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Crónicas de un médico andariego
SEMBLANZAS DE FUSAGASUGÁ
El cacique de Turmequé don Diego de Torres,
aquel indígena tunjano casi legendario que llegó hasta las cortes
españolas a reclamar los derechos de los nativos, elaboró en 1586 un mapa
de la provincia de Santa Fe en el que incluía el pueblo indio de
Fusagasugá. Y cuando el oidor Miguel de Ibarra, con el escribano Sancho de
Camargo y un intérprete que entendía la lengua de los sutagaos, visitó al
cura doctrinero Domingo de Variosa, en 1595, dejó constancia de que aquí
vivían 759 indígenas, bajo el mando del cacique Alonso Uzaque.
Ese mismo Alonso Uzaque, o Alonso de Fusagasugá
como también se lo conocía, ya se había quejado ante la Real Audiencia
años atrás por la disminución de los indígenas de su cacicazgo. Muchos
habían huido de cuenta propia a pueblos vecinos como Tibacuy, Ontibón,
Bosa o Bojacá, pero otros dice un documento de 1560- habían sido sacados a
la fuerza por los mismos indígenas vecinos, en asocio de sus propios
encomenderos. "Los llevaron a vender a otras partes a indios que comen
carne humana para que los comiesen" aseguraba.Ya se presagiaba entonces el
final de la etnia de los sutagaos, un pueblo que, según el censo del oidor
Joaquín de Aróstegui y Escoto, constaría en 1760 con tan solo 85
individuos en toda la comarca. Todos fueron trasladados luego al vecino
poblado de Pasca. Los sutagaos no fueron nunca un pueblo belicoso, y si
dominaron a los sumapaces, los cundayes y los neivas fue, según el
cronista Fernández de Piedrahita, "más por el espanto de sus hechizos y
yerbas que con el valor de sus armas". Pura malicia indígena, diríamos
hoy. Los sutagaos ocupaban una posición estratégica, entre el territorio
muisca del altiplano y el de los temidos panches, indígenas de la familia
caribe que venían extendiendo sus dominios a lo largo de la hoya del
Magdalena. Ello había obligado a que los chibchas buscaran subyugarlos a
través de grandes campañas militares que ocurrieron antes de la llegada de
los españoles.
Entre 1470 y 1490 el gran guerrero
Saguanmachica con un ejército de 30.000 hombres había obligado al cacique
sutagao Fusungá a la rendición. El mismo zipa, alcanzaron a registrar los
primeros cronistas, había recorrido estas tierras recogiendo juramentos de
fidelidad, años antes de la llegada de Jiménez de Quesada. El primer
asentamiento español en la región se llamó Nuestra Señora de Altagracia de
Suma Paz, importante también por su función militar de protección contra
los pijaos, la principal amenaza de la segunda mitad del siglo XVI. Fue
solo en 1776 cuando se hizo el trazado de la plaza y de las calles del
Fusagasugá actual. A lo largo del siglo XVIII el pueblo fue adquiriendo
alguna importancia, primero como lugar de paso en el camino a Girardot, y
luego como sitio de veraneo de los bogotanos. Humboldt, que la visitó
hacia 1800, dijo: "El camino de Santa Fe a Fusagasugá se considera uno de
los más difíciles y menos frecuentados de las cordilleras, y preciso es
hallarse apasionado de las bellezas naturales, para no preferir la vía
ordinaria que desde la meseta de Bogotá conduce al río Magdalena por la
Mesa de Juan Díaz". El suizo Ernst Röthlisberger, que fue profesor de la
Universidad Nacional y yerno de Manuel Ancízar, describió así su viaje de
finales de ese siglo: "A una jornada de Bogotá, hacia el Sur, se encuentra
la pequeña ciudad de Fusagasugá, en un ameno valle que invita al veraneo,
un remanso de delicia en medio de las cordilleras. Descendiendo a un
barranco por el cual se vació en tiempos un lago situado en lo alto de los
Andes, se llega a dar frente a la ciudad. Aquella vez nos sorprendió la
noche en el camino. Mitad medrosos, mitad embelesados, cabalgábamos en la
oscuridad del bosque. Seguíamos desconocidos senderos, mientras danzaban
en torno las luciérnagas y retumbaba en nuestros oídos toda la sonora vida
animal".
Para
el viajero francés M. E. André, el autor de la América pintoresca, editada
por primera vez en 1884, "Fusagasugá es una pequeña ciudad, o por mejor
decir una aldea grande, tan admirable por su situación a espaldas de la
vertiente boscosa de la cordillera y en medio de un inmenso panorama, como
fea por sus viviendas. Hay en el centro del pueblo una plaza en declive,
dominada por una iglesia ruinosa, cubierta de parietarias y antecedida de
una escalinata desunida. La calle principal -iba a decir la única que está
empedrada a trechos con cantos rodados y a trechos con adoquines, hace en
verdad muy poco honor a los ingenieros del lugar".Y para cerrar, cito la
descripción bastante más positiva de Medardo Rivas (1861), "Las emociones
del viajero que desciende en medio del bosque primitivo, pudiendo
contemplar todavía inmensos robles, nogales elegantes y cedros
corpulentos, donde se enredan plantas trepadoras cuyas hojas forman una
cortina espesa y verde que se extiende a lo largo del camino, formando las
flores en la parte alta una cornisa de variados y vivos colores".
Y más adelante dice el mismo Rivas: "en medio
de los árboles, y rodeada de una verdura deslumbrante, se ven dos torres
blancas y los tejados de una alegre población. Ésta es Fusagasugá, el
lugar más poético y alegre que pueda contemplarse; y que como escondido en
una arruga de la cordillera, domina la suntuosa llanura que se extiende
hasta muy lejos, dejando ver más allá, entre vapores y nieblas azuladas,
la región de la "tierra caliente" y un hermoso y lejano horizonte".
Hoy, con la doble calzada a Bogotá, Fusagasugá
tiene quizás más cercano el horizonte. Su iglesia ya no es ruinosa y el
pavimento de su calle principal ya no es tan deplorable. Lástima que poco
quede de sus inmensos robles, cedros y nogales y, sobre todo, que de los
sutagaos solo nos haya quedado el nombre su cacique.
Diego Andrés Roselli Cock, MD
Neuro-epidemiólogo e investigador
Tomado del diario Portafolio
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