Letras, Discurso de Orden Pronunciado por el Dr. Carlos Sanmartín

Con motivo de la conmemoración del centenario del nacimiento del profesor Luis Patiño Camargo, en el paraninfo de la Academia Colombiana de la Lengua

Sesión Solemne y Conjunta de la Academia Nacional de Medicina y la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina. 21 de noviembre de 1991.
Señor ex-Presidente, Dr. Carlos Lleras Restrepo y señora;
Señores presidentes de la Academia Nacional de Medicina y de la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina;
Señores miembros de sus Juntas Directivas; Distinguidos familiares del Dr. Luis Patiño Camargo;
Señores académicos y miembros de la Sociedad histórica;
Señoras, señores:

Hace muchos años -tantos que yo tenía apenas quince- íbamos una tarde a bajar con mi padre a Villeta para reunirnos con el resto de la familia, cuando mencionó que con nosotros viajaría el Dr. Luis Patiño Camargo. Cuando le pregunté quién era nuestro acompañante, dijo: -Es un médico que sabe de todo, que conoce muy bienel país y que ha descubierto una enfermedad nueva para Colombia”.

Cuando anochecía pasamos por Sasaima y se sentía ese aroma, inconfundible de nuestras tierras templadas; tímidamente pregunté a qué se debía y el Dr. Patiño me explicó que ese olor característico era el de un pasto o gramínea originaria del Africa, que prospera en las laderas andinas y que suele crecer a la vera de nuestros caminos. Recuerdo que durante el viaje hablaron con mi padre de muchos temas, llamándome la atención la propiedad con que se refería a las variadas plantas a lo largo del trayecto.

Hoy, más de medio siglo después, vengo a evocar su memoria en representación de la Academia Nacional de Medicina y de la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina, que me han otorgado el privilegio, que agradezco muy de veras, de llevar la palabra en esta ocasión en que se conmemora y celebra el centenario del nacimiento de tan ilustre colombiano.

En el libro de bautismos No. 15, folio 56, de la pequeña población de Iza, sita en el Valle de Sogamoso, dice: “En Iza, a veintinueve de noviembre de 1891, bauticé solemnemente a un niño de cuatro días de nacido a quien llamé Luis Benigno, hijo legítimo de Timoteo Patiño y Mercedes Camargo; abuelos paternos Domingo (Patiño) y Valeria Ramos; maternos, Remigio (Camargo) y Bárbara Bayona. Fueron padrinos Telésforo Bayona y Domitila Fonseca, a quienes advertí lo necesario. Doy fe Rubén Salcedo”.

Su niñez transcurrió en Iza y allí, en la escuela pública y en el Colegio de Pesca hizo los estudios de primaria. Los de secundaria los inició en el Colegio Sugamuxi de Sogamoso y los terminó en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario de Bogotá; este Colegio y su rector, Monseñor Rafael María Carrasquilla, tuvieron gran influencia sobre Luis Patiño. En 1914 recibió su diploma de Bachiller y fue elegido para la honrosa posición de Colegial de Número de ese centro docente.

Siempre estuvo orgulloso de haberse formado en esos claustros y siempre recordó con respeto, afecto y gratitud a Monseñor Carrasquilla; estos sentimientos los expresó bellamente en repetidas ocasiones, por ejemplo, en su tesis de grado de 1922, a la cual me referiré más adelante, y en el discurso que pronunció en 1968 cuando ingresó a la Academia Colombiana de la Lengua tratando doctamente el tema del léxico médico.

Relatar y comentar en una ocasión como esta que hoy nos congrega la vida, las múltiples actividades, las muchas realizaciones de Luis Patiño Camargo y las numerosas distinciones que recibió y todo lo que sobre él se ha escrito, sería tarea de varias horas. Existe un gran caudal de información al respecto, gracias al escrupuloso cuidado con que él conservaba correspondencia, documentos, publicaciones, etc., ya la excelente labor de recopilación y ordenamiento, que con filial afecto y dedicación ha hecho José Félix, su hijo ..

Otras personas, sin duda más calificadas y capaces que yo, han exaltado con gran altura e impecable estilo la vida de nuestro personaje. Así pues, para no hacerme interminable mencionaré brevemente algunos de los muchos hechos de su existencia, tratando de resaltar los que, a mi juicio, fueron más salientes.

En 1914 comenzó sus estudios en la Facultad de Medicina y Ciencias Naturales de la Universidad Nacional. Su actividad debía ser asombrosa, pues ya a partir de 1917 y hasta 1922 desempeñó varios cargos, con responsabilidad y competencia: Jefe del Laboratorio Clínico y Practicante de la Casa de Salud de Marly; Preparador de Bacteriología e Interno de la Clínica General de la Facultad de Medicina; Profesor de Historia Natural del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario.

Entre 1920 y 1922 fue Jefe de Clínica del Servicio de Urología de Zoilo Cuéllar Durán y fue entonces cuando sucedió un episodio de excepcional importancia, que afortunadamente se resolvió de feliz manera, que Gonzalo Reyes García -recientemente fallecido- narra en u libro “Memorias y Relatos, 1897-1985″:”Otro Profesor que teníamos era el Dr. Zoilo Cuéllar Durán, quien le dio preponderancia a la urología y era cirujano hábil que no tenía miedo a arriesgarse en operaciones complicadas. Su Jefe de Clínica, cuando yo hice el curso de urología, era el Dr. Luis Patiño Camargo. Me acuerdo del incidente con la operación que le hizo de una hernia al Dr. Patiño. Entonces la anestesia general no estaba bien dirigida, ni había los elementos necesarios para los casos de urgencia y así fue que en la anestesia y durante la operación tuvo un desfallecimiento cardíaco.

El Dr. Cuéllar con calma hizo todo lo indicado para volver la normalidad a su operado; yo lo vi cuando tiró los guantes y dijo: ¡Se nos fue Patiño! Afortunadamente los ayudantes siguieron en la brega con respiración artificial e inyeccciones de adrenalina y Luis Patiño volvió a la vida”.

Los trabajos de tesis, que eran requisito indispensable para obtener el título de Doctor en Medicina y Cirugía, se elaboraban, por lo general, en el término de unos meses, tal vez un año y raramente en un tiempo más largo. Luis Patiño Camargo preparó la suya durante cinco, desde 1918 hasta 1922 cuando recibió su grado de la Facultad de Medicina y Ciencias Naturales de la Universidad Nacional.

Esta tesis, “El Tifo Negro o Exantemático en Bogotá”, con 175 páginas, es extraordinaria por el trabajo sostenido y concienzudo que representa y hoy todavía es digna de leerse con provecho, pues expone de manera ordenada los aspectos históricos, clínicos, estadísticos, epidemiológicos, terapéuticos, preventivos y experimentales de la enfermedad. Está escrita en excelente castellano y es respetuosamente polémica en relación con los prestigiosos médicos que negaban la existencia del tifo exantemático en Bogotá.

El trabajo tuvo dos orientadores fundamentales: el Dr. Carlos Esguerra en la parte clínica y el Dr. Jorge Martínez Santamaría, quien dirigió la decisiva experimentación microbiológica en el Laboratorio Samper-Martínez; la prematura y sorpresiva muerte de Martínez Santamaría hizo que Bernardo Samper le reemplazara como presidente de Tesis. Durante muchos años se debatió dentro de nuestro cuerpo médico el asunto de si en Bogotá había o no tifo exantemático.

Para unos, los unicistas, tal enfermedad era sólo una forma grave e hipertóxica de la fiebre tifoidea; para otros, los dualistas, se trataba de dos entidades diferentes. Ambas ideas tuvieron distinguidos y ardientes defensores, hasta que en 1922 la tesis de Patiño Camargo puso punto final al debate, al demostrar de manera incontrovertible que se trataba de una rickettsiasis y estableciendo la dualidad etiológica, clínica y epidemiológica de las dos enfermedades.

Una vez graduado el Dr. Patiño inició su ejercicio profesional como médico del Hospital San Vicente del Lazareto de Agua de Dios. En 1923 se trasladó a Ocaña en donde residió por dos años y combatió un grave brote epidémico de enfermedades entéricas.

El 25 de diciembre de 1925 casó con doña Ana Restrepo, iniciando así cincuenta y tres años de armonioso matrimonio. A ella, su fiel compañera de toda la vida, quiero rendir tributo de admiración y respeto.

Lajoven pareja se estableció en Venezuela, en San Cristóbal del Táchira, en donde el Dr. Patiño ejerció la medicina y enseñó química orgánica en el Colegio Simón Bolívar. Allí nació José Félix, el primogénito, y para reafirmar el carácter de colombiano de su hijo prefirió que fuese bautizado de este lado de la frontera, en Cúcuta.

De 1927 hasta 1932 ejerció en esta última ciudad y en las poblaciones circunvecinas. El Director Nacional de Higiene, Pablo García Medina, le encomendó el saneamiento de los valles de Cúcuta con énfasis en la eliminación del Aedes aegypti, vector de la fiebre amarilla urbana. Con organización y disciplina y logrando la cooperación de la población, logró el fin propuesto. José Velásquez García, quien con el seudónimo de Julio Vives Guerra publicaba un anecdotario en la prensa, contó que en Cúcuta se imponía una multa al dueño de la casa en donde los inspectores del Dr. Patiño encontraran larVas del mosquito que se combatía; en alguna ocasión se hizo el hallazgo en su propia casa y el Dr. Patiño procedió a multarse a sí mismo, y a pagar la multa correspondiente.

Su labor en Cúcuta incluyó el establecimiento de La Gota de Leche para los niños desamparados y la práctica de la cirugía, siendo quien por primera vez llevó a cabo una esplenectomía en esa ciudad. El paludismo y sus vectores fueron también objeto de su afán de salubrista durante su permanencia en el Norte de Santander.

Regresó a Bogotá en 1932 y de nuevo su actividad fue variada e intensa. Desempeña sucesivamente en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional los cargos de Auxiliar de la Cátedra de Parasitología; Profesor Titular de Botánica y Zoología; Profesor Agregado de Clínica Tropical; Profesor de Patología Tropical; Encargado de la Cátedra de Clínica Tropical; Profesor Titular de Clínica Tropical y Profesor Honorario de la Universidad Nacional.

En el campo de la salud pública ocupó el Dr. Patiño altas posiciones como fueron: Director Nacional de Higiene; Médico Jefe de Investigaciones sobre Fiebre Amarilla; Subdirector del Laboratorio del Instituto Federico Lleras de Investigación Médica; Director del Instituto Nacional de Epidemiología e Investigaciones Médicas; Director de Salubridad Nacional; Director del Ministerio de Salud.

De sus numerosísimas publicaciones científicas tengo que limitarme a muy pocas de ellas. En marzo de 1933 J. Austin Kerr y Luis Patiño Camargo presentan en la Revista de Higiene el trabajo titulado “Investigaciones sobre fiebre amarilla en Muzo y Santander”. Para esa época ya se disponía de métodos serológicos para el estudio de la epidemiología de la enfermedad. Esas pesquisas, que fueron adelantadas con todo rigor y que exigieron una intensa y ardua labor de campo sirvieron, entre otras cosas, para confirmar la convicción expresada veintiséis años antes por Roberto Franco de la existencia de la fiebre amarilla selvática. La lectura de esta publicación es interesante, informativa y amena.

Es muy llamativo que las distancias no se dan en1tilómetros sino en el tiempo necesario para recorrerlas a lomo de mula, lo cual no sólo da idea de lo abrupto de los caminos sino que, con excelente sentido epidemiológico indica, por ejemplo, el tiempo que tomaría para que una persona infectada llevara la enfermedad de un lugar a otro. En el mismo campo, en 1936, hay otra publicación de Patiño en la Revista de la Facultad de Medicina; la tituló “Notas sobre fiebre amarilla en Colombia”; se trata de un buen resumen con una excelente bibliografía de 117 referencias.

En el breve lapso de tres años hace Patiño Camargo dos de sus grandes contribuciones al conocimiento de nuestra patología.

Desde junio de 1934 se había presentado en Tobia, corregimiento de Nimaima, cerca de Villeta, sobre la vertiente de la cordillera oriental hacia el río Magdalena, y a 118 kilómetros de Bogotá, una enfermedad febril aguda, de altísima mortalidad. El Servicio de Fiebre Amarilla recibió los primeros informes sobre el asunto en mayo de 1935, pues se llegó a pensar que podría tratarse de casos de tal entidad. El primer viaje al área afectada se limitó a recoger información epidemiológica y a tomar muestras de sangre, cuyos sueros no mostraron anticuerpos para el virus amarílico.

Al mes siguiente se observaron varios casos más; se pudo tomar muestra de hígado de uno de ellos, pero no se hallaron las lesiones microscópicas características de la fiebre amarilla. En noviembre surgió un nuevo brote y, otra vez, los miembros de la comisión no encontraron casos activos cuando llegaron a la zona. Finalmente, el 3 de diciembre, el médico del hospital de Villeta telegrafió a Bogotá informando que acababa de recibier tres pacientes provenientes de Tobia con signos y síntomas de la temida enfermedad. Ninguno de los exámenes de laboratorio que se practicaron pudo aclarar la situación, excepto la inoculación de sangre por vía intraperitoneal en curíes, cuyos resultados característicos, unidos a las manifestaciones clínicas de los enfermos, permitieron establecer que se trataba de fiebre petequial, o fiebre manchada de las Montañas Rocosas o tifo de Sao Paulo.

El artículo “A spotted fever in Tobia, Colombia” publicado en 1937 en American Journal of Tropical Medicine por Patiño, Afanador y Paul, es hoy clásico y se debe leer íntegramente, pues presenta los aspectos clínicos y epidemiológicos, con muy juiciosas consideraciones sobre los vectores. Este hallazgo de Patiño de la infección por Rickettsia rickettsii, estableció el primer foco conocido en Colombia de esta gravísima enfermedad; otros surgieron después en Betulia y Zapatoca en Santander. Quien ahora habla tuvo la oportunidad de aislar e identificar de nuevo el germen en la epidemia de 1949 en el Valle de Suratá, en las inmediaciones de Bucaramanga. Hace cinco años el Instituto Nacional de Salud volvió a hacer el diagnóstico en la zona de Anapoima cercana de Bogotá.

Desde principios de 19361as autoridades del departamento de Nariño venían seriamente preocupadas por una mortífera epidemia que apareció en las vertientes de los ríos Juanambú y Mayo y posteriormente con gran virulencia en la del Guáitara.

Inicialmente se creyó que se trataba de paludismo agudo pernicioso ..Luego se pensó en fiebre tifoidea. En febrero de 1938 se habló de fiebre amarilla y aun de peste.

Varios médicos de Nariño y prestigiosos profesionales enviados por las autoridades sanitarias de Bogotá visitaron la región afectada y fueron descartando una a una las posibilidades diagnósticas antes mencionadas, pero sin definir positivamente de qué se trataba.

Ante el desconcierto reinante, y cuando se estimaba que las víctimas ya sobrepasaban las cuatro mil, el gobierno centhd tuvo el acierto de comisionar al Dr. Patiño Camargo para que viajara a Nariño y estudiara la situación. El18 de enero de 1939, apenas cuatro días después de haber llegado a Pasto y a los dos de su diagnóstico clínico, el Dr. Patiño vino a confirmarlo con la demostración en el extendido de sangre de un febricitante de la Bartone- Uabacilliformis.

Se trataba pues de la fiebre de Oroya o enfermedad de Carrión, que hasta entonces era conocida solamente en el Perú. Para mí es indudable que el Dr. Patiño al salir de Bogotá ya llevaba consigo un concepto claro de la naturaleza de la epidemia, gracias a su sagacidad clínica y epidemiológica y al vasto conocimiento que tenía de la literatura médica.

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