La Mulata de los Ojos Grises

Dr. Álvaro Monterrosa Castro, M.D

Proemio
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El olor a mangos maduros emergía con fuerza del árbol que crecía frondoso en uno de los parquecitos centrales de la Clínica de Maternidad “Rafael Calvo”. Ese olor dulzaino y cargado de aromas, que me hace recordar los vastos campos de las sabanas de Bolívar donde está sembrado mi pueblo, se metía intenso por todos lados, mientras la lluvia de un fresco agosto caía a cantaros a estas horas del medio día.

La mañana había amanecido fuertemente nublada, pero sólo hasta dos horas después de las nueve fue que se desgajó con fuerza el diluvio. Los estudiantes de la asignatura Medicina de la Mujer, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena, fuimos saliendo de las prácticas dirigidas que se cumplían en las diferentes salas y nos encontramos pronto metidos en la turbulencia del aguacero. Muchos regresaron a las salas a adelantar actividades o a guarecerse y esperar que escampase. Unos cuantos se lanzaron a las aguas que caían a borbotones para abandonar la Clínica, que parecía una gigantesca arca que navegaba sin horizonte y sin norte dentro de las aguas lluvias ya caídas que llenaban las calles, desbordaban las alcantarillas e inundaban impetuosas las casas de los barrios España, Alcibia y Bruselas. Otros pocos nos reunimos en pequeños grupos en los corredores de la Clínica.

Una corriente extraviada de viento frío empujó como atomizado un chorro de agua lluvia al corredor de la Clínica, el corredor que permite acceder a la oficina del Departamento de Ginecología y Obstetricia, de la Universidad de Cartagena. Los seis estudiantes que transitábamos por el pasillo nos apresuramos a buscar refugio y uno de nosotros empujó la puerta de la sala de profesores. Aprovechando que la estancia estaba desocupada, nos dispusimos a entrar, con la esperanza de no ser alcanzados de nuevo por una ráfaga de viento.

La primera en ingresar fue Moraima Barrios Marimón, mi compañera de estudios, natural de mi pueblo y amiga personal desde la infancia. De estatura espigada, la más destacada de las estudiantes de mi grupo y de muchos grupos, nuestra representante del curso. Inteligente, preparada y muy académica, sobria y delicada. Toda una elegante mujer poseedora de unos ojos infinitamente grises, que contrastaban con el color caoba de su tersa piel, dermis bella de tonalidad canela. Aventajada en sus cualidades físicas e intelectuales. Dueña de las piernas más hermosas que en la Universidad de Cartagena se vieron y se verían en muchos años, que ella sabía decorar con exquisita elegancia, con el recurso de unas minifaldas cuidadosamente elaboradas. Mujer pragmática, realista, siempre cariñosa con todos. Destacada por su don de gentes, pese a su temprana edad, era dueña de un aire, un carisma y una facilidad para las relaciones con los otros estudiantes y los docentes, lo que llevaba a que siempre impactara a todos con su presencia. Sencillamente deslumbrante y hermosa. Toda una reina. Había aprendido desde su cuna en la lejana Marialabaja, en el corazón mismo de los Montes de María, a resaltar con finura sus atributos, y a mezclarlos sin reparos y para sacar provecho, con la esencia de la vida cotidiana.

Ante nuestros ojos quedó la galería de las fotografías de los profesores que habían dirigido el Departamento de Ginecología y Obstetricia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena, desde antaño hasta el presente. Parecía un enorme friso colgado en todo lo alto de la pared, al fondo después de entrar. Todos nos sentimos atraídos por una fuerza importante que salía desde los ojos de los docentes perdurados en las fotografías, de color sepia las más antiguas y en colores las más recientes. Sin cruzar palabras, nos separamos de la mesa de juntas y nos fuimos acercando a la pared donde estaban colgadas las fotografías. Nuestras miradas se resbalaron por los textos que señalaban los nombres y las fechas en que ejercieron los cargos.

– Son todos los jefes que ha tenido el Departamento de Ginecología y Obstetricia-, dijo Moraima sin ínfulas y sin que ninguno de nosotros le preguntara.

Señaló a las primeras fotos y nos precisó que “todos estos no fueron Jefes del Departamento, ya que el Departamento de Ginecología y Obstetricia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena, sólo sería creado después de la huelga de mil novecientos cincuenta y nueve”. Para ese entonces, los años andados por la Universidad de Cartagena y la Facultad de Medicina ya se contaban por cientos y el camino realizado, los logros alcanzados y los hechos trascendentales sucedidos estaban inscritos en letra de molde en los anales conservados en los archivos.

Ella no lo dijo, pero nosotros sentimos que se aprestaba a contarnos una historia que todos queríamos escuchar. Sin que nadie lo ordenara, pronto todos nos fuimos sentando en las sillas que rodeaban la mesa de juntas y nos aprestamos a que Moraima nos relatara la historia, cuyo presente vivimos, para saber dónde fue que nacimos y cómo es que hemos ido creciendo, aprovechando que el diluvio que se sucedía allá afuera y que se incrementaba con el paso del tiempo, empapaba todo lo existente.

Moraima comenzó su relato diciendo que “la Universidad de Cartagena fue creada por el decreto expedido el seis de octubre de mil ochocientos veintisiete por el General Simón Bolívar, e instalada el once de noviembre de mil ochocientos veintiocho en el local que fue convento de los Agustinos Calzados, residentes en la Ciudad de Cartagena. El nombre inicial de la Institución fue ‘Universidad del Magdalena e istmo’, luego cambiado a ‘Universidad del Segundo Distrito’, ‘Colegio Provincial de Cartagena’, ‘Instituto Boliviano’, ‘Colegio de Bolívar’, ‘Colegio del Departamento’, ‘Colegio Fernández Madrid’, ‘Universidad de Bolívar’ y, finalmente, el actual: Universidad de Cartagena. Para el año de mil novecientos dieciseis, ya se denominaba Universidad de Cartagena”.

“Por su parte, la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena nació en el año de mil ochocientos treinta, sin que existan documentos que puntualicen la fecha exacta. En su libro: Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena: su historia, el doctor y profesor de Otorrinolaringología, Edwin Maza Anaya, señala que el primer nombre fue: Facultad Médica del Distrito Universitario del Magdalena e Istmo. No obstante, se considera que el real nacimiento puede ser en mil ochocientos veintiocho, luego de reuniones y de la conformación de un grupo de señores teguas o protomédicos”.

Sala de la Facultad de Medicina

Moraima extendió el brazo, de una silla cercana tomó su morral rojo y negro marca ‘Totto’ que le acompaña siempre. Lo abrió y, sonriendo, introdujo la mano sin mirar siquiera, para del fondo extraer un libro amarillento y antiguo. Su mirada, su sonrisa y sus ademanes me recordaron a los ilusionistas que en los circos sacan un conejo de un sombrero. En la portada del libro estaban la silueta de la fachada del Convento de Santa Clara de Asís, por los años en que allí funcionó el Hospital Universitario ‘Santa Clara’ y la del Hospital Universitario de Cartagena. El autor de libro es el doctor Horacio Zabaleta Jaspe, docente de la Facultad de Medicina a quién no conocimos, y el título del libro es Réquiem por un viejo hospital. Con delicadeza, Moraima apretó el libro entre sus dos manos, lo acarició en la portada y en la contraportada, respiró profundo para llenarse de su esencia, lo recorrió como quien recorre una joya, le estampó en el lomo el beso que de ella todos deseabamos y, con la ayuda de un separador fucsia, se fue a la pagina catorce y leyó en voz alta:

“La medicina costeña tiene sus arraigos y fuerza en la isla conocida como el arrabal de Getsemaní o Gimaní”. Cierra el libro sin perder la página y nos dice que Rafael Ballestas Morales en su libro Cartagena de Indias: Relatos de la vida cotidiana y otras historias, señala que la isla fue denominada en inicios isla de San Francisco, y estaba separada de la Cartagena colonial por el caño de La Matuna o de San Anastasio, que corría por lo que hoy es la avenida Venezuela, desde la Laguna de Chambacú hasta la Bahía de las Animas. Su primer dueño fue Rodrigo Durán, compañero y amigo de Pedro de Heredia.

Posteriormente, la isla fue vendida al Clérigo Juan Pérez de Materano (o Maturana, según revela Donaldo Bossa Herazo en su libro: Nomenclator Cartagenero), quien la rebautizó con el nombre de Getsemaní. Nos dice que en el libro Getsemaní, historia, patrimonio y bienestar en Cartagena, se señala que en la segunda mitad del siglo dieciséis, en la isla se asentaron muchos inmigrantes de diferentes latitudes.

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