Ética Médica, Prólogo

FERNANDO SANCHEZ TORRES

La ética, como defensora y divulgación de los valores y principios morales que deben servir de guía al actuar de la persona, es reclamada a diario en todas las actividades que comprometen los mejores intereses del hombre y de la comunidad.

Sin duda, la actual es una época en crisis por cuanto esos caros valores y principios morales son a menudo preferidos en las distintas esferas, públicas y privadas, creando con ello daño, desconfianza e incertidumbre.

Existen profesiones que por su misma índole y trascendencia obligan a quienes las ejercen a mantener un comportamiento ceñido a las normas que por convivencia individual y general ha impuesto la sociedad, pero en especial, dependiente de los dictados de la conciencia, que es donde se destila la esencia del actuar ético.

Aceptando que el hombre es bueno por naturaleza, esa bondad es necesario encauzarla, educarla, ejercitarla hacia los fines más convenientes para el bienestar del “otro” y de la comunidad que le rodea. Si esa bondad sólo se adiestra en provecho propio, deja de tener sentido ético por cuanto el egocentrismo carece de proyección, de humanitarismo, que es la prenda fundamental que debe adornar a quien se precie de hombre virtuoso.

La Medicina, como ciencia y como disciplina, siempre ha girado alrededor de principios éticos. Su fin primordial, servir al prójimo, la ha hecho el prototipo de la profesión humanitaria.

Precisamente, hace veinticinco siglos, en los albores de la llamada “medicina técnica”, fueron sus mismos cultores quienes. Motuo proprio, con un juramento público sentaron las bases de su actuar ético, dando con ello demostración de responsabilidad y vocación de servicio. Proceder tal no tiene parangón; por eso el cultor de la Medicina ha venido ocupando un lugar de privilegio en el afecto social.

La ética, entendida como el conocimiento organizado de la moral, no ha podido sustraerse al vaivén de las costumbres, como que la moral tiene mucho que ver con éstas. Los intereses del hombre como individuo y de la humanidad como conjunto, sufren cambios según la época que les corresponde vivir.

Podría pensarse que luego de muchos millones de años de existencia del homo sapiens sobre la Tierra, hubiera éste acumulado experiencias que le evitarán transitar caminos equivocados. Sin embargo no ha sido así. Al contrario, se pudiera asegurar su bienestar físico y espiritual, empujado por instintos nacidos de conciencias incorrectamente ejercitadas.

La falta de un criterio definido sobre la misión o papel del hombre en el escenario terrenal, se ha prestado para el extravío. Se vive para gozar el momento. Lo fácil, lo útil , lo superficial, son la vías para conseguirlo. El enriquecimiento rápido, no importa cómo, se ha convertido en la consigna de la época. El desprecio por la propia salud y por la vida del otro, son anuncios de que no hemos hecho conciencia de nuestros deberes fundamentales.

Si a ello se suma el trato indolente que damos al medio ambiente en que transcurrimos, obliga a concluir que la humanidad camina con los ojos abiertos hacia el abismo, hacia su propia destrucción. En verdad, hay mucho de paradójico en este comportamiento, considerando que los tiempos que vivimos han sido calificados como los de mayor progreso en todo lo que lleva de existencia la especie humana.

La Medicina, por ejemplo, ha alcanzado una extensión y una profundidad técnicas y científicas imposibles de haber sido imaginadas hace cien años. ¡Que digo, ni siquiera cincuenta!.

Ese progreso, infortunadamente, ha contribuido a su deshumanización, a tal punto que se ha hecho necesario emprender una cruzada para ponerle freno. Lo confirma el auge mundial de la Bioética. El médico, como cultor de aquella, a más de estar apabullado anímicamente por el peso de tanto progreso, parece que navegara sin brújula en ese anchurosa mar de conocimientos.

La brújula en este caso es la conciencia, la que se supone pueda llevarlo a puerto seguro. No basta saber, sino además hacer bien lo que se sabe. En el “hacer bien” radica lo técnico, y también lo ético. La perfección en el que hacer profesional debe ser una aspiración del médico. Actuar perfectamente es obrar de acuerdo con los cánones técnicos y con los dictados de la conciencia.

El tema de la ética estuvo, durante muchos siglos, rodeado de un hálito de misterio, asunto vedado para los no doctos; era propiedad de teólogos y filósofos, siendo ellos los únicos autorizados a darle piso teórico a la moral. Bien podía decirse que el criterio ético de las personar no era un asunto autónomo, sino que era dependiente del criterio de otros, vale decir que la ética era heterónoma.

Los tiempos han cambiado y al individuo, como persona, se la ha concedido la condición de ser autónomo, pensante, capaz de autodeterminar sus propias acciones. Esto no significa que sobren quienes ahondan teóricamente en el “porqué” y el “para qué” de los actos de los hombres, ni que sus criterios carezcan de utilidad.

Es un aporte trascendente, pues sólo así es posible que el sujeto actuante encuentre opciones distintas que le ayuden a decidir, adelantar juicios correctos y convenientes.

En el terreno médico es saludable que existan personas que dediquen parte de su tiempo al análisis éticos de las situaciones que surgen en el ejercicio profesional, reflexiones que , divulgadas, pueden servir a otros para hacer sus propias reflexiones o para enriquecer las discusiones que suelen presentarse en el ámbito universitario, hospitalario y académico.

A estas alturas de mi vida profesional, cuando me encuentro y recogiendo velas, es decir, disponiéndome a ceder espacio a los que se inician en la brega, he sentido la necesidad y la obligación – pues lo considero un imperativo docente – de compilar y difundir mis inquietudes acerca del ejercicio ético de la Medicina, avaladas en una experiencia de 40 años y en lecturas y reflexiones de muchísimas horas.

Aun cuando carezco de formación filosófica programada, mi acercamiento autodidacto a esa disciplina me ha permitido incursionar en el campo teórico de la ética, sin adentrarme en honduras, por supuesto. Puedo decir que en cuestiones filosóficas soy un diletante, un “amateur”, como debiera ser todo médico.

En efecto, el ejercicio de la Medicina obliga a que intentemos dar respuesta a muchas inquietudes, distintas a las puramente técnicas. El asombro, que fue el origen de la filosofía, no debe quedar reducido a eso solo – a la admiración – sino que además de leer la realidad debemos interpretarla para ver cómo y hasta dónde estamos comprometidos con ella.

Filosofar no es, como lo sugiere la etimología de la palabra, ir en pos de la sabiduría, pretender ser sabio; filosofar es apenas una actitud intelectual frente a la vida y a todo lo que nos rodea. Siendo así, el médico sólo llegará a ser médico de verdad cuando entienda cuál es su papel frente al “otro” y a la comunidad que le circunda.

Expuesto lo anterior, sobra agregar que en libro que ahora entrego a la consideración de mis colegas no se encontrarán tesis filosóficas originales que respalden mi propia posición ética frente a situaciones determinadas. Ya me declaré incapacitado para hacerlo. Por eso, para mí propósito, hube de valerme de las ideas de otros, tenidos ellos sí como autoridades.

De cada uno de los consultados doy razón a lo largo del texto. El cúmulo de citas bibliográficas que lo acompañan pone bien de presente, además de hacer evidente mi escasa originalidad, la seriedad y la responsabilidad que puse en mi trabajo, muestra clara del respeto que me merecen aquellos que se dignen leerlo. Como la ética dogmática ha sido desterrada, he hecho uso del pluralismo moral, que es un derecho de general aceptación, una licencia que me permitió exponer mis puntos de vista sin temor.

Espero finalmente, que mis colegas entiendan que el principal motivo que me movió a incursionar en tan movedizos terrenos no fue otro que el deseo de invitarlos a la reflexión ética y, de paso, facilitar el proceso de toma de decisiones en el ejercicio profesional, asunto éste de suyo delicado y con frecuencia conflictivo.

El autor
Santafé de Bogotá, noviembre de 1994

1 COMENTARIO

  1. Muy buen libro, es necesario tener más publicaciones de temás éticos, bioéticos, deontológicos y de dilemas éticos que permitan un mayor acercamiento al humanismo.

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