuanto no puede imaginarse a alguien por fuera de su cultura; pero muchas otras cosas ocurrieron, que no vienen ahora al caso.

“No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario el ser social es lo que determina su conciencia”. Frase de Carlos Marx que figura como epígrafe de uno de mis libros, El niño, otro oprimido (1973). “… la esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en realidad, el conjunto de las relaciones sociales”. Es el correspondiente a otro libro posterior, Psicología y cIases sociales en Colombia (1978).

En forma paralela, previa a esta última publicación, hice otro hallazgo, que para mí fue fundamental: el de la obra de Virginia Gutiérrez de Pineda y luego la de Ligia Echeverry de Ferrufino. De la primera, La familia en Colombia (1963) y Familia y cultura en Colombia (1968), de manera principal; de la segunda, La familia de hecho en Colombia (1981).

Todo esto precedió al abocamiento de las terapias que inicié en la década de los sesenta. Porque me pregunté, ante algo en apariencia sencillo: ¿Cuál familia iba a tratar? Ante la multiplicidad incontable de respuestas, las dos autoras mencionadas me ayudaron en forma decisiva. En efecto, la de cada región de Colombia, de cada clase social, de cada estrato, de cada clima, ofrece algunas peculiaridades precisas –que nunca llegan a acercarse a la generalización simplista. De la Costa a Cundinamarca, del Valle a Antioquia y Caldas, Risaralda y demás, las diferencias son básicas. lo mismo que numerosos puntos en común. Más visibles y contrastantes cuando una pareja tiene proveniencia diferente de cada uno de sus integrantes.

Además, por esa época, desde la misma década, comenzaron a llegar trabajos de la nueva modalidad, que era la psicoterapia de familia, que se inició en Inglaterra, Italia, Francia, Norteamérica y luego en Argentina y Colombia. Esto ocurrió por una razón muy compleja, varia en su sentido, simple en su enunciado: las parejas jóvenes dieron comienzo a una rápida inestabilidad, debida a la incorporación de las mujeres al trabajo y a la producción. Lo cual originó que la desigualdad secular no fuera soportada por ninguno de sus integrantes, y en especial por ellas, las mujeres; y la sociedad, alarmada, encargó en forma inicial a los médicos para que abocaran el problema. Y los médicos respondieron, y respondimos; así nos diéramos cuenta, muy pronto, de que este no era un asunto de nuestra profesión.

Provisto de todas estas ideas, me lancé –pleno de temores e inquietudes- al tratamiento de parejas y muy luego al de familias; en los primeros años, que no recuerdo cuánto duraron, a las primeras. Muy pronto entendí también algo ya percibido en mis lecturas: que la palabra terapia -una mera convención del lenguaje, como casi todas las demás- se reducía sólo a esto, a una convención. Ya su único nexo visible con la medicina. Esto no era asunto médico, tal como lo señala acertadamente Nelly Rojas de González en su artículo titulado “Panorama de la psicoterapia de pareja y de familia en Colombia” (1987).

Francisco Cobas y yo iniciamos esta modalidad, al darnos cuenta de la importancia básica del entorno, de las relaciones que antes no veíamos sino de manera unilateral, en ocasiones a partir de quien se ha llamado el “paciente identificado” -por quien consultan- y en quien pronto se evidencia que es el representante de una serie de vínculos no explícitos dentro de los mismos consultantes.

Pero antes debo hacer referencia a otro paso, que se sumó muy luego, que se inició hace ya varios años, quizás diez, con la oportuna y constante ayuda de mi hijo Eduardo, médico y psicoterapeuta, quien dirige un postgrado de una modalidad, que se ha extendido mucho por su efectividad, por la brevedad de sus procedimientos y, por consiguiente, por lo accesible que resulta para todos los niveles económicos. Se trata de la aplicación de la teoría general de sistemas, uno de cuyos iniciadores fue Gregory Bateson, con su libro Espíritu y naturaleza (1980), en cuya edición se encuentran estas frases: “Hijo de un precursor de la genética Bateson recorrió en su heterodoxa aventura intelectual los campos de la biología, la antropología, la cibernética, la teoría de la comunicación, hasta desembocaren su “ecología del espíritu”. Tenía por meta superar (…) las falsas dicotomías que aún hoy empantanan el pensamiento occidental. Inspirado en el concepto de “realimentación” de Wiener, trató de captar los estados oscilatorios (estabilidad y cambio) de los sistemas complejos, proponiendo deslumbrantes concepciones acerca del comportamiento lúcido de los animales y de los hombres. Seguido por Pasos para una ecología de la mente (1980). Sus estudios sobre el proceso de comunicación de los delfines le dieron vasto renombre, y su modelo del “doble vínculo” fue un aporte determinante en la teoría de la llamada esquizofrenia. Teoría aliado de la cual están la psicoanalítica, la bioquímica y otras, que no se excluyen. Se complementan, para aproximarse todas a ese complejo fenómeno, que no puedo definir; no lo intento.

Bateson fue el hito fundador de una de las modalidades imperantes en la psicoterapia de familia y de pareja. “Debemos suponer -aseveraba- que la misma clase de leyes opera en la estructura del cristal y en la estructura de la sociedad”.

Dentro de sus antepasados literarios figura William Blake (1757-1827), poeta y pintor místico nacido en Inglaterra, autor de Cantos de inocencia y de Cantos de esperanza. También Samuel Butler (1613-1680), cuya obra cimera es la muy conocida novela Erewhon (1942), publicada por primera vez en 1872; su título en inglés reza: Erewhon, or over the range. Erewhon es el anagrama de nowhere ‘en ningún lugar’. Seguida, años después, por Erewhon revisited. Novelas, ambas, que se refieren a una utopía. Con ellas, Butler arremetió contra la sociedad victoriana de su época, contra el llamado por él “su amor al compromiso”.

Bateson alude a uno y a otro autor para elaborar su teoría sobre los agregados de ideas llamados “espíritus”, en esta forma: “¿Cuál es la pauta que conecta al cangrejo con la langosta, a la orquídea con la rosa, ya los cuatro conmigo?”.

Por otra parte, he tenido a mi alcance la posibilidad de asistir a los cursos intensivos que han dictado varios docentes de otras nacionalidades, traídos por la Asociación de Psicoanálisis y de Psicoterapias. Sistemas Humanos, dedicada a la formación de especialistas de varias profesiones que incluyen la medicina, la psicología y otras ciencias humanas.

Además, de quienes principalmente he aprendido allí son Heinz van Forsters, Humberto Maturana, Gianfranco Cecchin, Peter Lang y otros.

Tras de unos, pocos años, del ejercicio de la psiquiatría tradicional, aprendida en el hospital, trasladada a otras clases sociales, el psicoanálisis dio racionalidad al trabajo -muy bien remunerado, por cierto- y el acceso a otras clases bien diferentes de la campesina, que formaba la enorme mayoría de la población asilar. Pero continuaba dentro del individualismo irreal, así fuera no sólo productivo sino eficaz desde el punto de vista pragmático.

En forma paralela se sucedieron las observaciones acerca de las clases sociales, a partir de la campesina, en el sitio artificial del Hospital. Este, -dice el filósofo francés Michel Foucault- “como la civilización, es un lugar artificial en el cual la enfermedad” -y se refiere a las alteraciones del cuerpo, que la definen- “trasplantada corre el riesgo de perder su rostro esencial.

Allí encuentra complicaciones que los médicos llaman fiebres de las prisiones o de los hospitales: astenia muscular, lengua seca, saburral. rostro abotagado, piel pegajosa, diarrea digestiva, orina pálida, opresión de las vías respiratorias, muerte durante el octavo o el undécimo día, a más tardar el décimo ter- cero (Tissot: 1770). De una manera general, el contacto con los demás enfermos, en este jardín desordenado donde se entrecruzan las especies, altera la naturaleza propia de la enfermedad y la hacen más difícilmente legible” y cómo en esta necesaria proximidad “corregir el efluvio maligno que parte de todo el cuerpo de los enfermos, de los miembros gangrenados, de los huesos cariados, de las úlceras contagiosas, de las fiebres pútreas (Percival: 1777); y además, se pueden borrar las desagradables impresiones que causa un enfermo arrancado a su familia, el espectáculo de estas casas que no son para muchos sino “el templo de la muerte?” Esta soledad poblada, esta desesperación, perturban las relaciones sanas del organismo, el curso natural de la enfermedad; sería menester un médico de hospital capaz de “escapar al peligro de la falsa experiencia que parece resultar de las enfermedades artificiales a las cuales él debe dar su cuidado en los hospitales. En efecto, ninguna enfermedad de hospital es pura” (Dupont de Nemours: 1786).

“Es necesario tener esto en cuenta” –escribí en un texto de 1987 (“Acerca de Michel Foucault”),- “porque contribuyó, al lado de su enorme difusión, al desconcierto que produjo, no sólo por su lenguaje, muy elaborado, en ocasiones difícil de seguir en su hilo discursivo, sino por los planteamientos que aparecían con una novedad mayor de la que realmente tenían, para quien desconociera los lineamientos de un proyecto ya comenzado, que se denominó La arqueología del saber (p.30, parte 1), que comprende el periodo de 1954 a 1960. Seguido de otro que ha quedado inconcluso: La genealogía del poder, que se inició en 1971″.

Pudo parecer extraño, para los lectores de la Revista -por lo menos para algunos de ellos- la relevancia dada a este filósofo -poco después de su desaparición- al autor de trabajos cuya relación fue apenas tangencial con la psiquiatría, pero que luego, de manera progresiva y muy profunda calara en la manera de llegar a la comprensión de algunos problemas de grande importancia en su evolución; con esto contribuyó a una crítica, pormenorizada y con una vasta documentación, sobre el origen y la persistencia de determinados procedimientos que se extienden a otras instancias del poder. En especial en La Historia de la locura en la época clásica (1976); también Vigilar y castigar.

Nacimiento de la prisión (1976. Otra, de menor importancia, muy anterior, Enfermedad mental y personalidad (1961, que es de 1954). A este autor se lo conoció primero por un texto que lleva por nombre Las palabras y las cosas (1982), editado en francés seis años antes, libro que debería haberse llamado El orden de las cosas, como se le conoce en la edición inglesa. Ese título tiene muchos significados: “una arqueología deEl nacimiento de la clínica las ciencias humanas”. Continuación de trabajos anteriores, en especial de  (op.cit).

Pero hubo otros elementos que dieron pábulo a la turbación, señalados por Miguel Morey en Lectura de Foucault (1983). De esos factores, son señalados por este autor: ” Cómo surge el hombre moderno?” La pregunta no es tan sencilla como parece. Las implicaciones que acarrea desde la óptica de la investigación foucaultiana son graves; hasta tal extremo, que el texto fue recibido como una grave afrenta (y no sólo gremial. como en los casos anteriores, en que apenas acusaron recibo tardío de sus textos los “interesados”: médicos, psicólogos y psiquiatras); afrenta que deberá ser denunciada y combatida por todo intelectual “comprometido” (p.112).

Más adelante dice Morey: “El escándalo de Las palabras y las cosas llegó en su momento a ser planteado por algunos como una “cruzada antitecnológica”, oposición que se había iniciado unos años atrás, y cuyo primer signo fue la polémica Levi-Strauss-Sartre a raíz del capítulo “Historia y dialéctica” de El pensamiento salvaje del primero de los autores citados, cuya resolución a favor de éste, reorganizó los sectores hegemónicos de la inteligencia parisina” (op.cit., pp. 112- 114). La primera publicación de Foucault, donde inicia los interrogantes acerca de la relación entre el hombre y el saber, es Enfermedad mental y personalidad (1961), donde comienza la elaboración acerca de la llamada “locura”.

El libro se inicia con una indagación acerca del concepto de “enfermedad mental”. Dice: “En primer lugar, se postula que la enfermedad es una esencia, una entidad señalables por los síntomas que la evidencian, pero anterior a ellos, yen cierta medida independiente de ellos; se describe una base esquizofrénica oculta bajo síntomas obsesivos; detrás de una crisis maníaca o de un episodio depresivo se supone la entidad de una locura maníaco depresiva” (op.cit., p.12).

En consecuencia, el autor quiere demostrar que la llamada “patología mental” exige métodos de análisis diferentes de los de la patología orgánica, y no sólo mediante artificios del lenguaje se puede prestar la misma significación a las “enfermedades del cuerpo”, cuyo es su único referente, ya las “enfermedades del espíritu”. Y continúa: “Una patología unitaria que utilizara los mismos métodos y los mismos conceptos en el dominio psicológico y en el fisiológico, entra actualmente en la categoría del mito, si bien existe esta unidad entre el cuerpo y el espíritu dentro de lo real” (p.17). Señala poco después cómo la psicología no ha podido ofrecer jamás a la psiquiatría lo que la fisiología brinda a la medicina.

El instrumento de análisis que intenta delimitar la perturbación, no permite encarar una relación funcional entre la supuesta enfermedad y el conjunto de la personalidad. Lo consistente de la vida psicológica está asegurado de una manera diferente a como lo hace la cohesión en un organismo. La unidad significativa de las conductas, el estilo, el modo general, toda la anterioridad histórica y las eventuales implicaciones de una existencia. “Por lo tanto –agregala abstracción no puede hacerse del mismo modo en psicología yen fisiología; y la delimitación de una perturbación en ‘patología mental’. exige métodos distintos que en patología orgánica” (op.cit., p.18).

La línea de separación entre lo “patológico” y lo “normal” se ha ido desdibujando. Y en psiquiatría, la noción de “personalidad” hace singularmente difícil distinguir entre lo normal y lo patológico. Lo cual no quiere decir -como se ha afirmado- que “las enfermedades mentales” no existan. Es una cuestión de lenguaje. La enfermedad es una “alteración del cuerpo”. Que existe en muchos casos: la parálisis general progresiva, la arterioesclerosis cerebral, el hipotiroidismo, presentan síntomas “mentales”, pero son del cuerpo. En cambio, un sentido opuesto lleva a un callejón sin salida: l~ angustia, que todos hemos sufrido o sufrimos en más de una ocasión, sería una “enfermedad normal” por su frecuencia. Como empieza a serlo el estrés en la vida moderna.

Ninguna enfermedad puede ser separada de los métodos de diagnóstico, entre los procedimientos de aislamiento de los instrumentos terapéuticos de los que los rodea la práctica médica. En la “patología mental” la realidad no permite semejante abstracción Es así como en Francia “la situación de tutela impuesta al alienado por la ley de 1838, su total dependencia de la decisión médica, contribuyeron sin duda a fijar, a fines del siglo pasado, el “personaje histérico”; desposeído de sus derechos por el tutor y el consejo de familia, prácticamente de nuevo en un estado de minoría jurídica y moral, privado de su libertad por la omnipotencia del médico. el enfermo se convertiría en el centro de todas las sugestiones sociales; y en el punto de convergencia de estas prácticas, se establecía la sugestibilidad como el síntoma mayor de la histeria.

Babinsky imponía a su enfermo, y desde fuera, la influencia de la sugestión; y la conducía a un punto tal de alienación que, anulada, sin voz ni aliento, estaba pronto a aceptar la eficacia de la palabra milagrosa: levántate y anda”. y el médico encontraba el signo de la simulación en el triunfo de su paráfrasis evangélica, puesto que la enferma, siguiendo la prescripción irónicamente profética, realmente se levantaba y realmente caminaba. Pues bien, lo que el médico anunciaba como una ilusión, era en verdad un resultado de su práctica médica: “esta sugestibilidad era la consecuencia de todas las sugestiones, de todas las dependencias a las que estaba sometido el enfermo” (p.20).

En los dos volúmenes del libro, Foucault se aproxima en gran medida a las respuestas frente a dos grupos de problemas: las dimensiones psicológicas de la enfermedad, y las condiciones reales de las mismas. En cuanto a la primera, hace un análisis en dos fases: la enfermedad y la historia individual y la enfermedad y la existencia de quien se enferma, para lo cual se apoya -respecto a cada uno de estos aspectos- y con la idea de superar sus planteamientos, en algunas de las direcciones que dominaba la llamada psicopatología en aquel tiempo, o sea Jackson, Freud, Jaspers y Binswanger.

Nosotros, como médicos, conocemos bien de las enfermedades “del cuerpo”, como las llaman Foucault y muchos otros autores. Y todos sabemos de la existencia de diversas anomalías que pueden recibir esa denominación cuando se llena ese prerrequisito ineludible: poder demostrarlo. En la parálisis general hay síntomas “mentales”, que pueden preceder a los neurológicos y a los signos en el líquido cefalorraquídeo. Algo similar ocurre en las demencias, entre ellas las seniles; en algunas formas de hipo o de hipertiroidismo, como también en las variaciones anormales de la glicemia.

Así, existen muchas otras. Pero en el ámbito emocional o del pensamiento, el asunto es mucho más complejo. Que existen anomalías, es cierto. Pero que haya alteración “del cuerpo” no siempre es posible demostrarlo. Asunto no sólo difícil sino peligroso, porque recibir un diagnóstico psiquiátrico o psicológico –cuya diferencia no puedo establecer- hace llevar ese estigma por toda la existencia, incluso para el sistema de seguros de vida o de enfermedad, que suelen hacer una discriminación con tan volátiles e inasibles entidades o síndromes.

Vuelvo al autor ya mencionado.

En su libro Enfermedad mental y personalidad (1961), trae un ejemplo que muchos de ustedes deben recordar: la psicastenia, de Pierre Janet, que estaba caracterizada -estaba, porque no hemos vuelto a oír hablar de ella- como el agotamiento nervioso con estigmas orgánicos (astenia muscular, perturbaciones gastrointestinales, cefaleas); una astenia mental (fatigabilidad), impotencia ante el esfuerzo, angustia ante el obstáculo, difícil inserción en la realidad yen el presente: es lo que Janet llamaba “pérdida de la función de lo real”; y finalmente, perturbaciones de la emotividad (tristeza, inquietud, ansiedad paroxística) (p.12).

Con base en este caso y en otras numerosas observaciones de sus lecturas de los predecesores de la psiquiatría actual, concluye en que la llamada “patología mental” requiere de métodos de análisis diferentes de los de la orgánica, y que apenas con artificios del lenguaje se puede atribuir el mismo significado a los dos tipos de “enfermedades”.

“Si la enfermedad encuentra una forma privilegiada de expresión de este enlazamiento de conductas contradictorias, no es porque los elementos de la contradicción se yuxtaponen como una naturaleza paradójica en el inconsciente de clase, ofrecen al hombre una experiencia de su medio humano, acosadas sin cesar por la contradicción. La explotación, que lo aliena en un objeto económico, lo liga a los otros, pero mediante los lazos negativos de la dependencia, las leyes sociales que lo unen a sus semejantes en un mismo destino, lo oponen a ellos en una lucha que, paradójicamente, no es más que la forma dialéctica de esas leyes; la universalidad de las estructuras económicas le permiten reconocer en el mundo una patria, y captar una significación común en la mirada de todo hombre, pero esta significación puede ser la de la hostilidad, y esta patria puede denunciarlo como extranjero. El hombre se ha convertido para el hombre, tanto en el rostro de su propia verdad como en la eventualidad de su muerte. No puede encontrar de pronto el status fraternal en el que sus relaciones sociales encontrarán estabilidad y coherencia: los demás se ofrecen siempre en una experiencia que la dialéctica de la vida y de la muerte hace precaria y peligrosa” (pp.82-83).

Foucault publicó La historia de la locura en la época clásica originalmente en 1964. Existe una versión resumida del Fondo de Cultura Económica de México (1964). Una reedición, precedida de una introducción nueva, tiene además dos apéndices, “La locura, la ausencia de obra“, (1964) y “Mi cuerpo, ese papel, ese fuego“, (1971), se publicó en París en 1972, y fue traducida por la misma editorial en dos volúmenes (1977). Esta es la obra básica de este pensador, en lo atinente al asunto que guía esta exposición. No me atrevo a decir que fue un precursor -no tengo las fuentes que me permitan afirmarlo- pero sí un contemporáneo y un influyente autor que contribuyó a la crítica de las profesiones relacionadas con la psicología y con la psiquiatría y con sus aspectos epistemológicos.

Respecto a las condiciones mismas de la “enfermedad”, hace un análisis del sentido histórico de la alienación mental-anticipo de lo escrito, de manera pormenorizada y extensa -en el libro citado arriba, que representa además un intento por establecer cómo actúa el concepto de “enfermedad mental” en términos de una “psicología del conflicto”, mediante una equiparación entre la alienación histórica y la psicológica.

Según Morey, Foucault nunca se mostró satisfecho con este texto, e hizo notorios esfuerzos por silenciario. Años después, con ocasión del éxito de Las palabras y las cosas (op.cit.), hizo una reedición del mismo trabajo bajo el título Enfermedad mental y psicología (1966), donde aparecen de nuevo escritos algunos pasajes importantes. En la actualidad, ambas ediciones han desaparecido de la circulación, y según parece estuvo prohibida por el propio autor la reedición de una y de otra. Con todo, existe, que yo sepa, una segunda impresión hecha en la Argentina (1979). La obra conserva mucho interés, no sólo por la época en que se escribió, sino porque es un texto que antecede a otro, de Georges Gangullem, intitulado Lo normal y lo patológico (1978).

Llegado a este punto de mi exposición, debo advertir que apenas dedicaré unos pocos párrafos, en gracia de la brevedad, para referirme a unas ideas que fueron muy controvertidas en su momento, expuestas por numerosos autores de varios países, pero que conservan mucha de su vigencia, al haber marcado una huella profunda en la psiquiatría y en la psicología, así como en muchas disciplinas que les son afines. Y que han tomado, en variados aspectos, un curso propio, al llegar a estar inmersas en la lingüística, en la teoría de ia comunicación, en el estudio de las comunidades, de los grupos, de los sistemas de trabajo y en la concepción que las sociedades tienen de los diferentes, de los excluidos y segregados.

Me refiero a una corriente que se expandió por el mundo occidental-del resto no tengo noticia- que recibió un nombre desafortunado: la antipsiquiatría. Impropio, porque da a entender alguna convergencia acerca de un asunto; y si la psiquiatría tradicional no la tiene, puesto que de manera espuria se dice una ramificación de la medicina, o su aplicación, pero que tiene fuentes en la biología, en la sociología, en la antropología, en la historia, pero también en la bioquímica y en algunos aspectos neurológicos, menos puede tenerla un conjunto tan vario de intereses, de enfoques, de procedimientos y -en una primera instancia- en la ideología.

Alguna vez consulté, sin obtener respuesta, con un filólogo a quien le planteé la posibilidad de introducir un término alterno: la “contrapsiquiatría”; corno la contracultura, pero no su opuesto, como lo indica la primera nominación.

Antes de escribir la lista de algunos de esos autores, quiero destacar uno, para mí de grande importancia, a quien pude conocer en persona y a quien visité en dos oportunidades, así corno él lo hizo a Colombia: Franco Basaglia. Con sus libros, La institución negada (1970) y Che cos’e la psichiatria? (1975), entre muchas otras publicaciones. Pero ante todo su obra, que llevó a la práctica y que pude visitar en su fase final: el Hospital Psiquiátrico de Trieste. Su propuesta de desmantelarlo y de conducirlo a su extinción fue llevada a cabo; lo mismo que la ley 180 de 1978, que ordenaba hacer lo mismo con sus similares; más la prohibición de crear sustitutos.

Pero debo centrarme ahora de nuevo en el terna de la pareja.

Después de tantos años de trabajar con esta modalidad de relación, al observar sus dificultades por las cuales acuden a consulta y a las perspectivas varias que tienen, he decidido hacer una división -casi arbitraria- como suele ocurrir con las cuestiones atinentes a lo humano, al tener en cuenta la época de su conformación.

Estas observaciones se acumularon en el curso de la práctica con las varias clases sociales; las personas, las parejas y las familias de varia procedencia, constituyeron el acervo, -siempre incompleto, siempre en proceso de modificación y de enriquecimiento- al comprobar una y otra vez, la importancia decisiva del origen del individuo o de la pareja y de la famiia, con sus condiciones de ancestro, de raza, de clima, de factores alimenticios y alimentarios, de la religión, de las modalidades educativas, del trato recibido. También de las enormes diferencias en el lenguaje, con sus incontables matices, determinados por la historia, por la región, por las clases sociales, por las edades y, desde luego por el trabajo y por el nivel educativo. Con las variaciones que tienen lugar con el paso rápido del tiempo. Y tanto, que una de las dificultades de entendimiento entre una generación a otra suele incluir el habla cotidiana con sus agregados no verbales, de los gestos, de los movimientos de las manos, de las modulaciones de cada uno en relación con el otro; sutiles diferencias, que suelen repetirse, complementan el discurso.

Hay una frase que alguna vez cité, cuyo origen ignoro -pero que no es mía- que viene al caso de manera repetida: “Los dominados adquieren, en forma progresiva, los caracteres que pretende o que quiere el dominante”.

De aquí se desprende que, al escudriñar en forma minuciosa la historia de cada quien, cabe hacerse la pregunta: ¿De dónde provienen tal modalidad, tal expresión, tal tendencia, tal gesto? Una confirmación se encuentra en los hijos adoptados, que presentan caracteres parecidos, sin intervención de la genética. En los otros, naturalmente que cuenta. Lo mismo que la comprensión de quienes rodean al niño en sus primeros años, previos o acompañantes de la escolaridad.

La distribución y las derivaciones del poder, en la pareja y en la familia, el análisis de los vínculos de unos con otros, las normas que se establecen dentro de un amplio espectro constituyen unos de los puntos que se repiten con las variaciones de cada situación; la manera como evolucionan en el tiempo, contribuye a percibir las posibilidades de cambio, en permanente lucha con el estatismo.

En el desarrollo individual -que nunca es sólo tal- puesto que se desarrolla en relación con otros, cuentan muchos mecanismos descritos por la teoría psicoanalítica, tales como la identificación, la ambivalencia de los sentimientos, la idealización, el “desplazamiento”, entre comillas porque su uso en la psicología dinámica no tiene que ver con su acepción en el lenguaje común. y la fantasía, la idealización, la identificación, y en la base de todo esto, las represiones, primarias y secundarias, que obran sin que el niño lo sepa, pero pueden influirlo o de,terminarlo, aliado de muchos otros hechos, así como unas u otras tendencias; las aficiones, los gustos, la escogencia de destinatarios de afecto, o de odio y de los infinitos sentimientos intermedios que se escalonan a partir de esos dos extremos que ha formado el lenguaje, con su carga de prohibiciones y de exclusiones, de acuerdo con vectores que se suman o se excluyen; de las intenciones con un propósito que se prodigan frente a los niños. Reforzadas, muchas de éstas, por los medios de comunicación, en especial por los televisivos. Dejo por el momento estas observaciones, para volver luego, con más detenimiento, a los factores educativos y al tema crucial del análisis del poder, ya en lo tocante al asunto central.

Pero antes debo retornar a una cuestión ya mencionada.

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