Capítulo XV: Reflexiones En Torno Del Derecho A Morir Dignamente. La Eutanasia

Eutanasia

*Conferencia dictada en la Academia Nacional de Medicina, Bogotá, agosto de 1989.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

En los últimos años ha venido tomando fuerza en Europa y en las Américas la iniciativa de llamar la atención sobre el derecho que debe asistir a cualquier ser humano de morir con dignidad. Tal iniciativa, por supuesto, no se ha originado en los círculos rnédicos.

Han sido personas ajenas a la Medicina las que han denunciado la manera como la tecnología médica ha contribuido a que muchas veces se libre la batalla contra la muerte en circunstancias heroicas y en ocasiones inhumanas, con resultados no siempre afortunados.

Me explico: enfermos colocados por la naturaleza en condiciones terminales, en virtud de una enfermedad avanzada o intratable, y consideradas ya por la ciencia médica en la categoría de desahuciados o “no recuperables”, son sometidos a procedimientos mecánicos, intensivos, con la única finalidad de prolongarles la vida, es decir, la agonía.

Muchos médicos, en su loable intento de no dejarse derrotar por la muerte, han mantenido vigente el hermoso precepto que de seguro escucharon a alguno de sus maestros: “Mientras haya un soplo de vida, habrá esperanza”, sin reflexionar sobre su verdadero significado.

Muerte y dignidad

Para poder desarrollar adecuadamente el tema del ocupo, es necesario conceptuar desde un principio términos que le sirven de marco: muerte y dignidad.

La muerte es la terminación de la vida, la desaparición física del escenario terrenal donde hemos venido actuando y viene a ser, por lo tanto, el ultimo e inevitable acto de nuestra existencia. Sencillamente, es él precio usual que pagamos por haber vivido. Es que -como dijera el famoso anatomista francés xavier B¡chat “la vida no es otra cosa que el conjunto de funciones que resisten a la muerte”1, resistencia que inexorablemente es vulnerable, tiene un límite.

La vida, por otra parte, nos pertenece. Es algo personal e intransferible (No entró por supuesto a plantear si la vida es o no del creador, porque sería pisar terrenos metafísicos, los cuales no están contemplados en mi exposición). De igual manera1 la muerte es también algo personal e intransferible. Por eso creo que puede afirmarse con propiedad qué el individuo muere su propia vida y vive su propia muerte.

Pero sucede que el hombre y la mujer transitan sus propias vidas alentados o estimulados por pequeñas o grandes aspiraciones, que algunos llaman los “acicates”, los incentivos para vivir. De estos, dos son, en mi concepto, los que se constituyen en mínimas aspiraciones de cualquier individuo: ni miseria, ni dolor.

Aún más, creo que de simples anhelos se convierten en un derecho inalienable, dentro de cualquier contexto socio-poiítico o religioso. El hecho de aspirar a no vernos colocados en circunstancias que inspiren lástima y compasión ante los ojos de los demás, configura una actitud frente a la vida, que se llama dignidad.

Dignidad es, como dice el Diccionario de la Lengua Española:

Un comportamiento con gravedad y decoro , una “cualidad que enriquece o mantiene la propia estima y la de los -demas . Si en verdad nos estimamos a nosotros mismos no iremos a aspirar jamás a que se nos compadezca por nuestro estado de miseria y de dolor.

Pero así como tenemos el derecho de vivir con dignidad se asume que también tenemos el derecho de morir con dignidad. En ese trance final vamos a vivir nuestra propia muerte y queremos que ésta ocurra rodeada de dos mínimas aspiraciones: ni dolor. De esa manera no perderemos en el momento supremo la estima que nos debemos tener y la que queremos; que los demás nos tengan. Se configura así una actitud frente a la muerte, que se llama dignidad.

La muerte de Sócrates, tal corno La describe Platón en Faidón2, es el mas hermoso ejemplo de muerte Con dignidad. El filósofo, modelo de templanza y de moralidad, poco antes de emprender el viaje sln retorno creyó prudente ir a bañarse para evitar con ello que las mujeres como era costumbre, tuvieran, luego de muerto, que lavar su cadáver. Una vez limpio bebió el veneno, hasta la, última gota, y cuando sintió sus piernas ya pesadas, se acostó dignamente sobre sus espaldas, despertando la admiración de cuantos lo rodeaban.

En cambio, nuestro gran poeta Porfirio Barba-Jacob de miseria y de dolor, físico y moral, exclamó poco antes “Presento disculpas por esta agonía tan poco gallarda”3 habiendo perdido su propia estima y la de los demás, no le restaba al insigne poeta sino ofrecer excusas por la muerte nada digan a que estaba viviendo.

La muerte hoy

Pero veamos de qué forma la medicina y los médicos se han visto involucrados en este proceso de la dignidad y de la muerte. Revisemos, en primer término, lo que ha sucedido hoy con el acto final de nuestras vidas.

La muerte no suele ocurrir ahora, como ocurría antes, en la tranquilidad del hogar. Lo común es que nos toque expirar en un centro asistencial, rodeados de una junta de médicos y de todo el aparataje que la tecnología moderna ha puesto al servicio de la medicina.

Por supuesto que morir sencilla o complicadamente depende, de manera particular, de nuestra posición social y de la importancia que los demás nos hayan asignado. No es lo mismo que el mozo Juan Lanas, el hombre humilde y desconocido, esté en trance de muerte, alo que lo este un General Francisco Franco, o un mariscal Tito, o un Presidente Neves, o el emperador Hiroito, Aquél fallece rápido sin que se acuda a memorias extraordinarias, muchas veces existiendo posibilidades de recuperación.

Los otros, por su condición de personajes, no obstante su senectud y su precaria salud, vienen a ser objeto de un encarnizamiento terapéutico, producto de la soberbia médica puesta al servicio de una causa perdida.

Antes la gente moría según su voluntad, en su propia cama, sin muchos padecimientos, con la reconfortante presencia de los allegados íntimos y con el médico de la familia, el de cabecera, siempre listo a aliviar la agonía, consciente de que su papel, vencido va el organismo, no era otro que el de obrar con verdadero sentido humanitario.

En cambio hoy las salas de cuidados intensivos y de cuidados especiales son escenario de lo que alguien llamó acertadamente:

“El encarnizamiento terapéutico”, el cual he mencionado atrás, sinónimo de “distanasia”, vale decir, de la utilización de procedimientos encaminados a diferir una muerte bienhechora.

La distanasia

Es aquí donde se encuentra el meollo del conflicto, dado que la prolongación de la vida en circunstancias tales no está científica ni humanamente justificada. Es que riñe con los derechos del paciente y con principios de ética profesional.

Dejar morir en paz es un deber elemental, una obligación ética del médico. Elie Shneour, bioquímico y neurólogo norteamericano, conocido mundialmente por sus trabajos sobre el efecto de la desnutrición sobre el desarrollo del cerebro, decía alguna vez con plena razón: “Nuestra sociedad moderna ha hecho de la muerte una tragedia porque no sabemos comportarnos con ella (…). La evitamos.

Retiramos a los moribundos del mundo de los vivos, lo que es una de las cosas más crueles que podemos hacer. Los “encerramos” en los hospitales y los acorazamos de aparatos. Los aplastamos bajo nuestra tecnología inhumana y, peor aún, los olvidamos”4.

La muerte, en mi concepto, debe intentar diferirse por todos los medios disponibles, si existe la posibilidad -ojalá la certeza- de que el enfermo podrá seguir viviendo, entendiendo como “seguir viviendo” la autoconsciencia de que se vive y, preferiblemente, de que se vive sin despertar conmiseración.

En los últimos cincuenta años han surgido recursos heroicos que hacen factible que los médicos puedan prolongar la vida de sus pacientes críticamente enfermos: hidratación y equilibrio electrolítico, hiperalimentación, diálisis, antibióticos, cirugía cardiaca, respiración artificial, trasplantes, resucitación cardiopulmonar… Desafortunadamente no siempre la calidad de vida que se ofrece haciendo uso de aquellos está de acuerdo con la dignidad de la persona.

Hay algo más:

Las unidades de cuidados intensivos no fueron creadas ni diseñadas pensando en la parte afectiva, sentimental del paciente. Son totalmente deshumanizadas: espacios reducidos en los cuales hay inevitable promiscuidad, con la pérdida de la privacidad (si se me permite el término) de los pacientes. Como hay restricción o supresión de visitas, queda el enfermo aislado del medio familiar y de sus caros afectos, negándosele uno de los apoyos emocionales más importantes.

Los equipos mecánicos, nionitorizados, con sus tubos, cables, luces y alarmas, hacen el ambiente más tétrico e inducen a mayor ansiedad. Además, hay movimiento inusitado de médicos y enfermeras, órdenes a voz en cuello, carreras, equipos y aparatos que se movilizan, resucitadores que se ponen en marcha, camillas en que ingresan pacientes críticos y en que sacan cadáveres… No puede ignorarse que muchos pacientes internados en las unidades de cuidados intensivos logran superar la enfermedad crítica y recuperarse favorablemente.

Pero hay otros que salen de ellas con destino a las salas de cuidados especiales para permanecer allí semanas, meses o años, sin esperanza de recuperación alguna, haciéndose acreedores a la conmiseración general al quedar convertidos en un verdadero vegetal. Sí, son vegetales pues “‘viven” pero carecen de las características propias del hombre: personalidad, memoria, sociabilidad, capacidad de acción, sentimientos, reflexión, etc.

No hay duda de que se les coloca en el máximo estado de miseria que puede atravesar una persona, un ser humano. vienen a ser como otros nuevos valdernares.

Me refiero al personaje que utiliza Edgar Allan Poe en su relato “Los hechos en el caso del señor valdemar”5. Quienes lo hayan leído no habrán podido sustraerse al sentimiento simultáneo de misericordia y espanto que despierta.

El señor valde mar era un enfermo de tuberculosis que, estando in artículo mortis:

Fue sometido a hipnosis mesmeriana con el propósito de ver si era posible diferir su muerte. En efecto, en medio de la sorpresa de ios médicos, se logró mantenerlo en estado de sueño durante casi siete meses.

Cuando al fin el hipnotizador decidió despertarlo el pobre valdemar exclamo: “¡Por amor de Dios! ¡De prisa, de prisa! ¡Despiérteme deprisa! ¡Le digo que estoy muerto!”. Ciertamente, en pocos segundos se encogió, se pudrió entre las manos del insensato hipnotizador.

Recordemos ahora lo ocurrido a la joven norteamericana Karen Quinian, quien duró en estado vegetativo desde abril de 1975 hasta julio de 1985,0 lo sucedido a Elaine Esposito, quien en 1941 entró en estado de inconsciencia luego de haber recibido anestesia para una cirugía y vino a morir en 1978, es decir, 37 años después, sostenida todo este tiempo de manera artificial. Por supuesto que los dos casos citados son hechos insólitos por la duración de su agonía.

Pero basta, creo yo, que esa distanasia se prolongue una o dos semanas, unos pocos días, para que ya se esté atentando contra el derecho a una muerte digna. Es que algunos médicos intensivistas olvidan a veces que las dos terceras partes de los pacientes que están sostenidos por un respirador artificial durante un coma de por lo menos seis horas de duración habrán muerto en el plazo de un mes, no obstante haberse usado toda la tecnología. Asimismo, un seis por ciento podrá permanecer en estado vegetativo persistente.

vale la pena, para entendernos mejor, precisar algunos términos que esa nueva tecnología médica ha acuñado, términos que he venido usando. En primer lugar. se considera como “paciente crítico” aquel individuo cuyo estado de salud se halla tan comprometido que hace temer, con fundamento, en un cercano desenlace.

Por supuesto que no todo paciente crítico está condenado a morir como consecuencia de su estado patológico actual:

Algunos son potencialmente recuperables, pronóstico que debe hacer un médico capaz. Hay otros, por el contrario, que, a pesar de todas las medidas y procedimientos convencionales y extraordinarios puestos a su servicio, no pueden ser rescatados, vale decir que para ellos no hay ninguna posibilidad de mejoría y curación. Se trata entonces de “estados terminales”, definición suficientemente expresiva, en virtud del daño y deterioro físico de los enfermos.

En esta circunstancia como en la del paciente crítico, puede tratarse de, una persona lúcida, competente mentalmente o por el contrario, inconsciente, por un estado comatoso, o mentalmente incapaz, como sería el caso de un lactante, o de un débil mental, o de un anciano con enfermedad de Alzheimer avanzada.

Me he detenido en estas definiciones pues el “derecho a morir dignamente” tiene que ver en particular con pacientes críticos, en estado terminal, capaces o incompetentes mentalmente, recuperables o no. Precisamente, corresponde al médico clasificar a su paciente en una de las categorías analizadas, pues él, en últimas, será el responsable de lo que pueda ocurrir.

Aquí se ponen a prueba su idoneidad profesional:

Su prudencia y su consideración. Si su buen juicio y su experiencia han establecido que ningún tratamiento hará reversible el estado crítico, debe abstenerse para no mortificar al paciente, para no despertar falsas esperanzas en éste ni en sus allegados, para no gravar más los costes de la enfermedad. Antes de poner en marcha procedimientos Heroicos, encaminados a sostener la vida, debe tener presente que el retiro de ellos puede derivar en circunstancias, difíciles de predecir.

Por eso se hace aconsejable que antes de actuar ponga al corriente de la situación al enfermo. Si ello es posible, y a sus familiares más cercanos. No es excusable que el medico olvide que su paciente es un elemento activo del proceso de enfermedad, con el que hay que contar antes de procede, a no ser, claro está, que se trate de una situación especial de emergencia.

Los derechos del enfermo

El enfermo tiene derechos que el médico siempre debe respetar. a sabiendas de que pueden ser transferidos por expresa voluntad o por tácito derecho de consanguinidad. Encuentro prudente, por eso, recordar cuáles son, advirtiendo que aun cuando no hayan sido recogidos en Colombia por ningún código6, nunca deben ser preteridos. Esos derechos podemos resurnirlos así:

  1. Tener acceso a los servicios asistenciales y usufructuar de los beneficios de la Medicina.
  2. Recibir cuidados suministrados con consideración y respeto.
  3. Recibir información suficiente y clara acerca de su enfermedad, el curso del tratamiento y las perspectivas de su recuperación.
  4. Ser consultado y obtener su consentimiento sobre procedimientos diagnósticos y terapéuticos, advirtiéndosele los riesgos a que puede exponerse si se omiten o se practican.
  5. Conocer el nombre y la experiencia de quien los va a practicar.
  6. Conocer plenamente sus costes económicos.
  7. Aceptar a rehusar los procedimientos diagnósticos o terapéuticos que le hayan sido propuestos.
  8. Señalar la o las personas en quienes pueda delegar la autoridad y la responsabilidad en la toma de decisiones relativas a esos procedimientos.
  9. Ceder o no sus órganos para trasplante o para estudios especiales.

Algo sobre eutanasia

La palabra eutanasia deriva del griego eu bien y thánatos muerte. Según el Diccionario de La Real Academia significa muerte sin sufrimiento físico y, en sentido restricto, la que así se provoca voluntariamente”.

Hemos establecido que uno de los aspectos sobresalientes de la muerte con dignidad es la ausencia de dolor, es decir, de sufrimiento físico. Podría pensarse entonces, en forma desprevenida, que la eutanasia tiene cabida plena en el proceso de una muerte digna. Aún más, muchas personas han querido identificar a quienes abogamos por una muerte digna con los defensores de la libre eutanasia. Encuentro, pues, propicia esta ocasión para hacer claridad sobre tema tan delicado.

El anhelo o la voluntad de verificar el tránsito de la vida a la muerte sin sufrimiento físico ha sido una inquietud que siempre ha preocupado al hombre. Precisamente, a través de la historia de la humanidad se ha tenido como el peor de los castigos la muerte en circunstancias indignas, prologando dolor de diferentes formas. La estaca, el descuartizamiento, han sido tortura que el hombre se ha ingeniado para hacer más cruenta e infamante la muerte.

La llamada justicia humana cuando ha querido hacer menos penoso ese episodio y darle visos de muerte digna, ha utilizado procedimientos rápidos como la cicuta, el fusilamiento, la decapitación, la cámara de gas o la silla eléctrica. Se ha buscado en fementida demostración de generosidad, ahorrar al ajusticiado momentos tormentosos, que inspiren lástima.

De igual manera:

Cuando es la enfermedad la que actúa y hace penosa su presencia la ciencia médica ha procurado proporcionar los recursos convenientes para suprimir el síntoma dolor, sobre todo en aquellos casos de enfermedades incurables. En la antigüedad -me refiero a dos o tres milenios atrás-, cuando no se contaba con los buenos recursos de que disponemos hoy, el suicidio y la eutanasia por mano ajena eran procedimientos socorridos para ponerles fin a los padecimientos físicos y morales.

Por ejemplo, los estoicos admitían como licito el suicidio en caso de invalidez, enfermedad incurable y vejez. No obstante que los estoicos inculcaban en la mente de los enfermos la necesidad de tener paciencia, si el dolor llegaba a hacerse insoportable debían entonces consultar a su médico sobre su verdadero estado de salud para, si no había esperanza, poner fin voluntario a su vida. Para ellos la eutanasia era un deber del enfermo y de quienes le rodeaban. Según el historiador Plinio, el viejo, la salud no debía buscarse a cualquier precio para él era la mors tempestiva, es decir, la muerte en el justo momento.

En su Historia Natural consignó:”La vida ciertamente, no debe desearse hasta el extremo de prolongar a toda costa. Aunque así pienses, quienquiera que seas, habrás de morir igual aun cuando hayas vivido de un modo indecente y criminal. Por ello ha de tener todo el mundo entre los remedios de su animo ante todo este: de todos los bienes que la naturaleza concedió al hombre ninguno hay mejor que una muerte a tiempo, y lo óptimo en ella es que cada una se la pueda dar a si mismo “7.

Sócrates:

El filosofo de quien antes hice mención, dio muestras de su estoicismo frente a la muerte Platon pone en su boca las siguientes palabras “(…) nada ganaré bebiendo el veneno un poco más tarde. Al contrario haríame ridículo a mi mismo aferrándome a la vida y tratando de economizar una cosa que ya no tengo” 8.

En la actualidad una posición en tal sentido no suele ser acogida moralmente: ni el suicidio (en este caso la autoeutonasia, o eutanasia por mano propia) ni mucho menos la eutanasia por mano ajena, aun consentida, a ruego tiene aceptación ninguna. Prima el respeto por la vida, fundamento ético de la profesión médica. Así lo establece el Juramento hipocrático promulgado hace casi veinticinco siglos: “No daré una droga mortal a nadie si me lo solicitare, ni sugeriré este efecto”9.

Asimismo, nuestro Código de Etica Médica, que es la Ley 23 de 1981, no hace mención específica a la eutanasia, quizá por considerar que tal proceder es ajeno al contexto de las normas que rigen el ejercicio de la profesión. Tan solo en el juramento adoptado que es el aprobado por la Convención de Ginebra de la Asociación Médica Mundial, se consigna que el médico se compromete a sumo interés y respeto por la vida humana (…)”.

Si la ley civil para lo que nos que nos ocupa es la mencionada Ley 23. No es explícita, sí lo es , en cambio, nuestro Código Penal que a la letra dice: Articulo 326. Homicidio por piedad. El que matare a otro por piedad, para ponerles fin a intensos sufrimientos provenientes de lesión corporal o enfermedad grave e incurable, en prisión de seis meses a tres años”.

La muerte por piedad –en sentido restricto:

Sinónimo de eutanasia, palabra ésta que los legisladores inteligentemente se cuidaron de no utilizares, pues, para la legislación colombiana un homicidio, penado de manera inflexible pero atenuado por mediar circunstancias altruistas y sentimentales. Además al referirse a dicha forma de Homicidio el codigo penal no hace diferenciación en cuanto al tipo o modalidad, es decir, si se trata de un homicidio piadoso por que equivaldrían a lo que los médicos y moralistas hemos venido llamando “eutanasia activa” y “eutanasia pasiva”, respectivamente.

Sin embargo, en el artículo 19 de dicho código se lee “Acción y omisión ” No hay duda entonces de que el no hacer, el dejar de hacer, que es la omisión y en nuestro caso la eutanasia pasiva puede eventualmente puede invocarse para enjuiciar para quien se abstiene de actuar en forma deliberada para evitar la muerte, o para precipitarla, según como se analice el problema, en un caso de enfermedad termina. Seguramente en esta circunstancia la justicia Colombiana sería benévolo y aplicaría la mejor sanción, pero la aplicaría por configurarse un hecho punible, no excusable por la Ley.

Cuando señalé que inteligentemente los legisladores no habían involucrado la palabra eutanasia al contemplar el homicidio piadoso, lo hice convencido de que la eutanasia, en su acepción de buena muerte, de muerte en paz y sin dolor, no puede ser penada por ningún código civil o eclesiástico.

Sería Una postura que reñiría con los sentimientos elementales de cualquier ser humano. Si la ley no le ha conferido al médico el poder o la autoridad para suprimir la vida, tampoco le ha dado la potestad para entorpecer o diferir la muerte cuando la medicina ha agotado todos sus recursos para derrotarla.

Tal proceder, denominado “distanasia”:

Creo que debería ser igualmente penado por la ley, si se tuvieran en cuenta los derechos del paciente, enunciados atrás, pues viene a ser todo lo contrario de la eutanasia, entendida como muerte bienhechora.

Habiendo quedado involucrado en la casi totalidad de los códigos penales del mundo el homicidio por omisión, susceptible de ser identificado con la eutanasia pasiva, ha surgido un nuevo término para hacer relación a la determinación de dejar morir tranquilamente al enfermo desahuciado, sin suministrarle nada que pudiera retrasar su muerte.

Este término es “adistanasia”, o “antidistanasia”, propuesto por el moralista católico español Marciano vidal10, no para hacerle un esguince a la ley, sino para reemplazar el término “eutanasia pasiva”, cuyo significado ambiguo puede prestarse a interpretaciones que caen dentro del código penal.

Dado que en nuestro medio la religión católica es la que prima, encuentro conveniente mencionar el punto de vista de la iglesia sobre la eutanasia. En 1980 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe se manifestó al respecto desde la Ciudad del vaticano en la siguiente forma: “(…) es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo”.

Más adelante señala el documento:

“Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos Similares. Por esto el médico no tiene motivo de angustia, como si no hubiera prestado asistencia a tina persona en peligro”11.

En una encuesta adelantada en 1985 por Gerald Larue, de la Sociedad Hemlock, en Los Angeles, California, de 35 sectas religiosas de distintas creencias consultadas acerca de la eutanasia, se obtuvo el siguiente resultado: 22(66%) se declararon contrarias a la eutanasia activa, pero 12(36%) manifestaron que era un asunto de decisión individual. El ochenta por ciento estuvo de acuerdo en que la eutanasia pasiva era aceptable12. Como vemos, no hubo unidad de criterio desde el punto de vista religioso, como era lógico, pero se advierte una clara disposición a aceptar la eutanasia pasiva, y aun la activa, bien de manera abierta o dejando la determinación a discreción del médico.

A este respecto, el doctor León Kass, del Colegio y Comité sobre Pensamiento Social, de la Universidad de Chicago, anotaba que “la preocupación del médico debe ser la calidad de la vida y no especialmente su duración”13.

En su concepto, si las circunstancias así lo aconsejan, el médico está autorizado moralmente a utilizar la dosis de opiáceos o narcóticos que logre el efecto analgésico deseado, aun a riesgo de ocasionar depresión respiratoria: o a no apelar a un resucitador, o a una diálisis, o a un antibiótico. “Juzgar -dice- si las circunstancias son correctas, aquí y ahora, depende de la prudencia, o de la sabiduría práctica, o del discernimiento, virtud que no se enseña en las facultades de medicina y que no puede ser sustituida por los programas de computadora.

Es la virtud principal de los hombres prácticos”. Y más adelante: Las indicaciones escritas, las leyes y las normas no pueden sustituir a la sensatez,al sentido común y al discernimiento en la búsqueda del bien del paciente”.

Pero para que nos demos exacta cuenta del ambiente tan discutido que ha rodeado al dilema de la eutanasia, voy a permitirme transcribir los conceptos emitidos al respecto por destacadas autoridades científicas, entrevistadas por el médico y periodista francés Michel Salomon en 1980 y recogidos en su libro El futuro de la vida14.

André Cournand, premio Nobel de Medicina en 1956 por sus trabajos sobre el cateterismo cardiaco, expresó: “La eutanasia forma parte, según mi opinión, de esos problemas que sería mejor no discutir públicamente. Los medios de comunicación se adueñan de ellos, hacen triviales y vulgares los asuntos más graves e importantes. Pero, al decir esto, no quiero defender la posición del médico que se considera un Dios y que impone su punto de vista sin ningún tipo de intercambio de opinión con el enfermo, su familia, o la sociedad en general.

Si la mayoría de los médicos han practicado:

En un momento dado, la eutanasia, es decir, han parado el gota a gota, haciendo tal vez, en algunos casos, que la agonía no se prolongara, que la muerte del paciente fuera dulce, me pregunto si tal decisión, tomada por un hombre con el corazón en la mano, puede ser codificada, discutida, sujeta a legislación”15.

Por su parte, el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1953, el biólogo Hans A. Krebs. señaló: “Si un enfermo en la fase terminal sufre demasiado, se deberá poder reducir su vida por un medio indoloro. Personalmente, no tendría ninguna objeción si se aplicara este procedimiento sobre mi persona”16.

Otro premio Nobel, el biólogo y virólogo francés André Lwoff confesó que a él le parecía deseable la eutanasia cuando el enfermo exprese su deseo de ver disminuidos sus sufrimientos, de ayudarle a desaparecer. “Algunos médicos lo hacen -afirmó pero no lo dicen”17.

“La eutanasia es ante todo un asunto de buen sentido y de corazón, fue la opinión de Gabriel G. Nahas, bioquímico y farmacólogo francés’8 Finalmente, donas Salk18 el famoso inmunólogo descubridor de la vacuna contra la poliomelitis dijo: “Pienso que una persona enferma tiene el derecho de elegir una muerte digna y natural y como consecuencia de ello rechazar cualquier asistencia médica artificial. En cada caso hay que adoptar la actitud más humana”19 .

Podemos deducir por los conceptos anteriormente transcritos que la eutanasia es, para algunos científicos del campo de la medicina, un proceder válido en determinadas circunstancias. No es de extrañar entonces que en algunos países se hayan creado sociedades proeutanasia. Holanda se ha constituido en la primera nación del mundo donde la eutanasia activa, sin ser legal, es practicada por médicos, sin quedé lugar a sanción.

En marzo de 1986:

La Asociación Médica Americana, después de dos años de deliberación de una comisión designada para pronunciarse sobre el manejo médico de los enfermos en estado crítico, declaró en New Orleans que los deseos del paciente comatoso, expresados antes de su estado de inconsciencia, deben respetarse, como también ser conservada su dignidad. No es antiético para los médicos -señala la Asociación- descontinuar todo procedimiento encaminado a mantener la vida cuando hay coma irreversible, aun no siendo inminente la muerte.

Quedan incluidos en esos procedimientos el suministro de líquidos y alimentos. Se trata, indudablemente, de una decisión trascendental por la autoridad de quienes la tomaron, que será invocada por todos aquellos que en el mundo pugnamos por preservar el derecho de morir con dignidad que asiste a cualquier paciente.

Al lado de esa determinación de los médicos norteamericanos se ha suscitado un debate nacional en los Estados Unidos en torno de la eutanasia activa. El abanderado de ese movimiento, y a favor de ella, es el periodista británico Derck Humphiy. residenciado en California y fundador de la sociedad Hemlock, la cual aboga por que se respete la última de las libertades civiles, que en concepto de Humphry no es otra cosa que el derecho a morir cuando la vida llega a hacerse físicamente insoportable el dolor es grande, y no hay perspectiva de recuperación20.

Como vemos, hay tendencia a regresar a costumbres aceptadas muchos siglos atrás, en la antigüedad clásica, cuando:

Al decir de autorizados historiadores, la inteligencia y la cultura alcanzaron altura envidiable. Sin embargo, no es de esperar que la eutanasia activa tenga aceptación general tanta que llegue a concedérsele cabida con la categoría de permisible en disposiciones legales. Si tal cosa ocurriera, pienso yo, se pondría en manos de los médicos un instrumento peligroso, que daría al traste con la imagen bien ganada y mantenida de luchadores contra la muerte.

De por sí el poder de los médicos es ya grande. Otorgarles por ley el de dispensadores de la muerte desvirtuaría su misión y se prestaría para que se les tuviera desconfianza. Entonces sí que tendría vigencia aquella dura frase de Thomas Szasz, profesor de psiquiatría en la Universidad del Estado de Nueva York: “Las personas deberían respetar a los médicos por sus aptitudes, pero desconfiar de ellos por su poder”21.

Si estoy en total desacuerdo con una eventual dispensa legal para que el médico utilice la eutanasia activa, me declaro ferviente defensor de la conducta inteligente de no llevar la iniciativa para diferir una muerte esperada y anhelada. No obstante los riesgos legales -derivados de la letra del Código Penal Colombiano– a que puede conducir el aceptar que se trata de una forma de eutanasia pasiva -o de homicidio por omisión, según el Código-, el médico está moralmente obligado a correrlos.

Sucede que frente al enfermo terminal no tiene por qué acudir a medidas extraordinarias -como sería la hiperalimentación parenteral- y aun ordinarias -como sería el mantenimiento del equilibrio hidroelectrolitico-:

Pero sí utilizar, en cambio, los analgésicos y los sedantes en las dosis necesarias, las que le permitan al paciente vivir sus últimas horas dignamente,sin angustia y sin dolor. De igual manera, a el compete en las unidades de cuidados intensivos señalar oportunamente a cuáles pacientes no se les deben practicar maniobras de resucitación en caso de paro cardio respiratorio.

Nadie sabe cuántos médicos de acendradas virtudes personales y profesionales, ejemplos de comportamiento ético, enfrentados a la dura experiencia de tener que responder al ruego y a la confianza de su paciente en estado terminal, han actuado así, calladamente, con un sentido de verdad humanitario, ayudando a bien morir. Seguramente el juez más justo, que es nuestra propia conciencia, los habrá exculpado, si es que hay lugar a exculpación alguna.

Recuerdo en este instante el caso que se hizo público y que tuvo que ver con un paciente famoso. Me refiero a Sigmunci F’reud, el revolucionario fundador de la “Ciencia de la mente”, el inventor del psicoanálisis. víctima de un cáncer de garganta, treinta y tres operaciones22 Freud suplicó a su médico, Max schur, que no lo dejara sufrir más y que le permitiera llegar a su fin. Una buena dosis de morfina intravenosa atendió a su reclamo. Fue ciertamente una eutanasia activa, un homicidio por piedad.

Sé que el médico no fue enjuiciado. Si esto hubiera de seguro hubiera aceptado la pena con la moral tranquila, con el convencimiento de que había hecho uso de un poder concedido por su misma conciencia en beneficio de alguien que imploraba su concurso para ponerle fin a su agonía. Se trata, en efecto, de circunstancias, como ya dije. excepcionales, y que someten a prueba la templanza del médico.

Quiero, para finalizar:

Hacer una última reflexión alrededor del tema que nos ocupa. Los que hemos pasado por una escuela de medicina o por una escuela de enfermería sabemos bien de los grandes vacíos que tenemos en nuestra formación universitaria.

Uno de ellos es precisamente la ignorancia total sobre algo a que tendremos que enfrentamos con frecuencia: la muerte. Se nos enseñó lo que ocurre con el organismo una vez que cesan las funciones vitales pero nunca se nos enseñó a pensar con profundidad acerca del significado de la muerte y de la manera de comportarnos frente a ella. “Mientras haya un soplo de vida hay esperanza”.

Hermosa frase bien entendida, es decir, interpretando correctamente lo que significa “vivir dignamente”. Él día en que en las facultades de ciencias de la salud cátedra de tanatología podrá comprenderse médicos y enfermeras el derecho que a todos con dignidad. El español José Delgado, uno de los mas importantes neurólogos de nuestro tiempo, decía:

“Creo que deberíamos poder morir tan dignamente como necesitamos una nueva concepción de opinión -continúa- no debemos matar inútilmente a seres humanos, pero tampoco debemos prolongar artificialmente una vida llegada a término. verdaderamente, necesitamos un nuevo sistema de educación”23,

Nota bene

En octubre de 1987, la Asociación Médica Mundial adoptó en su 39ª Asamblea General reunida en Madrid, España, la siguiente declaración, no tenida en cuenta por el autor, de manera involuntaria, en el texto de su conferencia:

“La eutanasia, es decir, el acto deliberado de dar fin a la vida de un paciente aunque sea por sea por su propio requerimiento o a petición de su familia es contraria a la ética. Ello no impide al médico de respetar el deseo del paciente de dejar que el proceso natural de la muerte siga su curso en la fase terminal de su enfermedad” (17.p, octubre 1987).

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Referencias

  1. Cita de Laín Entralgo en Grandes médicos, Salvat editores, S.A., Barcelona. p.182.1961
  2. Op. cit., Ediciones Bergua. Madrid, pp. 298-303,1952
  3. Mattos, J. “La muerte deBarba-Jacob“. En Revista del Centenario de Porfirio Barba-Jacob. N° 5. p.87. 1983.
  4. Salomon, M. El futuro de la vida, Editorial Planeta, S.A., Barcelona, p.237.1982.
  5. Relatos. Ediciones Cátedra. S.A.. Madrid. p.364, 1988.
  6. En 1991. el Ministerio de Salud adoptó el “Decálogo de los Derechos del Paciente” mediante la Resolución 13437 (N. del A.).
  7. Op. Cit. Luis Sánchez impresor. Madrid, traducción de Geronymo de Huerta, 1624.
  8. Faldón. P. 301.
  9. Tratados hipocráticos. Editorial Gredos S .A ., Madrid ,tomo i P. 77. 1990.
  10. Moral de la persona. PS Editorial. Madrid, p.274 1935.
  11. Instrucción sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Tipografía Poiiglota vaticana. 1987.
  12. Humphry D. y Wickitt A. The right to die. Understanding euthanasia. Harper &. Row. Publisher. New York. P.293. 1986.
  13. Dilemas éticos en el cuidado de los enfermo. il. ¿Qué es el bien del paciente.?” JAMA en Colombia 4: 501. 1981.
  14. Op.cit.(ver cita 4).
  15. ibíd.. p.36.
  16. ibid.. p.292
  17. ibíd.. p. 162.
  18. ibíd.. PC 135
  19. ibíd.. p.253.
  20. The right to die (ver cita11).p.310.
  21. La teología de la Medicina. Tusquets Editores. Barceiona. P.25 .1980.
  22. Muniain. B. Freud. Editora Cinco. S.A., Bogotá. p. 105.1985.
  23. El futuro de la vida (ver cita 4). p.28 1

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