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Crónicas de un médico andariego
TRES VECES NEIVA
Gracias al conjuro de una vieja superstición, la cuatricentenaria capital del departamento del Huila logró sobrevivir en su tercera oportunidad. El 24 de mayo de 1612, antes de fundar a Neiva y buscando atraer la buena suerte, el capitán Diego de Ospina llevó a sus cabalgaduras a beber de las aguas de cada uno de los tres ríos que circundan el sitio escogido para su nueva ciudad. Don Diego de Ospina y Medinilla había sido el más aguerrido de los capitanes del presidente de la Real Audiencia Juan de Borja en su lucha contra los pijaos. Y como premio a su bravura en ese exterminio que concluyó con la muerte del último indígena en 1607, Ospina había recibido del presidente Borja la designación como gobernador vitalicio de esta provincia, por tres generaciones.
La primera fundación ocurrió más al sur, cerca del actual Campoalegre, en diciembre de 1539. Sebastián de Belalcázar había ordenado a su capitán Juan de Cabrera que fundara una ciudad con el nombre de Villa de la Limpia Concepción del Valle de Neyva, al parecer por semejanza con el valle homófono de Neiba, en La Española, isla que don Sebastián había recorrido antes de llegar al Nuevo Reino de Granada.
Quedan algunas ruinas allá en Campoalegre, en un lugar que llaman Las Tapias. Al año siguiente la ciudad fue despoblada por el mismo Cabrera para ir en auxilio de la villa de Timaná, más al sur, acosada por los indígenas que lideraba la cacica Gaitana.
Una segunda fundación de Neiva ocurrió en agosto de 1550, más al norte, en el lugar en donde hoy está el pueblo de Villavieja. No fue mucho, tampoco, su progreso. Una descripción de 1560 dice que los 14 encomenderos del pueblo, muy pobres ellos, habitaban todos en casas de paja y no tenían cómo sostener a un sacerdote. Poco después, en 1569, los pijaos arrasaron con esta segunda población.
Razones, pues, tenía don Diego de Ospina para invocar la buena suerte buscando las aguas del Magdalena y de los ríos Del Oro y Las Ceibas antes de trazar el cuadrilátero de la plaza, y antes de desenvainar su espada y de retar a quien se opusiera a la fundación que hacía por delegación expresa del rey Felipe. Lo acompañaban ese día, además de sus huestes de infantes y caballeros, y de la 'indiada' que había traído para poblar el sitio, un escribano, un sacerdote delegado por el arzobispo en Santa Fe, y el presbítero Mariano Rodríguez que habría de ser el primer párroco de la nueva ciudad.
Así como en la bandera de la ciudad de Neiva hay una flecha atravesada que recuerda las luchas con los indígenas, en el escudo que su majestad el rey de España le autorizó a la nueva villa, en primer plano, frente al río Magdalena y a las nieves del Huila, hay un corral que señala su temprana vocación ganadera. Aunque la ciudad era la sede de la administración, en sus dos primeros siglos de historia sus habitantes más influyentes vivían en las grandes haciendas. Según Gabino Charry, autor de Frutos de mi tierra publicado en 1922, y precursor de la profusa historiografía opita, en 1730 la provincia de Neiva pagaba al gobierno central la onerosa contribución anual de 4500 novillos.
La rebeldía contra la Corona tuvo manifestaciones tempranas en la tierra opita. La historia de las revueltas comenzó en 1754, y la mecha que encendió aquí la gesta libertaria no fue un florero sino un zapato. Juan Ascencio Perdomo era el alcalde de Neiva y pertenecía a una influyente familia criolla. Un día mandó arrestar, iracundo, a un zapatero que se negó a reparar su calzado. El hombre huyó y buscó refugio en casa del gobernador Pablo Herrán de Meñaca, un chapetón, que lo declaró en libertad, desautorizando al alcalde.
En 1767 el mismo Perdomo dirigió un alzamiento popular que culminó con el gobernador y otros chapetones empujados al Magdalena en una balsa que naufragó aguas abajo con un saldo trágico. Después de la muerte en prisión de Juan Ascencio, otro Perdomo Pedro León organizó un alzamiento de mayor envergadura en 1781, ese sí contemporáneo con la Rebelión de los Comuneros.
Aquí, como en el Socorro, también hubo saqueos y repartición de tabaco y aguardiente entre la gente del común. Aquí también hubo mujeres que lideraron ese inconformismo con los impuestos de la Corona. Y hubo también aquí promesas de amnistía que no se cumplieron.
Aunque, con la excepción de la batalla de La Plata, la región no fue escenario de grandes enfrentamientos en la Independencia, sí puso su cuota de mártires en las batallas y en los fusilamientos del Régimen del Terror, algunos de ellos acá mismo en la ciudad de Neiva, en 1816.
En la segunda mitad del siglo XIX Neiva fue capital del Estado Soberano del Tolima, alternando con Guamo, Purificación, Natagaima y finalmente Ibagué. La guerra de los Mil Días tuvo profundas consecuencias en el Huila, no sólo por las batallas que aquí se libraron, entre ellas la de Matamundo en las goteras de la ciudad, y por la pobreza que esa guerra trajo a la región, sino por el impulso que el conflicto dio a la colonización opita de la Amazonia.
Mucho se ha hablado de la colonización antioqueña, pero menos notoriedad se le ha dado a los huilenses, los principales colonos de esa mitad suroriental de nuestro territorio, que se extiende al sur del río Guaviare.
Neiva tiene aún muchos problemas por resolver pero, en balance, hay que darle el voto de credibilidad a ese ritual de las tres aguas que precedió a su tercera fundación hace ya casi cuatrocientos años.
Diego Andrés Rosselli Cock, MD
Tomado de PORTAFOLIO
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