“…Y lo hago comer”

Bebé no quiere comer

Obligar a comer al niño es un error grave y torpe, porque al cometerlo se le da un puntapié al sentido común, se trastorna la naturaleza de las cosas y se ofende a la ciencia, a lo descubierto por ella en este asunto. Da pena ver a tanta gente haciéndole daño a la inocente e indefensa niñez, en medio del silencio y la aprobación de la gran mayoría. A veces se pregunta uno si va en broma eso de «sapiens» —sabio— dado a la especie humana.

Y ésta es una de esas veces.

Al incurrir en este error se atropella el sentido común, porque el saber que no hay efecto sin causa pertenece al reino del sentido común. Y se troca la naturaleza de las cosas, porque lo natural para comer es… tener hambre.

Se ofende a la ciencia porque sus investigadores han descubierto y comprobado las oleadas o la irregularidad del ritmo alimenticio. (Después se dirá qué es esto).

Por lo tanto, en vez de decir y repetir: “mi hijo no quiere comer”, deberá decir desde ahora: “mi hijo no siente hambre”. ¡Mire que diferencia! Y después se preguntará: ¿por qué? Y hará en favor del hambre de su hijo la mitad de lo que hace para obligarlo a comer. Y empiece a familiarizarse con este pensamiento: su niño no come probablemente porque usted no lo deja tener hambre.

Por lo tanto, el problema está ejemplarmente mal planteado, lo que, como es sabido, dificulta su solución o lo hace insoluble. Por lo tanto, hay que plantearlo correctamente.

Los niños no sienten hambre por causas generales y causas individuales o propias de cada caso. De las causas generales (que siempre se ligan o asocian con las individuales) sí puedo decirle algo eficaz.

1. El niño no tiene hambre porque se va a enfermar. Mañana o pasado caerá enfermo, o ya lo está de catarrito. También puede ocurrir que la supuesta enfermedad aborde “’en silencio porque, a lo mejor, el niñito está vacunado contra todo, y no llega a enfermar, pero sí a sufrir las llamadas “reacciones de inmunidad” que suelen ir acompañadas de desgano. Estas reacciones son frecuentes en los primeros años de la vida del niño. Obligarlo a comer en ese estado es absurdo.

Al atropellar la madre la “sabiduría del organismo” de su hijo, le da una lección sentimental y vivencial de cuán gran ignorante ella es. El niño desconfía y pierde el sentimiento de respeto y obediencia. El nene siente mucho, y su sensibilidad es refinada para lo que pueda dañarlo o ponerlo en peligro.

2. El niño no tiene hambre porque está en estado emocional o acaba de salir de él (miedo, cólera, sorpresa, anhelo, entusiasmo, curiosidad… y mil variedades). Y esto de alimentar al niño en ese estado sucede con frecuencia.

Usted quizás sabe que sentir hambre y comer acabado de reñir o de temblar de miedo no es normal, y hacer que los pequeños adquieran ese hábito antinatural cuesta trabajo, cuando se logra.

3. El niño no siente hambre porque su ritmo alimenticio está en lapso de receso. Sí, esto existe. ¿Quién ignora que el “apetito” del adulto no se mantiene siempre igual? El hambre del niño aumenta o disminuye por varias razones, y no es la menos importante la del crecimiento, que se ha comprobado que ocurre a “empujones” o “salticos”. (Descubrimiento de la psicóloga Bridges). A estos saltos del crecer corresponden aumentos en el hambre, y a los lapsos de estancamiento, disminución del hambre. Esto, además de comprobado, es lógico y psicológico.

4. El niño no siente hambre a causa de la vida que lleva y el mal trato que recibe. Estas causas — claro está— no operan siempre aisladas sino en combinación. Y puede —y suele— suceder que desaparezcan algunas de las precedentes y continúen las causas psicológicas desganando al muchacho. ¿Cuáles son esas causas? Muchísimas y muy diversas.

La mayor causa de desgano, y la más común, consiste en enseñarle al niño (directa o indirectamente) que el comer no es cosa suya, sino un deber que han de cumplir sus mal criadores. (¡El único deber que no se olvida o incumple!)

Esta colosal sinrazón, puede decirse que vuelve al revés la mente del niño, quien por lo general está “padeciendo” de hambre… de madre o de padre; vale decir, de la atención que ellos deben darle Y como los pequeños no son bobos, se dan cuenta pronto—sintiendo primero, comprendiendo después— de que el negarse a comer produce «dividendos», muy parecidos a los que produce la enfermedad: reciben mimos, ruegos, premios, atenciones.

O regaños y castigos (que es una forma de atención). En fi n, logra de ese modo que sus padres se ocupen de él (un rato al menos) y lleguen a exclamar: ¡no sé qué hacer! Los mal criadores (que crían mal al niño) han logrado entonces producir el llamado desgano como treta; la treta (histeroide) de no comer, que es en parte intencional y en parte inconsciente. Esta treta (llamada majadería) puede tener un origen sencillo y puede tener un origen complejo y provenir de una combinación de varias causas.

El descubrir el origen —o los orígenes— de estos desganos es siempre difícil. Pero estese usted desde ahora segura de que en la formación de la treta de no comer tomó parte algún adulto, o varios. El o ellos la provocaron o la “surgieron”.

¿Cómo? De mil modos:

Crianza: Cómo hago comer al niño1) Al poner el comer en el lugar que debía ocupar el hambre.

2) Al convertir la natural satisfacción de una necesidad orgánica en toda una “ceremonia” infestada de errores, porque también se yerra al obligar a comer inoportunamente.

3) Al impedir que el niño coma con sus propias manos.

4) Al forzarlo a comer alimentos que repudia.

5) Al negarle lo que desea repetir.

6) Al aislar al niño a la hora de comer (suprimiéndole el deleite de ser comensal, de tanta influencia en el grupo familiar primitivo, evitándole así la lección imitativa).

7) Se yerra, en suma, al hacer entender y sentir al niño que su hambre y su voluntad nada tienen que ver con su alimentación: que él ha de comer, quiera o no, porque otro le ordena cuándo, cuánto, dónde y con quien quieran sus «criadores». Es decir: no se toman en cuenta las condiciones de producción del fenómeno: se espera que el niño coma como si fuera un robot.

Hay mucho observado y comprobado sobre cada una de las circunstancias de este error. Por ejemplo, sobre dieta, la psicóloga antes citada (Bridges) hizo el siguiente experimento: Seleccionó 50 niños pequeños de similar edad, constitución física, crianza familiar, nivel económico… y los dividió en dos grupos de 25.

A un grupo lo alimentó de acuerdo con el plan dietético prescrito por los mejores pediatras de Nueva York; al otro lo dejó comer lo que cada pequeño quería comer. ¿Qué ocurrió? El grupo de dieta libre comía más, con mejor apetito; engordó y estaba más sano y vigoroso, y no se indigestó. La experiencia se ha repetido y comprobado varias veces: nunca ha fallado.

¿Por qué los niños de familias pobres no padecen de anorexia? (nombre técnico del desgano, el no querer comer). Esto es muy demostrativo. Pensando en este hecho indudable cualquier mente oscurecida se aclara (si piensa, desde luego).

Sobre las otras circunstancias erróneas de la alimentación del niño, sólo puedo decir que son errores probados. Pero ¿quién va a tener todo eso en cuenta? Lo fácil y cómodo es que siempre coma igual. La ignorancia y la comodidad son los culpables de la crianza malsana, un fenómeno desgraciado que tiene causas profundas, ocultas y diversas…

Deje que su hijo coma naturalmente. En su compañía siempre que sea posible, y un poco más. Usando sus manitas aunque se ensucie. Tolerando que coma un poco más o un poco menos cuando lo desee. Permitiéndole jugar y jugar durante la mañana y la tarde. Atendiéndolo bastante, antes y después de comer, y no atendiéndolo cuando esté comiendo.

Tratándolo más correctamente, de acuerdo con su edad. Y no combatiendo la treta del comer con castigos ni premios, y sí suprimiendo las causas que la originaron (que están en usted). Y gastando un poco de paciencia. Usted deterioró poco a poco el hambre de su hijo: poco a poco la recuperará. Cuando empiece a recuperarla será el momento oportuno de enseñarle que quien se beneficia comiendo, o se perjudica no comiendo, es él, y no usted.

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