La Opoterapia

La Opoterapia

El uso de órganos de animales se usó desde la antigüedad para los más diversos propósitos terapéuticos, pero sin base científica alguna. Un nuevo impulso en la opoterapia lo dio Brown-Sèquard, quien había investigado la patología endocrina por muchos años. Lo hemos nombrado como un importante exponente de la medicina francesa, aunque también tenía origen americano y había nacido en Mauritania. Él estaba convencido que una serie de órganos –no sólo los testículos- contenían secreciones que podrían ser útiles para tratar enfermedades; había estudiado los efectos de la adrenalectomía en animales. Este franco-americano era conocido por sugerir la revitalización de los viejos con jugos testiculares y hasta con la inyección intravenosa de semen o de sangre de la vena testicular desde décadas antes de su publicación final, por lo que venía siendo criticado. No obstante, a los setenta y dos años de edad, el primero de junio de 1889 presentó –ante la Sociedad de Biología de París- los subjetivos resultados de su auto-experimentación con inyecciones de extracto testicular. Dicho estudio fue publicado en el Lancet, describiendo de la siguiente manera los efectos rejuvenecedores de los preparados testiculares de perros y cobayos: El día después de haberme aplicado la primera inyección subcutánea – y aun más después de las siguientes dos- sentí un cambio radical… había recuperado cuando menos toda la fuerza que poseía muchos años antes… los resultados sobre la fuerza muscular fueron medidos –antes y después- con un dinamómetro… mejoró mi hábito intestinal… volví a mi anterior capacidad de trabajo intelectual, la que se había disminuido…También trató tres hombres en la tercera edad con extractos testiculares de conejo y cobayo con resultados igualmente dramáticos, mientras que otros dos que recibieron inyecciones de agua no tuvieron reacción alguna. La publicidad a este artículo no se hizo esperar, no porque se tratara de un estudio con una metodología científica, sino por el tema en sí –que favorecía el sensacionalismo- y por la gran fama del autor. Antes de que acabara aquel año, ya había doce mil médicos que aplicaban el líquido de Brown-Sèquard, varios químicos que se enriquecían con la fabricación del elíxir de la vida, y muchos galenos sin mayor formación que pusieron a sus pacientes en riesgo al administrarles sin más ni más –aprovechando la excitación del público- macerados o extractos de órganos de animales. Se inició experimentación de la mala en humanos a torrentes, pues se inyectaban y trasplantaban estos testículos animales en patologías tan diversas como epilepsia, tuberculosis, diabetes, parálisis, gangrena, anemia, arteriosclerosis, influenza, enfermedad de Addison, histeria, migraña… Un médico residente de la prisión de San Quintín de nombre Leo L. Stanley, trasplantó testículos de los recién ejecutados en otros prisioneros, algunos de los cuales dijeron que se habían curado de una impotencia. Algunos cirujanos se volvieron ricos trasplantando testículos, que terminaron siendo de diversos mamíferos (venados, chivos, micos); otros investigaron las propiedades androgènicas de material obtenido de testículos animales y de orinas de voluntarios. Aunque Brown-Sèquard siguió creyendo que él había descubierto algo importante en el campo de la fisiología en el cual era considerado un experto, sí se mortificó mucho por lo ocurrido con la explosión de organoterapistas y de simples negociantes que encontraron una veta lucrativa en su publicación, que un tiempo después cayó en el desprestigio ante el escepticismo y desconcierto manifestado en muchas revistas científicas de la época; nadie podía creer que un numerario de la Sociedad Real Británica y de la Academia Francesa de Ciencias, que había realizado investigaciones de singular importancia en las principales ciudades de Europa y América, saliera con semejantes apreciaciones de tipo testimonial. Años más tarde Harvey Cushing lo calificaría como el Ponce de León (que buscaba la Fuente de la Juventud, en San Agustín, Florida) de nuestros predecesores médicos.

Cosas interesantes estaban ocurriendo en el campo de la tiroides, aunque quedaron algo ensombrecidas con la publicidad de los preparados testiculares. En 1891 George R. Murray logró resultados dramáticos en la recuperación de la fuerza muscular y el vigor intelectual en un paciente con mixedema que fue inyectado subcutáneamente con extracto fresco de tiroides de oveja. Esto hizo pensar a los académicos que sus investigaciones tenían importancia para su uso en la cama del enfermo, así que los casos de hipotiroidismo se empezaron a tratar con tiroides desecado y jarabe de rábano yodado, y el bocio endémico se empezaba a prevenir en Suiza en 1920 con la adición de yodo a la sal de consumo humano, procedimiento que en Colombia se inició en 1950. Por otro lado los prácticos encontraron aquí una razón más para utilizar preparados opoterápicos de múltiples glándulas (especie de “teriacas” a base de órganos). Ya en la segunda mitad del siglo diecinueve había fuertes controversias sobre aquellos empíricos que se lanzaban a tratar con toda clase de medios una amplia variedad de patología, y aquellos –como Oliver Wendell Holmes- que creían que el médico estaba para hacer diagnósticos, pronósticos y facilitar la recuperación de las enfermedades autolimitadas. En cuanto a la Materia Medica, bien podían tirarla al fondo del mar, para bien de la humanidad y desastre para los pobres peces.

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