Comentarios de libros

 

 

ALEGORÍA DE UN COSTEÑO DE ANTAÑO

 

Resurrecta por Ernesto McCausland Sojo, malabarista y cuarto acordeonista del caribe

 (EL ALMA DEL ACORDEON).  (Novela, Ernesto McCausland Sojo, Intermedio Editores 2007)

 

Greenfield. Recuerdo el día en que mi padre me llevó a conocer los vallenatos. Subimos con lentitud agobiante en la noche tempranilla que empezaba a dispararse de luceros titilantes la loma que lleva a la cima del barrio Las Delicias adonde se encontraba el templo cinematográfico con el mismo nombre.

El gentío afuera ocultaba a los vendedores de frituras parcialmente pero el aroma de carabañola y arepa de huevo se adivinaba en el ambiente cuando no se podía palpar en forma de humo iluminado por bombillas anémicas que jugaban a la cuerda floja energizados por los alisios vírgenes de mi infancia. Hubo empellones.

Hubo muchas hembras de color de té de Ceilán vestidas de colores finos centellantes que rebotaban en mi retina  y una que otra rubia extranjera del Prado con faldas blancas de popelina organdí y coleta margarita hijas de cónsul de países que quedaban a muchos centímetros de Barranquilla en el mapamundi de latón de mi casa de Olaya Herrera regalo de cumpleaños de mi abuela por haber sacado 5 en geografía cátedra que era responsabilidad del legendario profesor  Lázaro Mengual aquel corazón Sanandresano tan decente que escupía gargajos en su pañuelo para no ensuciar el polvo de las calles del centro citadino necesarios para sintetizar diseñar y modular remolinos de arena en las esquinas con el propósito turístico de enrojecer los ojos de cualquier cachaco que aventurara a salir de su cuarto del Hotel Victoria en procura de las nuevas plebedades pregonadas por los dicharacheros psicoendocrinologos  esquineros  “honoris causa”que se nutrían el ente poético  con el “toque” descuidado de sus “partes privadas” como aprendería luego de los gringos al referirse a las estructuras freudianas procreativas masculinas

Paleta de kola pedí a mi padre que ordenó cerveza águila y un chicharrón de pezuña paquidérmica. Paleta redonda antes de que los gringos descubrieran que las paletas se podían planchar y vestir de chocolate endurecido para que no terminaran en el regazo del consumidor ni sirvieran de pegante de dígitos. El teatro no tenía cielo raso para ahorrar dinero. En su lugar el dueño del teatro  un comerciante de apellido Radi que ya era famoso porque importó de contrabando del Líbano algo hasta entonces foráneo a los barranquilleros llamado diligencia siguiendo a pie juntilla las enseñanzas del Catecismo Astete  tuvo la genialidad de tapar el teatro con un cielo raso al fresco de tonalidades de azul  luceros titilantes y uno que otro que te miraba sin guiñarte el ojo entretenidos por la aparición súbita de una nube viajera de algodón de azúcar blanco como el que vendían en la feria del Jardín Águila.

La música de los altoparlantes empujaba cumbias por los oídos y hablaba de una perra que venia por ahí sin importarle que niños de mi edad se hubieran trepado por las paredillas laterales a atisbar curiosos también la inauguración de los vallenatos. El doble mejicano que seguía a la ceremonia de fondo ya lo habíamos visto pero era acostumbrado otrora ver las películas muchas veces antes de que se inventara el aire acondicionado las droguerías Nueva York con sección de revistas y erigieran el monumento al helado que no se podía masticar con el nombre de “Dona Crema”.

De súbito apareció el negro Alejo de nueve pies de altura, cinco de ancho y tres de profundida... en medio del escenario por arte de magia imaginaria pueril como extraído ni más ni menos del surrealismo italiano de la post-guerra. Su cabello chuto estaba sazonado con puntos de escarcha como me enteré años después cundo me mudé al altiplano y pude verla pintar los potreros en las madrugadas sabaneras.  Entró con otros que parecían enanos tímidos cupérnicos llevando tambores timbales guacharacas autóctonas y cencerro de vaca lechera.

Abrió un aparato elástico de plata y visos dorados que colgaba de sus hombros y lo estiró y estiró por los lados con el vigor masculino que sólo poseía en esa época La Santísima Trinidad. Cuando ya sus brazos tocaban las paredes laterales  sonó la primera nota que inhalé profundo y me hizo por vez primera experimentar visiones miguelangélicas de querubines y de serafines disfrazados de marimondas... Luego siguió el cántico: “La mujer y la primavera la mujer y la primavera son dos cosas que se parecen” y después “pipirirpi-riripipipi- pipiriripi riripipipi”…Lustros después aun sueño con haber sido el miembro de su grupo a cargo de tocar el pipiriripi.

Huelga detalle. Los abandono para placer del lector. En el campo filosófico-literario Ernesto logra a cabalidad  en su nueva novela fruto de su eczema cerebral reproducir seriamente con presteza importada de los lagos y cielos tiznados de Escocia y prestada por la Hohner el espíritu mágico de la costa musical. Nada mejor que con los vallenatos menjurje de negro francés alemán mamagallismo (sin comillas) y arena minúscula de las veredas de caserío cesareño que empolvan las cercas y portillos del terruño con olor a millo matarratón patevaca trupillo pétalo de roble amarillo y boñiga de burros legendarios por sus proezas y haberes anatómicos sobrenaturales. Es la música idiota le dijo el presidente Clinton al periodista de CNN cuando le preguntaron por que es fanático de Gabito. Son los vallenatos cretino agregaría yo desde mi cabina lúgubre de las montanas Berkshire. No es sólo el romance de actualidad  no es sólo  la globalización de la música o son los traquetos piedrudos o es el sexo teórico distraído con la telenovela del cuarto vecino en el hotelucho tropical sino aun de mayor significado existencial son los ecos moralizantes de la historia emotiva de mi pueblo.

Daniel Jácome Roca, MD

Greenfield, MA

Nota del Editor. Este comentario ha sido escrito a propósito con un estilo de retahíla hipomaníaca, en la que se observa la casi total falta de puntuación. Nos hace recordar el hecho de que el hombre es el único ser viviente que en fracciones de segundo puede viajar enormes distancias al pasado, sin hacer maletas, sin siquiera moverse o tener que gastar dinero. La memoria –pintada de imaginación, colores, sonidos y olores- es cuestión de una actividad eléctrica inmediata.

Los recuerdos nos atropellan, todo en un instante; si quisiéramos describirlos a medida que nos llegan, ni la mano ni la voz pueden tener la misma velocidad. Entonces sobran las comas, los puntos y los puntos y comas. El escritor está pensando, no quiere que nada se le quede entre el tintero.

Por último, una reflexión teológica. Esta es la mente humana. Imposible imaginar como Dios puede albergar en su mente omnisciente todos los aspectos pasados, presentes y futuros de cada átomo, de cada célula, de cada ser o cosa que compone la creación universal, sin perderse detalle alguno. Otra manera de verlo: el Supremo Señor creó una masa informe, le infundió unas leyes físicas, químicas y éticas (para los seres vivos), vino la Gran Explosión, y dejó la creación en poder de estas leyes que gobiernan todo. O casi todo, pues –el universo no es perfecto- hay espacio para la complejidad y el caos. Y para el libre albedrío.

 

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