Neurobiologia del Prejuicio Social, Nuestras Acciones Interfieren con la Percepción

Si no inhibes tus propios movimientos durante el proceso de observación y análisis del movimiento de tu congénere, no puedes copiarlo en forma adecuada. Si no escuchas las palabras (movimientos articulatorios) detenidamente sin interrupción no aprendes. El mejor alumno es el mejor escucha y “el que no oye consejo no llega a viejo”. Y ¿por qué no escuchas? Porque tienes problemas con tu corteza frontal dorso lateral.

El yo y el movimiento

El yo nace de nuestros movimientos proximales. Entre más cerca se ejecuten o desplieguen en el espacio circundante, más propios, más míos. Lo distal es ajeno.

Las descargas frontales corolarias se envían a los otros sentidos, en particular al sentido visual y a la corteza parietal inferior donde clasificamos, categorizamos y denominamos la actividad psicomotriz como propia o ajena. El yo crece por repetición estadística de nuestros movimientos más proximales.

La interacción social es el intercambio de mis movimientos con los tuyos. Si no hay Yo y Tú, no hay interacción. Por otro lado el amor ideal es la identificación total en donde al no haber diferencia “de tús y yos” no hay ansiedad. En resumidas cuentas la felicidad es un estado de paz, sin ansiedad. Y el amor es felicidad. Y la procreación es la síntesis de los yos a través de movimientos.

“Todo depende del lente con que lo mires” o “Uno habla de la feria de acuerdo a como le fue en ella”, rezan los adagios populares. ¿Qué está la gente tratando de decir? Que la percepción e interpretación de la realidad visual es eminentemente individual. El doctor Glenn Smith de Georgia Tech nos recuerda ahora que incluso el azul del cielo no es el mismo azul para ti o para mí.

Depende de nuestros conos retinianos. El azul celestial lo causan aquellas ondas del espectro visual de frecuencia corta que se dispersan con más facilidad en la atmósfera.

El azul y el violeta son colores de onda corta con longitud entre 400 y 450 nanómetros o billonésima de metro. El rojo por lo contrario que es de onda larga, penetra más en la atmósfera ya que contiene más quantas de energía fotónica. Esta es la razón por la cual los atardeceres son rojizos.

El sol esta más lejos de la tierra en ese momento y sólo percibimos las ondas de mayor energía que alcanzan a llegarnos antes de la caída de la noche. Pero –se pregunta el Doctor Smith- ¿por qué no vemos el cielo violeta si contiene energía de menos longitud de onda que la banda azul? Muy sencillo -nos explica- los cinco millones de conos no absorben ondas puras con una longitud específica de nanómetros. Absorben un “espectro de espectros”, así que los colores que percibimos son la suma algebraica de espectros vecinos o circundantes. El color percibido representa la suma de dichas frecuencias. Por ejemplo rojo más verde es amarillo.

Para nosotros es lo mismo el amarillo puro que el amarillo híbrido de rojo y verde. En contraposición la suma de violeta y azul nos da azul ya que el color violeta híbrido o mezclado con azul lo perciben los conos como azul + blanco, es decir, azul. Como el azul es la mayoría de las veces una formula o una “receta” (mi azul no es tu azul). Pero no sólo eso; la visión de los primates es tricromática de acuerdo al tipo de conos retinianos. Mamíferos inferiores como los perros tienen visión dicromática, luego su cielo ¡no es del mismo azul que el de su amo!

La percepción facial es muy compleja y sobre ese tema nos ocuparemos en un futuro. Quiero enfatizar y para ello menciono el estudio del Doctor Smith (American Journal of Physics 73: 590, 2002) que así como un solo color no es exactamente el mismo para ti ni para mí, tampoco son las caras. Las caras ofrecen para cada uno historia evolutiva, gesto, actitud, mensaje silente y como lo veremos enseguida, rasgos raciales y colores diferentes. Es un fenómeno neurobiológico al cual se asignan valencias emotivas de diverso significado o índice, como dicen los expertos. No podemos decretar las leyes de la naturaleza para hacerlas compatibles con “políticas correctas” igualitarias y justas. Simplemente tenemos que aprender a convivir con nuestras diferencias biológicas y psíquicas por razones sociales altruistas.

¿Cuáles son las bases neurobiológicas de la honestidad y del engaño?

Es apremiante para la sobrevivencia individual identificar las intenciones de nuestro congénere o del otro ser interactuante si se trata de un animal. ¿Está ocultando un cuchillo detrás de su espalda? ¿Es el bulto en su pantalón causado por un revólver que lleva oculto? ¿Me va a morder? Estudios hechos en París y Londres utilizando fMRI demostraron que nosotros distinguimos entre la conducta deliberadamente engañosa de otros individuos y su conducta honesta.

Es más, podemos distinguir entre la conducta equivocada pero no engañosa de otros y la conducta honesta y a la vez correcta (4). Esto a pesar de que biológicamente estamos predispuestos a confiar y creer en los otros con el objeto de facilitar el intercambio social. Al visualizar a un actor a quien se le ha dado la información equivocada sobre el peso de una caja que ha de levantar en vilo, nosotros adivinamos la actitud de sorpresa del actor mientras que activamos la circunvolución temporal superior, la corteza del cíngulo, la corteza frontal dorso lateral y el cerebelo. Este circuito nos revela la transgresión de la expectativa motora. Cuando observamos sin embargo al actor que en forma deliberada está tratando de engañarnos, activamos, además de las áreas mencionadas, el núcleo amigdalino.

La amígdala tiene entonces el rol agregado de asignar un valor afectivo-moral a la acción observada. Si bien las áreas mencionadas arriba identifican para nosotros las trasgresiones de expectativa psicomotriz, la amígdala nos informa de las trasgresiones morales. Aquellos que sufren de paranoia, si se quiere una forma extrema de ansiedad, son supersensibles al rechazo o desaprobación en cuando asignan a las acciones neutras valencia negativa o equivalente a una transgresión moral.

La emoción condiciona la atención

Los humanos identificamos con mucha mayor facilidad figuras que en forma individual y específica nos causan temor -culebras o arañas por ejemplo cuando ellas se encuentran camufladas en un arreglo que incluye una mayoría de figuras que no nos causan temor. Este hallazgo es independiente del número de distractores incluidos en el arreglo visual. Lo que tememos lo vemos primero y más pronto, afortunadamente… ¡Por algo será!

El temor, la conciencia y el sistema autonomico

Estímulos visuales amenazantes (vg., un rostro hostil) engendran actividad metabólica exagerada de la amígdala incluso cuando el estímulo es de tal brevedad que no se percibe concientemente o cuando el estímulo se enmascara y camufla en tal forma que no lo puede reconocer el sujeto investigativo. Esto se demuestra con estudios simultáneos psico-galvánicos o de conductancia eléctrica de la piel que pueden detectar la reacción autonómica de alerta en ausencia de percepción conciente. La percepción conciente del rostro hostil se asocia a activación de la ínsula que discrimina sobre el significado del estimulo.

Pacientes con Deficiencia Autonómica Primaria (DAP) que se caracteriza por degeneración y denervación secundaria puramente de orden autonómico periférico, no alertan el sistema autonómico en forma refleja normal cuando están expuestos a estímulos amenazantes. Ni la amígdala ni la ínsula de estos individuos reaccionan al estímulo. Ellos constituyen -desde mi punto de vista- “el soldado perfecto” ya que al no percibir la amenaza tampoco les importa. Como reza el dicho “ojos que no ven, corazón que no siente”. En el síndrome de Williams se mantiene la reactividad amigdaliana a los estímulos aversivos intrínsecos, por ejemplo el sabor desagradable de ciertos alimentos, pero ellos carecen de habilidad discriminatoria social de conductas potencialmente hostiles dirigidas contra ellos.

En otras palabras, los individuos con Síndrome de Williams son “los perfectos amigos”. Nunca se ofenden. El estudio conducido por Hugo Critchley y colaboradores (5) del Instituto de Neurociencia Cognitiva de Londres utilizando al igual fMRI define la fisiopatología de los siguientes sNucleos amigdalianosíndromes (Fig.2)

1. Alexitimia: Siento pero no reconozco ni discrimino entre mis sentimientos, Vg., entre ira y temor, ternura y fatiga, taquicardia fi siológica y ataque de pánico, disnea por ejercicio y ataque cardiaco. A (¿Amígdala?): I: (¿Ínsula?)
2. Prosopagnosia; No te conozco con los ojos (no puedo decir quién eres) pero te conozco con el corazón. A: ++, I: –
3. Síndrome de Capgras: Sé que eres idéntico a mi padre, pero sólo te estas haciendo pasar por él. A:-, I: +.
4. Insensibilidad Congénita al Dolor: Ni siento ni me importa (DAP). A: -, I: +.
5. Indiferencia Congénita al dolor: Siento, pero no me importa. A: +, I: -.

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