Homenaje, Intervención del Profesor Hernando Groot Liévano

Gracias al Sr. Presidente Juan Mendoza, a los Académicos Efraím Otero y Fernando Sánchez y al Dr. Jorge Boshell por sus palabras que sin duda exageran los aspectos de mi labor y que la elogian movidos por sentimientos de amistad a los cuales correspondo con sinceridad pues, en casos como estos los conceptos valen exclusivamente por la alta calidad de quienes los emiten.

La distinción que hoy recibo es principalmente una distinción para las entidades que me han acogido en uno u otro momento de mi vida y para todos los compañeros de trabajo que he tenido a lo largo de mi carrera.

Unas y otros son muy importantes y todos deberían nombrarse en primer término, lo cual es imposible: en cuanto a las entidades sólo mencionaré cuatro en orden cronológico. No nombro otras igualmente importantes porque no alcanzaría el tiempo. La primera fue la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana donde tuve el mejor apoyo para desarrollar métodos novedosos de enseñanza, aquellos en que los estudiantes tuvieran la participación más activa posible, el empleo de técnicas nuevas de evaluación como los cuestionarios de escogencia múltiple y los exámenes fundamentalmente prácticos.

Por las cátedras de parasitología y de medicina tropical entre 1944 y 1957 pasaron cientos de estudiantes muchos de los cuales aún recuerdan esos cursos y lo que es realmente importante, han llegado a ocupar posiciones muy destacadas en la medicina nacional, ya en la enseñanza, ya dirigiendo el Ministerio de Salud, ya sirviendo los intereses médicos con sabiduría y prudencia como lo hacen desde esta misma Academia.

Siendo consciente de que uno de los métodos más eficaces para atender las necesidades nacionales –yo diría el mejor– es el desarrollo adecuado de todos los procesos educativos; tuve el privilegio de que en la Universidad de los Andes desarrollara un enfoque moderno de la enseñanza de la biología y estableciera allí la primera Escuela de Ciencias a la par que puse en práctica el primer curso premédico en el país, que fue fundamental para el progreso de la enseñanza de la medicina al reforzar en los estudiantes su preparación en ciencias básicas. Allí, en la misma Universidad de los Andes, por medio de la Facultad de Artes y Ciencias, hube de reforzar uno de sus programas más importantes: el de la educación general básica para todos los estudiantes, encaminado a procurar la formación cultural y humanística de quienes estaban recibiendo a un mismo tiempo una educación profesional técnica.

Paralelamente a estas actividades docentes, en el Instituto Nacional de Salud encontré siempre el mejor ambiente para estudiar algunas enfermedades parasitarias e infecciosas, en particular aquellas poco conocidas en los ambientes citadinos por ser de ocurrencia rural y afectar en especial las personas más desprotegidas.

Por eso me ocupé de las tripanosomiasis una de las cuales causa la enfermedad de Chagas que mata por daño al corazón; otra la terrible fiebre amarilla; otra la encefalitis de los caballos que causa serias infecciones humanas; otra el dengue que ha afectado millones de colombianos durante los últimos treinta años.

No quiero hacer un inventario de todas estas patologías que he estudiado pero sí señalar la razón de por qué lo hice: afectaban las gentes más pobres y olvidadas del país. Desafortunadamente las enfermedades infecciosas que las afligían no nos abandonan, por el contrario, a medida que pasa el tiempo nos afectan más y otras nuevas aparecen: el sida, las fiebres hemorrágicas y el grave síndrome respiratorio agudo de la China.

Por último, es necesario mencionar esta misma Academia donde, entre las diversas tareas a mi cargo participé activamente, en colaboración con la Federación Médica en los largos estudios que culminaron en la adopción de la Ley 23 de 1981 sobre Ética Médica y consiguientemente, en el establecimiento de los Tribunales de Ética Médica que sin duda le han venido prestando un servicio de singular importancia tanto a la sociedad en general como a la profesión médica.

Citar a todas aquellas personas que a lo largo de 63 años de vida profesional me han ayudado, de una u otra forma, ya como maestros, ya como compañeros de trabajo, es tarea imposible. Sólo tengo que decir que sin esas ayudas, poco hubiera podido hacer yo.

En verdad mi admiración por la Academia nació tempranamente. Hace ya muchos años, en 1933, cuando cursaba mi primer año de Medicina, al terminar la tarde de los jueves me impresionaba el aspecto solemne de algunos caballeros enfundados en sobretodos Kriegck y cubiertos con finos sombreros Gelot que lentamente se dirigían, por entre los torreones diseñados por Gaston Lelarge, a la biblioteca de la facultad, donde sesionaba la Academia. Son los profesores académicos y son los que más saben de medicina en el país –comentó alguno de mis compañeros–; deben saber mucho, pensé para mis adentros, pero jamás pasó por mi imaginación idea alguna de que yo pudiera llegar allí.

Me imaginaba, eso sí, que sería muy arduo el camino que se debería recorrer para alcanzar tan alta posición.

Tres años más tarde, en 1936, cuando cursaba cuarto año y por concurso había ganado el puesto de Preparador del Laboratorio Santiago Samper, pues así se llamaba el que servía al Hospital; encontré que el Profesor Federico Lleras Acosta, a la sazón trabajaba allí en el desarrollo de su reacción para diagnosticar la lepra. Con especial cuidado, en asocio de Guillermo Aparicio, nieto del ilustre fundador de esta Academia, don Abraham Aparicio, hube de ayudarle en la preparación de alguno de sus antígenos, lo cual satisfizo al profesor, quien al ser elegido Presidente de la Academia de Medicina decidió que para su posesión en ceremonia solemne a las 8 de la noche, del 3 de septiembre, en la cual todos los académicos vestirían riguroso frac, debería haber dos personas a manera de ujieres para recibir a los concurrentes. Para tal tarea fuimos comisionados Aparicio y yo quienes debíamos presentarnos de smoking. Como yo dudara de la conveniencia de ponerme tal atuendo, el profesor Lleras me replicó:

“Sepa Usted que a la Presidencia de la Academia se llega de etiqueta y esta debe mostrarse desde la misma puerta”. Tal fue pues la primera sesión de la Academia que presencié, obviamente de pie y a la entrada del recinto. Entonces tuve ya un un concepto claro de la importancia de la Corporación. Y mi sentimiento de respeto por lo magno que ese grupo significaba se acentuó, doblado también por algo así como una vaga envidia por tanta sabiduría.

Mi tercer contacto con la Academia fue trece años más tarde, en 1949, cuando mi maestro, el profesor Roberto Franco, que había sido también mi presidente de tesis, conocedor de los estudios que habíamos hecho en los Llanos con Santiago Rengifo y con mi otro maestro César Uribe Piedrahíta, nos invitó a que presentáramos nuestros trabajos en la Academia, lo cual hicimos el 6 de octubre de ese año, habiéndome correspondido a mí el tratar de los tripanosomas humanos de los habitantes del Valle del Rio Ariari. Nuestros trabajos fueron favorablemente comentados y, cual no sería mi sorpresa, cuando el Presidente, el Dr. Manuel Antonio Cuéllar Durán, me sugirió que iniciara el trámite para entrar a la Academia. Así se hizo en la forma como tan elegante lo ha contado el Académico Fernando Sánchez Torres.

Un día como hoy y una reunión como esta ciertamente producen sentimientos de muy distinta índole, a veces encontrados.

Los hay de inmensa gratitud para con la Academia que hoy me honra otorgándome su máxima distinción pero hay aquellos que nacen del sentir que se ha exagerado un poco al calificar una tarea común y corriente, cumplida eso sí con entusiasmo y dedicación.

Los hay de inmensa gratitud para con las personas que me ayudaron a formar; mis padres en primer lugar y luego mis maestros y los hay de tristeza porque precisamente ellos no pueden ver el fruto de sus esfuerzos.

Los hay de inmensa gratitud para con mis compañeros de trabajo que sin duda fueron factor definitivo para los resultados obtenidos y los hay de alegría al recordarlos pero los hay también de tristeza porque muchos de ellos ya no nos acompañan.

Los hay de inmensa gratitud para con mi familia dedicada permanentemente a estimular mis investigaciones a pesar de los sacrificios que ello le significaba, y los hay de tristeza por la aflicción que nos deparan ora la ausencia sin retorno de los seres queridos ora las enfermedades crueles.

Los hay de satisfacción por el reconocimiento a la tarea cumplida pero los hay de frustración por no haber podido realizar otras obras de eventual servicio para el país.

Los hay de inmensa gratitud, afortunadamente estos sin contraste alguno, por la lealtad de mis compañeros de la Academia que han disculpado mis errores y han sido mis maestros con su dignidad y con la altura de sus procederes. ¿Cómo no darles las gracias pues son ellos el alma de esta Corporación que de manera tan eficaz le sirve al país al fomentar la buena medicina y al luchar denodadamente por la corrección de los factores negativos que la afectan?

En verdad tengo que agradecer primero a Dios que me ha dado una larga vida para poder gozar de muchos favores y de muchas amistades como esta que hoy se ha mostrado con la amable presencia de todos Ustedes aquí.