Desarrollo de La Endocrinología

Endocrinología Molecular

El cirujano que descubrió el origen del hipotiroidismo

Como la ciencia concebida en el siglo XX, la endocrinología sin embargo no se encontraba integrada hacia el mil novecientos. Había una serie de datos –importantes pero dispersos- como las descripciones de Addison, el hipotiroidismo de Gull, los casos de cretinismo en los Alpes y en los Andes, la diabetes como un problema de siempre, los acromegálicos de

Pierre MariePierre Marie, los hipertiroideos de Graves, Parry y Basedow y el “rejuvenecimiento con extracto testicular” de Brown-Sèquard, que disparó la opoterapia. El descubrimiento fisiológico más importante fue –sin lugar a dudas- el hallazgo de la secretina por Bayliss y Starling, y el haber acuñado poco después el término “hormona”. A pesar de que por más de treinta y cinco siglos se había hablado de una anormalidades que correspondían a la glándula tiroides, y –no obstante las descripciones clínicas sobre las disfunciones tiroideas que hemos mencionado- las relaciones entre bocio o coto y la tiroides no se conocía hasta finales del siglo XIX; el bocio se describía como un broncocele, y el nombre tiroides se daba al cartílago, asignándose el mismo nombre a la glándula por Wharton en 1856 debido a su proximidad al cartílago. El coto era algo que había que remover –por la posibilidad de muerte por ahogamiento, por razones estéticas, por su posible malignización- pero no más; la mortalidad por las ocasionales tiroidectomías bordeaba el 40%. Antes de 1880, se ignoraba que la glándula tiroides tuviera funciones de importancia para el organismo. Se conocía el cretinismo y los casos de mixedema del adulto de Gull, pero no su origen tiroideo.

Pero en 1883 –en una época en que los intelectuales se comunicaban entre si más que todo por carta- el destacado cirujano Teodoro Emilio Kocher realizó una publicación (como fruto de su experiencia quirúrgica) sobre las consecuencias funestas de la tiroidectomía radical en el hombre. J. L. Reverdin había alertado a Kocher sobre posibles problemas y este procedió a revisar la evolución de las tiroidectomías que había practicado en los últimos diez años. Encontró que de ciento una, dieciocho eran extirpaciones totales de la glándula, y relacionó directamente a estas últimas con un cuadro clínico de grave deterioro general, físico y psíquico, que denominó “caquexia estrumipriva”. El propio Kocher modificó sus métodos quirúrgicos y se pasó a hacer lobectomías; Mikulicz empezó a realizar lobectomías bilaterales.

A partir de la comunicación de Kocher, hacia 1888 se resolvió que cretinismo, mixedema y “caquexia” postiroidectomía eran síndromes estrechamente relacionados, si no idénticos, y se debían los tres a la pérdida de la función tiroidea. Como consuetudinario investigador de esa glándula, en 1895 sugirió la posibilidad de que contuviera iodo, año en que el  bioquímico alemán E. Baumann lo descubriera. En 1903 utilizó los rayos X para tratar el bocio endotorácico. En 1909 ganó el premio Nobel de Medicina y la conferencia que presentó en dicha ocasión fue un verdadero estado del arte de la fisiopatología tiroidea. En 1914 –tres años antes de su muerte- logró el primer injerto tiroideo homólogo humano de un bocio tóxico que operó y trasplantó en la médula ósea tibial del paciente. Otros cirujanos que contribuyeron a la técnica de la tiroidectomía fueron Billroth –de la clínica de Kocher- Charles Horace Mayo y William Plummer (de la Clínica Mayo, en Rochester, Minnesota). Este último cirujano diferenció el bocio difuso tóxico –responsable de la enfermedad de Graves- del bocio nodular tóxico, que lleva el nombre de enfermedad de Plummer.

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