Conmemoraciones: Psicoanálisis y Cultura

Académico Dr. Adolfo De Francisco Zea

Por deferencia especial de mi amigo y colega, el doctor Guillermo Sánchez Medina, he sido distinguido con la grata misión de llevar brevemente la palabra en esta sesión solemne de nuestra Academia, en la que se conmemora con afecto y respeto el nacimiento de Sigmund Freud hace ciento cincuenta años, y se celebra además con similar afecto y consideración el de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis hace ya medio siglo.

El asunto que intentaré abordar en esta tarde es de interés y permanente actualidad: el Psicoanálisis y la Cultura. Se trata de un tema cuyo sólo enunciado abriría amplios y numerosos caminos a cualquier exposición más extensa que esta. Para cumplir en los breves minutos de que dispongo con el encargo que se me ha confiado, me concretaré solamente a indagar sobre algunos aspectos del momento cultural que imperaba en Europa cuando Freud hizo su aparición en el escenario científico e intelectual de Viena.

En Viena, “Ciudad de los Ensueños” como se la llamaba en esos días, Freud quitó el velo al misterio del inconsciente del ser humano, estructuró con maestría una nueva visión de los conflictos de la mente y descubrió el psicoanálisis como nuevo y adecuado sistema de tratarlos. Y en virtud a su innato talento y a su excelente formación intelectual, logró además penetrar profundamente en el mundo psicológico de la mitología, la literatura, el arte, la religión, y la cultura misma.

Una época interesante, por demás, sobre la que se han hecho numerosas investigaciones que han dejado como legado brillantes aportes a la historia y a la sociología de los siglos XIX y XX; una época de transformaciones culturales notables que la historia de nuestro tiempo conoce con os nombres de modernidad y postmodernidad. El sentido que se da a las palabras modernidad y postmodernidad facilita situar la figura del creador del psicoanálisis en su medio y su tiempo concretos para poderla estudiar más provechosamente desde nuestra propia perspectiva actual.

Ello permite una mejor comprensión de sus postulaciones en el campo de la psicología normal y patológica, a la vez que admite la exploración de su pensamiento, que se extiende deslumbrante a muchos otros diferentes aspectos del momento cultural en el que le correspondió vivir.

Es habitual entre los historiadores de occidente relacionar la aparición de la Edad Moderna, y con ella el surgimiento de la Modernidad, con el triunfo de la Revolución francesa hace poco más de dos siglos. En la noche del 4 de agosto de 1789, tan sólo tres semanas después de la toma de la Bastilla, la Asamblea Nacional aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; y a partir de ese instante, el sistema feudal que había regido por más de mil años en Europa desapareció para siempre de Francia.

Se había instaurado una Nueva Edad en el mundo, una nueva época sometida en adelante a la autoridad de la Razón y a lo que ésta podía alcanzar mediante el libre examen. La fraternidad de la humanidad toda; la libertad de pensar, de disentir, de hablar y profesar credos religiosos libremente escogidos; la igualdad de los seres humanos y sus derechos, incluidos en ellos los de los enfermos mentales, señalaron el paso gigantesco de las antiguas estructuras feudales y monárquicas a nuevos sistemas más acordes con las aspiraciones democráticas y espirituales del hombre.

Para la razón ilustrada, nacida de la lucha contra el absolutismo, la modernidad representaba la llegada del hombre a su madurez plena; una filosofía moderna que reclamaba el derecho a la libertad individual y a la igualdad, cuya tarea, como lo señalaba Josef Picó, era “construir un mundo inteligente donde la razón institucionalice el juego de las fuerzas políticas, económicas y sociales en base al libre contrato entre seres iguales”. La filosofía de la modernidad se presentó a las gentes como un proceso de diferenciación y delimitación, separado de la tradición de un pasado cuyo poder debía ser destruido.

Los intentos de ruptura con la tradición propugnados por la filosofía de la modernidad, se acompañaron de empeños casi incontrolables por avanzar con rapidez hacia el anhelado progreso que todos deseaban; un progreso que, sin embargo, se mostraba cada vez más ilimitado, más ilusorio y más distante.

Era característica principalísima de la modernidad su marcha obsesiva y terca hacia adelante; no porque se pretenda alcanzar más, sino porque nunca se avanza lo bastante; no porque se incrementen los retos y las ambiciones, sino porque las ambiciones se frustran a menudo y los retos en general son enormes, además de severos. La marcha de la modernidad debía proseguir inexorable hacia adelante porque todo lugar de llegada es tan sólo una estación provisional. El tiempo lineal de la modernidad se extendía en consecuencia entre el pasado que no puede perdurar y el futuro que no logra existir, sin lugar a etapas intermedias. En esto estriba la gran tragedia del progreso de la modernidad; igual tragedia a la ejemplarizada siglos atrás en el mito de Sísifo.

La vorágine de la vida moderna, como lo ha señalado el escritor Marshall Berman, es impulsada entre otras muchas causas por los descubrimientos de la ciencia que han cambiado la imagen que se tenía del universo y de nuestro lugar en él; por la industrialización de los medios de producción que transforman el conocimiento científico en tecnologías cada vez más avanzadas; por la explosión demográfica y los grandes desplazamientos humanos que, en buena parte de nuestro mundo, separan a millones de seres de su hábitat ancestral lanzándolos a nuevas e impredecibles vidas; por los crecimientos urbanos rápidos y caóticos, y en fin, por los sistemas dinámicos de las comunicaciones que unen en sólo un instante sociedades y pueblos diversos.

El vértigo de la velocidad llegó y se estableció en la vida de los seres humanos como uno de los rasgos más distintivos de la modernidad. Otra característica propia de la modernidad es su soberbio y orgulloso empeño por fragmentar el mundo en un intento vano por controlar y dominar el caos. La división de los conocimientos en múltiples segmentos establece áreas delimitadas, soberanas e independientes, tanto en el campo del pensamiento mismo como en los terrenos de la acción. La proliferación de las diversas áreas del saber condujo al surgimiento de especialidades y subespecialidades cada vez más circunscritas, por medio de las cuales se intenta conocer más y más acerca de cada vez menos y menos hasta llegar a saber todo de nada. Se pierde entonces la visión de conjunto del hombre, del mundo, de los problemas, y en consecuencia de las soluciones. El paisaje universal de la modernidad aparece como un mosaico de pequeños retazos sin visiones totalizado ras que señalen el sentido del cuadro.

Para los sociólogos influidos por el pensamiento filosófico de Max Weber, el hombre como sujeto, como ser vivo capaz de dar respuestas en el mundo y sobre el mundo, ha desaparecido. Las ideas pesimistas de los seguidores de ese pensador, han producido consecuencias sociales y políticas negativas de vasto alcance. Algunos intelectuales bien conocidos de la derecha y el centro como Oswald Spengler y Ortega y Gasset, han sostenido que las masas que se apretujan en las calles no tienen la sensibilidad, la espiritualidad y la dignidad que les conceda el derecho a gobernarse y poder gobernar a los demás. Los pensadores de la izquierda, por su lado, consideran que el alma de las masas está vacía de tensión interior y dinamismo; que carece de las instancias psicológicas del yo, el ello y el superyo que postulara Freud para el hombre; que su vida interior, sus ideas, sus necesidades y hasta sus mismos sueños, no son suyos.

Las masas, sencillamente, están programadas para producir solamente los deseos que el sistema social puede satisfacer. Los hombres modernos, afirma Marcuse en “El Hombre Unidimensional”, “se reconocen en sus mercan cías; encuentran su alma en su automóvil, en su equipo de alta fidelidad, en su casa de varios niveles, en el equipamiento de su cocina”. La imposibilidad de cambio, proclamaba con insistencia a voces plenas y en diferentes ámbitos, ha conducido a muchas gentes al estéril terreno de la futilidad y la desesperanza.

Los críticos del siglo XIX entendieron la forma en que la tecnología y la organización social contemporáneas determinaban el destino de los seres humanos. Algunos consideraron sin embargo, y no sin cierto idealismo, que el hombre tenía la capacidad de comprender cuál era su destino para poder luchar eficazmente contra él; que en medio del difícil presente el hombre moderno podía avizorar un futuro más amplio y más abierto.

La visión afirmativa de la modernidad, como contraste frente al progreso exclusivamente material del mundo, fue desarrollada en los años 70 del siglo XX por grupos heterogéneos de personas que se autollamaban postmodernistas; grupos que intentaban “abrir los ojos a la vida que vivimos”, como decía John Cage. La disposición anímica de los postmodernistas significó, entre otras cosas, la ruptura de las barreras entre el arte y otras muchas otras actividades humanas, como los espectáculos, la moda, la tecnología industrial, el diseño y la misma política; y estimuló además a los escritores, pintores y escultores a romper las fronteras de sus especialidades para trabajar conjunta mente en actuaciones que combinaran métodos diversos y crearan otras artes más ricas y polivalentes.

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